Ana Julia no volvió a abrir la puerta.
Se quedó allí, inmóvil, escuchando cómo los pasos de Gael se alejaban lentamente de la casa.
Uno.
Dos.
Tres.
Hasta que ya no escuchó nada.
Su madre permaneció a su lado.
—Ana…
—No.
—Hija.
—No quiero hablar.
Su madre la observó durante unos segundos.
—Está bien.
Ana Julia subió las escaleras.
Entró a su habitación y cerró la puerta.
No la golpeó.
No gritó.
No lloró.
Simplemente se quedó de pie en medio del cuarto.
Su maleta estaba abierta sobre la cama.
Dentro ya había algunas prendas dobladas.
El pasaporte estaba sobre el escritorio.
Y al lado estaba el boleto de avión.
Se iría a París en tres días.
Ana Julia miró todo aquello.
París.
Una nueva ciudad.
Una nueva vida.
Un lugar donde nadie conociera su nombre.
Donde nadie supiera lo que había ocurrido.
Donde nadie pudiera señalarla al pasar.
Donde nadie pudiera preguntarle por Gael.
Tomó una de sus prendas y la guardó en la maleta.
Después otra.
Y otra.
Hasta que sus manos comenzaron a temblar.
Se detuvo.
Cerró los ojos.
Y entonces recordó su voz.
Te quiero.
Ana Julia abrió los ojos.
—Mentiroso.
Lo dijo en voz baja.
Pero la palabra no consiguió hacerla sentir mejor.
Porque había una verdad que todavía le dolía aceptar.
Ella seguía queriéndolo.
Aunque lo odiara.
Aunque supiera lo que había hecho.
Aunque hubiera descubierto que para él había comenzado como una apuesta.
Todavía lo quería.
Y eso la hacía sentirse todavía más estúpida.
Gael no se fue muy lejos.
Llegó hasta el final de la calle y se detuvo.
Miró hacia atrás.
La casa de Ana Julia seguía iluminada.
Sacó el teléfono.
Abrió su conversación con ella.
Escribió:
Necesito verte.
Lo borró.
Escribió:
Perdóname.
Lo borró.
Después escribió:
No quería que terminara así.
También lo borró.
Finalmente bloqueó el teléfono.
No tenía derecho a pedirle que lo perdonara.
No después de lo que había hecho.
Pero había algo que sí podía hacer.
Contarle toda la verdad.
Incluso si después ella lo odiaba para siempre.
A la mañana siguiente, Ana Julia no fue a la universidad.
Tampoco al día siguiente.
Su madre había hablado con la institución y estaba organizando todo para que pudiera terminar algunos asuntos antes del viaje.
Hana fue a verla.
Llegó con una bolsa llena de comida.
—Traje cosas.
Ana Julia la miró desde el sofá.
—No tengo hambre.
—No te pregunté.
—Hana.
—Come.
Ana Julia tomó una caja.
—¿Qué es?
—Lo que te gusta.
—Gracias.
Hana se sentó junto a ella.
Durante unos minutos ninguna dijo nada.
Hasta que Hana preguntó:
—¿Cuándo te vas?
Ana Julia dejó de mover las manos.
—En tres días.
—¿Tan pronto?
—Sí.
Hana tragó saliva.
—¿Y cuánto tiempo estarás en París?
—No sé.
—¿Vas a volver?
Ana Julia miró hacia la ventana.
—No lo sé.
Hana se quedó callada.
—¿Y Gael?
Ana Julia cerró los ojos.
—No quiero hablar de él.
—Está bien.
—En serio.
—Está bien.
Pasaron unos segundos.
—Pero hay algo que tienes que saber.
Ana Julia la miró.
—¿Qué?
Hana sacó su teléfono.
—El video sigue circulando.
Ana Julia palideció.
—No.
—Lo siento.
—No quiero saber.
—Ana…
—¡No quiero saber!
Hana guardó el teléfono.
—Está bien.
Ana Julia se levantó.
—No puedo.
—¿Qué?
—No puedo vivir aquí.
—Por eso te vas.
—No. Me refiero a que no puedo volver a salir a la calle sin pensar que alguien me está mirando.
Hana se acercó.
—Entonces vete.
Ana Julia la miró.
—¿Qué?
—Vete a París. Empieza de nuevo.
—¿Y si tampoco puedo?
—Entonces empiezas otra vez.
Ana Julia sonrió débilmente.
—Suena fácil cuando lo dices tú.
—No dije que fuera fácil.
Hana tomó sus manos.
—Pero eres más fuerte de lo que crees.
Ana Julia bajó la mirada.
—Yo quería ser diseñadora.
—Lo sé.
—Quería tener mi propia marca.
—Lo sé.
—Y ahora siento que todo se arruinó.
Hana negó con la cabeza.
—No permitas que Gael sea el final de tu historia.
Ana Julia levantó la mirada.
—¿Y si es el comienzo de otra?
—Entonces asegúrate de que sea una historia donde tú seas la protagonista.
Ana Julia sonrió por primera vez en días.
—Voy a hacerlo.
Esa tarde, Ana Julia recibió un mensaje.
No quería mirar.
Pero lo hizo.
Era de un número desconocido.
“Necesitamos hablar sobre el video.”
Ana Julia sintió que se le helaban las manos.
Bloqueó el número.
Apenas unos segundos después llegó otro mensaje.
“No soy quien crees.”
Lo bloqueó también.
Después otro.
“Pregúntale a Gael qué ocurrió aquella noche.”
Ana Julia se quedó inmóvil.
Aquella noche.
¿Cuál noche?
Había demasiadas.
Demasiados secretos.
Demasiadas cosas que no entendía.
Su teléfono volvió a vibrar.
Esta vez era Gael.
Ana Julia no contestó.
Volvió a llamar.
Ella rechazó la llamada.
Otra vez.
La rechazó.
Después apareció un mensaje.
Gael: Solo cinco minutos.
Ana Julia miró la pantalla.
Gael: No voy a acercarme si no quieres.
Otro mensaje.
Gael: Pero necesito explicarte algo.