El regreso de Gael a Corea del Sur no cambió nada en la vida de Ana Julia.
Y, al mismo tiempo, cambió todo.
Él regresó creyendo que había cerrado una puerta.
Ella continuó en París, sin saber que él había estado allí.
Sin saber que habían respirado el mismo aire.
Sin saber que el hombre al que había intentado borrar de su vida había estado a pocos kilómetros de ella.
Ana Julia, en cambio, tenía algo mucho más importante en qué pensar.
Su bebé estaba cada vez más cerca de llegar.
Y el miedo que sentía ya no era el mismo.
Ahora estaba acompañado de ilusión.
Una mañana, Ana Julia despertó antes de que sonara la alarma.
Se quedó mirando el techo.
Algo se sentía diferente.
Se giró lentamente.
—Mamá…
Su madre, que dormía en la habitación contigua, apareció unos minutos después.
—¿Qué pasó?
Ana Julia respiró profundamente.
—Creo que hoy es el día.
Su madre se quedó quieta.
—¿Estás segura?
Ana Julia asintió.
—Creo que sí.
Su madre se acercó inmediatamente.
—¿Tienes dolores?
—Un poco.
—Entonces vamos al hospital.
Ana Julia miró alrededor de la habitación.
Durante unos segundos sintió que no podía moverse.
Miró su escritorio.
Sus bocetos.
La ropa que había preparado.
La pequeña cuna.
Todo lo que había construido durante aquellos meses.
Y entonces sonrió.
—Vamos.
El camino hasta el hospital pareció interminable.
Ana Julia miraba por la ventana.
París estaba despertando.
Las calles comenzaban a llenarse.
Personas caminando.
Automóviles.
Tiendas abriendo.
Una ciudad completamente normal.
Pero para ella, aquel día no tenía nada de normal.
Su madre le sostenía la mano.
—Respira.
Ana Julia soltó una pequeña risa nerviosa.
—Estoy intentando.
—Todo va a salir bien.
—Eso espero.
—No pienses en nada más.
Ana Julia cerró los ojos.
Puso una mano sobre su vientre.
—Ya casi estás aquí.
Horas después, Ana Julia estaba en la habitación del hospital.
El tiempo parecía avanzar lentamente.
Cada minuto era más intenso que el anterior.
Su madre permanecía a su lado.
—No puedo.
—Sí puedes.
—Tengo miedo.
—Lo sé.
Ana Julia apretó su mano.
—¿Y si algo sale mal?
—No pienses eso.
—Mamá…
—Mírame.
Ana Julia levantó los ojos.
—Vas a conocer a tu bebé.
Aquellas palabras hicieron que Ana Julia comenzara a llorar.
—Mi bebé.
—Sí.
—Después de todo esto…
Su madre le acarició el cabello.
—Después de todo esto.
El nacimiento fue difícil.
Doloroso.
Agotador.
Pero finalmente, después de horas, Ana Julia escuchó un sonido.
Un llanto.
Un pequeño llanto que llenó la habitación.
Ana Julia abrió los ojos.
Las lágrimas comenzaron a caer por su rostro.
—¿Está bien?
La enfermera sonrió.
—Sí.
Ana Julia apenas podía respirar.
—¿Puedo verlo?
La enfermera se acercó.
Y entonces lo colocaron sobre su pecho.
Ana Julia lo miró.
Pequeño.
Frágil.
Perfecto.
Por unos segundos no pudo decir nada.
Solo lloró.
Su madre también tenía lágrimas en los ojos.
Ana Julia acarició suavemente la pequeña cabeza.
—Hola…
Su voz tembló.
—Hola, mi amor.
El bebé movió una pequeña mano.
Ana Julia sonrió entre lágrimas.
—Soy mamá.
Lo acercó un poco más.
—Soy tu mamá.
Cerró los ojos.
—Y te prometo que nunca voy a abandonarte.
Horas después, cuando todo estuvo tranquilo, Ana Julia permaneció despierta.
El bebé dormía junto a ella.
No podía dejar de mirarlo.
Su madre entró.
—¿No has dormido?
Ana Julia negó.
—No quiero.
—Necesitas descansar.
—Quiero mirarlo.
Su madre sonrió.
—Tienes toda una vida para hacerlo.
Ana Julia bajó la mirada.
—Es hermoso.
—Sí.
—¿Cómo pude tener tanto miedo de conocerlo?
—Porque estabas sola y asustada.
Ana Julia acarició la mejilla del bebé.
—Ya no estoy sola.
Su madre sonrió.
—Nunca lo estarás.
Esa noche, Ana Julia tomó una decisión.
Miró a su hijo.
Después miró a su madre.
—Ya sé cómo se llamará.
—¿Cómo?
Ana Julia sonrió.
—Se llamará…
Hizo una pausa.
—[Nombre del niño].
Su madre sonrió.
—Es hermoso.
Ana Julia asintió.
—Quiero que tenga un nombre que represente una nueva vida.
Su madre tomó su mano.
—Entonces es perfecto.
Ana Julia miró nuevamente al bebé.
—No quiero que algún día piense que fue un error.
—Nunca lo pensará.
—Quiero que sepa que fue lo mejor que me pasó.
En Corea del Sur, Gael regresó a su rutina.
Las reuniones.
El trabajo.
La familia.
Sus amigos.
Todo parecía normal.
Pero él había cambiado.
La investigación sobre la apuesta no había terminado.
Y aunque había regresado sin encontrar a Ana Julia, seguía teniendo preguntas.
Una tarde, Minho apareció en su oficina.
—¿Todavía estás pensando en eso?
Gael levantó la mirada.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque no entiendo algo.
—¿Qué?
—Si todo comenzó como una apuesta, ¿por qué alguien puso tanto dinero?
Minho se quedó callado.
—No lo sé.
—Y tampoco sé quién estaba detrás de todo.
—Quizá deberías dejarlo.
Gael negó.
—No.
—Gael…
—No puedo.
Minho suspiró.
—Entonces prepárate.
—¿Para qué?
—Porque si sigues buscando, quizá encuentres cosas que no quieras saber.
Gael lo miró.
—Ya perdí demasiado por no saber la verdad.
Mientras tanto, en París, la vida de Ana Julia había cambiado completamente.