Gael bajó del avión en París con una sola idea en la cabeza.
Descubrir la verdad.
No había viajado hasta allí para buscar a Ana Julia.
O al menos eso era lo que se repetía una y otra vez.
Había demasiadas preguntas sin respuesta.
¿Quién había puesto el dinero de la apuesta?
¿Quién había decidido publicar el video?
¿Por qué sus amigos habían ocultado tantas cosas?
Y, sobre todo…
¿Por qué alguien estaba intentando impedir que él investigara?
Gael salió del aeropuerto y tomó un taxi.
Le entregó al conductor una dirección.
—Aquí, por favor.
Era la dirección de una persona relacionada con aquella misteriosa conversación.
Alguien que podía saber quién había comenzado realmente aquella apuesta.
Gael miró por la ventana.
París pasaba frente a sus ojos.
No sabía que, en algún lugar de aquella misma ciudad, Ana Julia estaba construyendo una vida completamente diferente.
Una vida de la que él no sabía absolutamente nada.
Mientras tanto, Ana Julia despertó sobresaltada.
Se llevó una mano al vientre.
El bebé se había movido.
Sonrió.
—Buenos días.
Se quedó unos segundos en silencio.
—¿Ya estás despierto?
Volvió a sentir una pequeña patada.
Ana Julia soltó una risa.
—Está bien. Ya entendí.
Se levantó lentamente de la cama.
Su barriga estaba cada vez más grande.
Se miró al espejo.
Había cambiado.
Mucho.
Ya no era la joven que había llegado a París huyendo de un corazón roto.
Ahora era una futura madre.
Y también estaba construyendo su carrera.
Sobre el escritorio había varios bocetos.
Su colección Renacer estaba casi terminada.
Ana Julia tomó uno de ellos.
Era un vestido blanco.
—Este será el último.
Su madre apareció en la puerta.
—¿Ya estás trabajando?
—No puedo evitarlo.
—Tienes que descansar.
—Lo sé.
—Entonces descansa.
Ana Julia sonrió.
—Después de terminar este.
Su madre negó con la cabeza.
—Eres imposible.
Ese mismo día, Gael llegó a la dirección que había conseguido.
Era una pequeña oficina.
Entró.
Un hombre levantó la mirada.
Cuando vio a Gael, su expresión cambió.
—¿Tú?
Gael cerró la puerta detrás de él.
—Necesito respuestas.
—No sé de qué hablas.
—Sí sabes.
El hombre permaneció callado.
Gael sacó una fotografía.
—Quiero saber quién puso el dinero.
El hombre miró la fotografía.
—¿Por qué sigues investigando eso?
—Porque quiero saber la verdad.
—Ya pasó mucho tiempo.
—Para mí no.
El hombre suspiró.
—Fue una estupidez.
—Una estupidez que destruyó la vida de una persona.
El hombre bajó la mirada.
—No todo fue como te lo contaron.
Gael se acercó.
—Entonces cuéntamelo.
El hombre guardó silencio.
—¿Quién comenzó la apuesta?
—No puedo decirlo.
—¿Por qué?
—Porque algunas personas no quieren que sepas la verdad.
Gael apretó la mandíbula.
—¿Quiénes?
El hombre negó con la cabeza.
—Si quieres seguir viviendo tranquilo, deja esto.
Gael lo miró fijamente.
—No.
Se dio la vuelta.
—Entonces estás cometiendo un error.
Gael salió sin responder.
A varios kilómetros de allí, Ana Julia estaba en una tienda.
Miraba ropa para bebé.
Había intentado no comprar demasiadas cosas.
Pero cada vez que veía algo pequeño, no podía evitar detenerse.
Tomó unos diminutos zapatos.
—Son demasiado pequeños.
La dependienta sonrió.
—Los bebés crecen rápido.
Ana Julia los observó.
—Quiero llevármelos.
Cuando regresó a casa, colocó los zapatos junto a la pequeña ropa que ya había comprado.
Su madre entró.
—¿Otra vez compraste algo?
Ana Julia sonrió.
—Solo un poquito.
Su madre miró la caja.
—No puedes evitarlo.
—No.
Ana Julia se sentó.
Miró todas aquellas pequeñas cosas.
—Todavía no puedo creer que voy a tener un bebé.
Su madre se sentó junto a ella.
—¿Tienes miedo?
—Mucho.
—¿Y estás feliz?
Ana Julia sonrió.
—Más.
Los días pasaron.
Gael continuó investigando.
Pero no consiguió encontrar a Ana Julia.
No porque ella estuviera escondida deliberadamente.
Simplemente porque sus caminos no se cruzaron.
Él estaba buscando respuestas sobre la apuesta.
Ella estaba ocupada preparando la llegada de su hijo.
Dos vidas separadas por apenas unos kilómetros.
Dos personas que habían sido importantes la una para la otra.
Y que ahora caminaban en direcciones completamente diferentes.
Una tarde, Ana Julia recibió una llamada.
—¿Sí?
—¿Hablo con Ana Julia?
—Sí.
—Soy de la revista que entrevistó recientemente a varios diseñadores jóvenes.
Ana Julia se incorporó.
—Sí.
—Nos gustaría publicar una nota sobre tu colección.
Ana Julia abrió los ojos.
—¿En serio?
—Sí.
—Claro.
—Necesitamos algunas fotografías y una entrevista.
—Perfecto.
Cuando terminó la llamada, Ana Julia miró a su madre.
—¡Mamá!
—¿Qué pasó?
—Quieren publicar mi colección.
Su madre sonrió.
—Sabía que iba a suceder.
Ana Julia la abrazó.
—Está funcionando.
—¿Qué cosa?
—Mi nueva vida.
La revista publicó el artículo semanas después.
El nombre de Ana Julia apareció acompañado de fotografías de sus diseños.
Su colección Renacer comenzó a llamar la atención.
Algunas tiendas preguntaron por sus vestidos.
Después llegaron nuevos clientes.
Y luego nuevas oportunidades.
Ana Julia estaba creciendo.
Sin darse cuenta, estaba convirtiendo su dolor en una carrera.