La apuesta que me convirtió en su peor error

CAPÍTULO 2 El juego comienza a cambiar

Ana Julia no sabía exactamente en qué momento había empezado a esperar sus mensajes.

Quizá había sido aquella primera mañana en que Gael se sentó a su lado sin tener ninguna razón para hacerlo.

Quizá cuando apareció con un café justo como a ella le gustaba.

O quizá había sido aquella tarde junto al río Han, cuando él la miró de una manera que hizo que olvidara por completo todas las advertencias de Hana.

Lo cierto era que ahora su teléfono se había convertido en una pequeña amenaza.

Cada vez que vibraba, Ana Julia miraba la pantalla.

Y casi siempre esperaba ver el mismo nombre.

Gael.

Aquella mañana estaba sentada en una de las mesas de la cafetería de la universidad, intentando terminar un trabajo, cuando el teléfono vibró.

Lo tomó inmediatamente.

Gael: ¿Dónde estás?

Ana Julia sonrió.

No sabía por qué sonreía.

Era solamente un mensaje.

Un mensaje de un chico.

Nada más.

Ana Julia: En la cafetería.

La respuesta apareció casi de inmediato.

Gael: Espérame.

Ana Julia frunció el ceño.

Ana Julia: ¿Por qué?

Gael: Porque te lo estoy pidiendo.

Ella puso los ojos en blanco.

Ana Julia: Eso no es una razón.

Gael: Entonces porque quiero verte.

Ana Julia se quedó mirando aquellas palabras.

Sintió que las mejillas comenzaban a calentársele.

—Ridícula —murmuró para sí misma.

—¿Qué dijiste?

Ana Julia levantó la cabeza.

Hana estaba frente a ella.

—Nada.

Hana dejó su bolso sobre la silla.

—Estabas hablando sola.

—No estaba hablando sola.

—Entonces ¿con quién?

Ana Julia bloqueó el teléfono.

—Con nadie.

Hana la observó.

Después miró el teléfono.

Luego volvió a mirarla.

—Es Gael.

Ana Julia abrió los ojos.

—¿Cómo sabes?

—Porque tienes la misma cara que pone mi hermana cuando le escribe el chico que le gusta.

—No tengo ninguna cara.

—Tienes toda la cara.

Ana Julia tomó su cuaderno.

—Tengo que terminar esto.

—Ana Julia.

—Hana.

—¿Te gusta?

Ana Julia se quedó quieta.

La pregunta parecía sencilla.

Pero no lo era.

—No sé.

—Eso significa que sí.

—No.

—Sí.

—Hana.

—Ana Julia.

Ella terminó riéndose.

—Es complicado.

Hana dejó de sonreír.

—No debería ser complicado.

Ana Julia la miró.

—¿Qué quieres decir?

—Que tú nunca has querido salir con nadie.

—Eso no es verdad.

—Sí lo es.

—No.

—Ana Julia, te conozco desde hace años.

Hana se sentó frente a ella.

—Nunca has dejado que un chico se acerque demasiado.

Ana Julia bajó la mirada.

—Quizá él es diferente.

Hana permaneció en silencio.

Aquellas palabras parecieron pesar más de lo que Ana Julia esperaba.

—¿Qué? —preguntó.

—Nada.

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—Esa.

Hana suspiró.

—Solo ten cuidado.

Ana Julia frunció el ceño.

—Otra vez con lo mismo.

—Porque sigo pensando lo mismo.

—Ni siquiera lo conoces.

—Tú tampoco.

Ana Julia abrió la boca.

Pero no encontró una respuesta.

Porque era verdad.

No conocía a Gael desde hacía años.

No sabía qué había detrás de su sonrisa.

No sabía qué hacía cuando estaba con sus amigos.

No sabía qué pensaba cuando no estaba con ella.

Solo sabía cómo la hacía sentir cuando estaban juntos.

Y eso era precisamente lo peligroso.

—Creo que me gusta —admitió finalmente.

Hana se quedó callada.

Ana Julia jugó con el borde de una hoja.

—No sé cuánto. No sé qué significa. Pero…

—¿Pero?

—Cuando estoy con él siento que puedo ser yo misma.

Hana la observó durante varios segundos.

—Entonces espero que él sienta lo mismo.

Ana Julia sonrió.

—Yo también.

El teléfono volvió a vibrar.

Ana Julia lo tomó.

Gael: Estoy afuera.

Su corazón dio un salto.

—¿Qué ocurre? —preguntó Hana.

Ana Julia levantó la mirada.

—Está aquí.

Hana cerró los ojos.

—Por supuesto que está aquí.

—¿Qué?

—Nada.

Ana Julia se levantó.

—Voy a verlo.

—Ana Julia.

Ella se detuvo.

—¿Qué?

Hana dudó.

—No te enamores demasiado rápido.

Ana Julia soltó una pequeña risa.

—No estoy enamorada.

Hana no respondió.

Ana Julia salió de la cafetería.

Y ninguna de las dos sabía que aquella frase se convertiría en una mentira que terminaría costándole demasiado.

Gael estaba apoyado contra una columna cuando Ana Julia salió.

Tenía las manos en los bolsillos y el teléfono en una de ellas.

Al verla, levantó la cabeza.

Y sonrió.

Ana Julia sintió aquella sensación extraña en el estómago.

—Hola —dijo.

—Hola.

—¿Qué haces aquí?

—Te dije que quería verte.

—Podías haber esperado a que terminara.

—No quería.

Ana Julia lo miró.

—¿No tienes clases?

—En una hora.

—Entonces tienes tiempo.

—Sí.

—¿Y por qué estás aquí?

Gael dio un paso hacia ella.

—Porque quería verte antes.

Ana Julia bajó la mirada.

—Eres raro.

—¿Eso es malo?

—No.

Gael sonrió.

—Entonces está bien.

Ana Julia se quedó mirando sus zapatos.

—¿Qué quieres hacer?

—Comer.

—Acabo de desayunar.

—Entonces tomar algo.

—Acabo de tomar café.

—Entonces caminar.

Ana Julia levantó la mirada.

—¿Siempre consigues lo que quieres?

Gael la observó.

Aquella pregunta tenía más significado del que ella imaginaba.

—Casi siempre.

—Qué arrogante.

—¿Y tú siempre dices lo que piensas?




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