Ana Julia permaneció sentada en el suelo del baño durante varios minutos.
No podía apartar la mirada de la prueba que sostenía entre sus manos.
Dos líneas.
No había ninguna duda.
No era una confusión.
No era el estrés.
No era el cambio de país.
Estaba embarazada.
Su respiración comenzó a entrecortarse.
Se llevó una mano al vientre, aunque todavía no podía sentir absolutamente nada.
—Hay un bebé… —susurró.
La frase salió de sus labios con dificultad.
Un bebé.
La palabra parecía demasiado grande para una persona que todavía estaba intentando reconstruir su propia vida.
Se puso de pie lentamente.
Miró su reflejo en el espejo.
Tenía los ojos llenos de lágrimas.
—¿Qué voy a hacer?
Nadie respondió.
Solo estaba ella.
Y aquel secreto.
Un secreto que, por el momento, solo conocía ella y que podía cambiarlo todo.
Ana Julia salió del baño y escondió las pruebas en el fondo de un cajón.
Su madre estaba en la cocina.
—¿Te sientes mejor?
Ana Julia se quedó quieta.
—Sí.
—¿Seguro?
—Sí, mamá.
Su madre la observó durante unos segundos.
—Estás muy pálida.
—Solo necesito descansar.
—Entonces no trabajes esta tarde.
Ana Julia intentó sonreír.
—Tengo que terminar unos diseños.
—Los diseños pueden esperar.
Ana Julia bajó la mirada.
—No quiero detenerme.
Su madre se acercó.
—No tienes que demostrarle nada a nadie.
Aquellas palabras hicieron que Ana Julia sintiera un nudo en la garganta.
Si su madre supiera…
Si supiera que dentro de ella estaba creciendo el hijo de Gael…
No sabía cómo reaccionaría.
—Mamá…
—¿Sí?
Ana Julia abrió la boca.
Quiso contárselo.
Pero el miedo la detuvo.
—Nada.
Su madre acarició su cabello.
—Cuando quieras hablar, estaré aquí.
Ana Julia asintió.
—Lo sé.
Su madre se alejó.
Ana Julia cerró los ojos.
Todavía no.
No estaba preparada.
Esa noche, Ana Julia se encerró en su habitación.
Sacó las dos pruebas del cajón y las puso sobre la cama.
Las observó durante largo rato.
Después tomó su teléfono.
Abrió sus contactos.
Bajó lentamente por la lista.
Se detuvo en un nombre.
Gael.
Su dedo quedó suspendido sobre la pantalla.
Podía llamarlo.
Podía decirle.
Podía preguntarle qué pensaba hacer.
Podía darle la oportunidad de saber que iba a ser padre.
Pero entonces recordó el video.
Recordó a sus amigos riéndose.
Recordó aquella conversación.
Ella cumplió el reto.
Recordó el dinero.
Recordó cómo había sentido que todo lo que había vivido con él era una mentira.
Su dedo se apartó de la pantalla.
—No.
Bloqueó el teléfono.
—No voy a llamarlo.
Se acostó.
Una mano volvió a posarse sobre su vientre.
—No sé cómo voy a hacerlo…
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Pero voy a hacerlo.
Al día siguiente, Ana Julia decidió ir al médico.
Su madre insistió en acompañarla.
Ella aceptó.
Durante el trayecto apenas habló.
Miraba por la ventana mientras París pasaba frente a sus ojos.
La ciudad parecía igual que siempre.
Personas caminando.
Automóviles.
Cafeterías.
Turistas.
Pero para ella todo había cambiado.
Cuando llegaron, Ana Julia sintió que las piernas le temblaban.
—¿Nerviosa? —preguntó su madre.
—Mucho.
—Estoy contigo.
Ana Julia la tomó de la mano.
—Gracias.
Después de varios exámenes, la doctora confirmó lo que Ana Julia ya sabía.
—Estás embarazada.
Ana Julia bajó la mirada.
Aunque ya había visto las pruebas, escuchar aquellas palabras de otra persona hizo que todo se volviera real.
Su madre permaneció a su lado.
—¿De cuánto tiempo? —preguntó ella.
La doctora revisó los resultados.
—Todavía es temprano.
Ana Julia tragó saliva.
—¿Está todo bien?
—Por ahora, sí.
Ana Julia soltó el aire que parecía haber estado conteniendo durante minutos.
—¿Y yo?
—También estás bien.
La doctora sonrió.
—Necesitas cuidarte y hacer controles regularmente.
Ana Julia asintió.
—Lo haré.
La doctora salió.
Su madre la miró.
—Ana.
Ella no respondió.
—Mírame.
Ana Julia levantó los ojos.
—¿Quieres tenerlo?
La pregunta la tomó por sorpresa.
Durante unos segundos no supo qué decir.
Miró hacia abajo.
—Sí.
Su madre tomó su mano.
—Entonces lo vamos a hacer.
Ana Julia comenzó a llorar.
—Tengo miedo.
—Yo también.
—¿Y si no puedo?
—Podrás.
—¿Y si todo sale mal?
—No vamos a pensar en eso ahora.
Ana Julia apoyó la cabeza en su hombro.
—No quiero que él sepa.
Su madre suspiró.
—Sé que no quieres.
—No quiero que aparezca después y diga que es su hijo.
—Eso será algo que tendrás que decidir cuando llegue el momento.
Ana Julia negó con la cabeza.
—No va a llegar.
Su madre no discutió.
Pero sabía que la vida tenía una manera extraña de poner nuevamente frente a nosotros aquello de lo que intentamos escapar.
Cuando regresaron a casa, Ana Julia entró directamente en su habitación.
Sacó su cuaderno de diseños.
En una página escribió:
“Tengo un nuevo motivo para luchar.”
Se quedó pensando.
Después añadió:
“Mi bebé.”
La palabra le produjo una sensación extraña.
Todavía no podía acostumbrarse.
Se llevó una mano al vientre.
—Hola.
Sonrió tímidamente.
—Soy tu mamá.
Una lágrima cayó sobre el papel.
—Y aunque ahora mismo tenga miedo…