Ana Julia salió del salón sin mirar atrás.
Caminó rápidamente por el pasillo, intentando mantener la calma, pero sus manos temblaban.
Las palabras de Gael seguían repitiéndose en su cabeza.
“¿El niño es mío?”
Y después…
“Soy su padre.”
Ana Julia apretó los labios.
No.
No podía permitir que él entrara nuevamente en su vida.
No después de todo lo que había ocurrido.
Llegó al ascensor y presionó el botón.
Las puertas se abrieron.
Entró.
Cuando las puertas comenzaron a cerrarse, escuchó su voz.
—Ana.
Ella levantó la mirada.
Gael estaba al otro lado.
Las puertas todavía no se habían cerrado completamente.
—Solo quiero hablar contigo.
—No.
—Por favor.
—No tenemos nada de qué hablar.
—Sí tenemos.
Ana Julia negó con la cabeza.
—Ya es demasiado tarde.
Las puertas se cerraron.
Gael quedó solo en el pasillo.
Ana Julia apoyó la espalda contra la pared del ascensor y cerró los ojos.
Una lágrima cayó por su mejilla.
Se la limpió rápidamente.
—No voy a llorar por él otra vez.
Cuando llegó a casa, su madre estaba en la sala.
Al verla entrar, inmediatamente notó que algo no estaba bien.
—Ana.
Ella dejó el bolso sobre una silla.
—Estoy cansada.
—¿Qué pasó?
—Nada.
Su madre se acercó.
—Te conozco.
Ana Julia bajó la mirada.
—Lo vi.
Su madre se quedó quieta.
—¿A Gael?
Ana Julia asintió.
—Estaba en la cena.
—¿Te habló?
—Sí.
—¿Qué te dijo?
Ana Julia respiró profundamente.
—Preguntó por el niño.
Su madre entendió inmediatamente.
—¿Le dijiste la verdad?
Ana Julia negó con la cabeza.
—No.
—¿Qué respondió?
Ana Julia se sentó.
—Dijo que era su padre.
Su madre se quedó en silencio.
—¿Y tú?
Ana Julia levantó los ojos.
—Le dije que no tenía derecho a llamarse su padre.
Su madre se sentó a su lado.
—Ana…
—¿Estoy equivocada?
—No.
Su madre tomó su mano.
—Pero tienes que pensar en lo que viene ahora.
Ana Julia apretó los dedos.
—No quiero que se acerque a mi hijo.
—Lo sé.
—No después de lo que hizo.
—Lo sé.
—Él ni siquiera sabía que estaba embarazada.
Su madre la miró.
—Eso es cierto.
—Entonces no puede aparecer ahora y actuar como si hubiera estado presente todos estos años.
—No puede recuperar el tiempo perdido.
Ana Julia miró hacia el pasillo.
—Mi hijo no necesita a alguien que aparezca de repente y desaparezca después.
En la habitación, el niño dormía tranquilamente.
Ana Julia entró y se acercó a la cama.
Lo observó durante unos segundos.
Su pequeño rostro estaba relajado.
Ella se sentó junto a él.
Le acomodó el cabello.
—No voy a permitir que nadie te haga daño.
El niño se movió ligeramente.
—Mamá…
Ana Julia sonrió.
—Estoy aquí.
—¿Te vas?
—No.
—Quédate.
Ana Julia se acostó a su lado.
—Siempre.
El niño cerró nuevamente los ojos.
Ana Julia lo abrazó.
Y mientras lo hacía, comprendió que la decisión ya no era solamente sobre ella.
Ahora había una vida que dependía de sus decisiones.
Al otro lado de la ciudad, Gael tampoco podía dormir.
Estaba sentado en el borde de la cama.
Tenía el teléfono en la mano.
Volvió a abrir la fotografía del niño.
La miró durante largo rato.
Cada vez encontraba más semejanzas.
Los ojos.
La mirada.
La forma de sonreír.
Pero todavía no podía estar seguro.
—¿Eres mío?
La pregunta salió de sus labios.
Dejó el teléfono sobre la mesa.
Se levantó y caminó hasta la ventana.
Recordó la primera vez que había conocido a Ana Julia.
La escuela.
Los amigos.
La apuesta.
La mentira.
Recordó el momento en que ella descubrió todo.
Y recordó cómo había intentado buscarla después.
Pero nunca había sabido dónde estaba.
Ahora comprendía que quizá había buscado demasiado tarde.
A la mañana siguiente, Gael llegó a la empresa.
Minho ya lo estaba esperando.
—¿Hablaste con ella?
—Sí.
—¿Y?
Gael dejó las llaves sobre el escritorio.
—No quiere decirme nada.
Minho suspiró.
—¿Le preguntaste directamente?
—Sí.
—¿Y qué respondió?
Gael levantó la mirada.
—Me dijo que no tengo derecho a llamarme su padre.
Minho permaneció callado.
—Tiene razón —dijo finalmente.
Gael lo miró.
—¿Tú también?
—No estoy diciendo que no tengas derecho a conocer la verdad.
—Entonces…
—Estoy diciendo que no puedes esperar que ella confíe en ti después de lo que pasó.
Gael bajó la mirada.
Sabía que era cierto.
—¿Qué harías tú?
Minho pensó unos segundos.
—Dejaría de presionarla.
—¿Y después?
—Esperaría.
Gael soltó una pequeña risa amarga.
—He esperado años.
—Ella también.
Gael quedó en silencio.
Aquella frase le dolió.
Porque sabía que era verdad.
Durante los siguientes días, Gael no volvió a buscar a Ana Julia.
No la llamó.
No la siguió.
No apareció en sus eventos.
Pero tampoco dejó de investigar.
Quería saber la verdad.
No solamente porque sospechaba que el niño podía ser suyo.
También porque necesitaba comprender qué había ocurrido después de que Ana Julia desapareciera.
Una tarde, Minho entró a su oficina.
—Encontré algo.
Gael levantó la mirada.
—¿Qué?
Minho dejó una carpeta sobre el escritorio.
—Información de los primeros años de Ana Julia en París.
Gael abrió la carpeta.
Había fotografías.
Direcciones antiguas.