El avión había desaparecido entre las nubes hacía varias horas, pero Ana Julia seguía despierta.
Tenía la cabeza apoyada contra el asiento y los ojos fijos en la pequeña ventanilla.
Abajo ya no podía distinguir las calles de su país.
Solo había oscuridad.
Una oscuridad enorme que parecía tragarse todo lo que dejaba atrás.
Su madre dormía a su lado.
Ana Julia volvió a mirar su teléfono.
La fotografía seguía allí.
Gael.
Y junto a él, alguien que ella conocía.
Alguien que no debería haber estado relacionado con aquella historia.
Debajo de la fotografía seguía apareciendo el mismo mensaje:
«Antes de irte, deberías saber algo sobre Gael.»
Y debajo:
«Él no te contó toda la verdad.»
Ana Julia había intentado borrar la conversación.
No pudo.
Había intentado bloquear el número.
Lo hizo.
Pero la imagen ya estaba en su mente.
Cerró los ojos.
—No quiero saber más —susurró.
Pero una parte de ella sabía que no era cierto.
Quería saber.
Necesitaba saber.
¿Qué más podía haberle ocultado Gael?
¿Qué había sucedido aquella noche?
¿Quién había tomado aquella fotografía?
¿Y por qué alguien se había tomado el trabajo de enviársela justo antes de que abandonara el país?
Ana Julia apagó el teléfono.
No quería pensar.
Ya había tomado una decisión.
No volvería atrás.
Cuando aterrizaron, el cielo estaba gris.
Ana Julia bajó del avión con una maleta en una mano y su bolso en la otra.
Caminó detrás de su madre.
Durante unos minutos no dijo nada.
Había personas por todas partes.
Familias.
Turistas.
Estudiantes.
Personas que se abrazaban después de mucho tiempo sin verse.
Y personas que, como ella, comenzaban una vida nueva.
Su madre se volvió hacia ella.
—¿Cómo te sientes?
Ana Julia respiró profundamente.
—Extraña.
—Es normal.
—No conozco nada.
—Lo conocerás.
—No conozco a nadie.
—Conocerás personas.
Ana Julia miró alrededor.
—Eso espero.
Su madre sonrió.
—Y tienes algo que hacer.
—¿Qué?
—Convertirte en la diseñadora que siempre quisiste ser.
Ana Julia bajó la mirada.
Había olvidado cuánto había soñado con eso.
Antes de Gael.
Antes de la apuesta.
Antes del video.
Antes de que su vida se convirtiera en un desastre.
Ella había tenido sueños.
Y quizá todavía podía recuperarlos.
—Sí —respondió finalmente—. Voy a hacerlo.
Los primeros días fueron difíciles.
Muy difíciles.
Ana Julia se despertaba algunas mañanas sin saber dónde estaba.
Durante unos segundos olvidaba todo.
Después recordaba.
París.
La universidad.
Gael.
La apuesta.
El video.
Y aquella sensación horrible regresaba.
Había días en los que no quería salir.
Otros en los que caminaba durante horas sin rumbo.
Su madre no la presionaba.
Sabía que su hija necesitaba tiempo.
Una tarde entraron a una cafetería pequeña.
Ana Julia pidió algo para beber.
El olor del café recién preparado llenó el lugar.
De inmediato sintió náuseas.
Se llevó una mano a la boca.
—¿Ana?
—Estoy bien.
—¿Segura?
—Sí.
Se levantó rápidamente.
—Voy al baño.
Su madre la siguió con la mirada.
Ana Julia entró al baño y se apoyó contra el lavabo.
Respiró profundamente.
—Tranquila.
Se miró al espejo.
Tenía el rostro pálido.
—Solo estoy cansada.
Se echó agua en la cara.
Cuando regresó a la mesa, su madre la estaba esperando.
—¿Qué te pasa?
—Nada.
—Últimamente siempre dices eso.
Ana Julia intentó sonreír.
—Estoy adaptándome.
Su madre no parecía convencida.
—¿Estás segura?
—Sí.
Pero no lo estaba.
Las semanas pasaron.
Ana Julia comenzó a asistir a clases.
El diseño se convirtió en su refugio.
Podía pasar horas dibujando.
Cuando estaba frente a una hoja en blanco, no pensaba en Gael.
No pensaba en los comentarios.
No pensaba en el video.
Solo pensaba en telas, cortes, colores, formas y vestidos.
Una tarde, una de sus profesoras se acercó mientras Ana Julia trabajaba.
—¿Este diseño es tuyo?
Ana Julia levantó la cabeza.
—Sí.
La profesora tomó la hoja.
—Tiene personalidad.
—¿De verdad?
—Sí.
Ana Julia sonrió.
—Gracias.
—No tienes que agradecerme.
La profesora dejó el diseño sobre la mesa.
—Tienes talento, Ana Julia.
Aquellas palabras significaron más de lo que la mujer podía imaginar.
Talento.
No lástima.
No el nombre del video.
No la chica de la apuesta.
Talento.
Ana Julia guardó cuidadosamente el diseño.
Aquella noche escribió en su cuaderno:
«Voy a construir algo que nadie pueda quitarme.»
Debajo escribió:
«Mi nombre.»
Un mes después, ya tenía una pequeña rutina.
Estudiaba por las mañanas.
Trabajaba en sus diseños por las tardes.
Por las noches leía o caminaba.
Y poco a poco empezó a sentirse mejor.
Incluso había días en los que podía pasar horas sin pensar en Gael.
Hasta que alguna canción lo recordaba.
O algún lugar.
O una frase.
Entonces el dolor volvía.
Pero ya no era igual.
Antes la destruía.
Ahora simplemente dolía.
Y eso era un progreso.
Camille se convirtió en una de las personas más importantes de su nueva vida.
No sabía todos los detalles de lo ocurrido.
Ana Julia nunca le había contado todo.
Solo sabía que un hombre la había lastimado y que ella había decidido irse.