La apuesta que me convirtió en su peor error

CAPÍTULO 10 El regreso

El regreso a Corea del Sur estaba cada vez más cerca.

Ana Julia intentaba concentrarse en el trabajo, pero había momentos en los que el pasado aparecía sin pedir permiso.

Habían pasado años desde la última vez que había pisado aquel país.

Años desde que había dejado atrás la escuela.

Años desde aquella apuesta.

Años desde que había descubierto que para Gael todo había sido un juego.

Y ahora estaba a punto de regresar.

Pero esta vez no era la misma chica.

Ya no viajaba con una maleta llena de miedo.

Ahora tenía una carrera.

Una empresa.

Una vida.

Y, sobre todo, tenía a su hijo.

—Mamá.

Ana Julia levantó la mirada.

Su hijo estaba frente a ella con una pequeña mochila.

—¿Ya nos vamos?

Ana Julia sonrió.

—Todavía falta un poco.

—¿Y por qué tenemos que ir tan lejos?

—Porque mamá tiene un desfile.

—¿En Corea?

—Sí.

El niño sonrió.

—¿Vamos a conocer donde vivías?

Ana Julia se quedó callada durante unos segundos.

—Sí.

—¿Allí naciste?

—Sí.

—¿Y tenías amigos?

Ana Julia sintió un pequeño nudo en el pecho.

—Sí.

—¿Muchos?

—Algunos.

—¿Y todavía viven allí?

Ana Julia apartó la mirada.

—No lo sé.

Su hijo no insistió.

Volvió a jugar con su mochila.

Ana Julia lo observó.

Había preguntas que todavía no podía responder.

No porque quisiera mentirle.

Sino porque todavía era demasiado pequeño para entenderlas.

Los días antes del viaje fueron agotadores.

La colección estaba lista.

Los vestidos habían sido enviados.

El equipo había preparado cada detalle.

Las entrevistas estaban programadas.

Todo estaba organizado.

Pero Ana Julia tenía una preocupación que no aparecía en ninguna agenda.

Gael.

No sabía si lo encontraría.

No sabía si él la reconocería.

Y tampoco sabía qué haría si eso sucedía.

Una noche, Camille entró a su oficina.

—¿Todavía estás pensando en él?

Ana Julia no levantó la mirada.

—No.

Camille sonrió.

—Mientes muy mal.

Ana Julia suspiró.

—Solo estoy pensando en lo que puede pasar.

—¿Y qué puede pasar?

—Que lo vea.

—¿Y si lo ves?

Ana Julia dejó el lápiz.

—No lo sé.

—Has esperado años para volver.

—No por él.

—Lo sé.

Ana Julia miró una fotografía de su hijo que tenía sobre el escritorio.

—Por él.

Camille siguió su mirada.

—Tu hijo.

Ana Julia asintió.

—Quiero que conozca el lugar donde nací.

—Entonces hazlo.

Ana Julia respiró profundamente.

—No quiero que mi pasado arruine esto.

—No lo hará.

—¿Cómo puedes estar tan segura?

Camille sonrió.

—Porque ahora tú decides qué pasa.

En Corea del Sur, Gael tampoco podía dejar de pensar en el regreso de Ana Julia.

La revista seguía sobre su escritorio.

La fotografía estaba abierta frente a él.

Ella había cambiado.

Su cabello era diferente.

Su estilo era más elegante.

Su mirada era más segura.

Pero seguía siendo Ana Julia.

La chica que había conocido años atrás.

La chica que había perdido.

Gael tomó el teléfono.

Buscó información sobre ella.

Esta vez encontró muchísimo más.

Entrevistas.

Fotografías.

Desfiles.

Artículos.

Su marca.

Su éxito.

Y una cosa llamó especialmente su atención.

Ana Julia nunca hablaba de su vida sentimental.

Nunca aparecía acompañada por un hombre.

Nunca mencionaba una pareja.

Gael frunció el ceño.

—¿Qué pasó contigo todos estos años?

No esperaba respuesta.

Pero siguió investigando.

Hasta que encontró una fotografía que lo hizo detenerse.

Ana Julia aparecía saliendo de un evento.

A su lado caminaba un niño.

Gael acercó la imagen.

Era una fotografía tomada desde lejos.

El rostro del pequeño no se veía completamente.

Pero tenía aproximadamente la edad que tendría un hijo nacido después de que Ana Julia se marchara.

Gael sintió una sensación extraña.

Se quedó mirando la fotografía.

—¿Quién es?

Buscó más información.

Nada.

No había nombre.

No había padre.

No había explicación.

Solo Ana Julia y aquel niño.

Gael dejó el teléfono sobre el escritorio.

Intentó convencerse de que no significaba nada.

Podía ser su sobrino.

El hijo de una amiga.

Cualquier niño.

Pero una pregunta apareció en su cabeza.

¿Y si…?

Se levantó inmediatamente.

—No.

No quería pensar aquello.

No tenía sentido.

Ana Julia se había ido.

Habían pasado años.

Ella podía haber formado una familia con otra persona.

Era normal.

No tenía derecho a imaginar otra cosa.

Pero aun así…

La fotografía permaneció en su mente toda la noche.

El día del viaje llegó.

Ana Julia estaba en el aeropuerto con su hijo y su madre.

El niño estaba emocionado.

—Mamá, ¿cuánto falta?

—Unas horas.

—¿Muchas?

—Un poquito.

—¿Voy a dormir en el avión?

—Probablemente.

—¿Y cuando lleguemos?

—Vamos al hotel.

—¿Y después?

—Descansamos.

El niño sonrió.

—Quiero conocer Corea.

Ana Julia lo abrazó.

—La vas a conocer.

Antes de subir al avión, Ana Julia miró hacia atrás.

París había sido su refugio.

Allí había aprendido a vivir nuevamente.

Allí había nacido su hijo.

Allí había construido su nombre.

Pero ahora debía volver.

No porque quisiera revivir el pasado.

Sino porque había aprendido que huir para siempre tampoco era vivir.

Horas después, el avión aterrizó.

Ana Julia miró por la ventanilla.




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