La apuesta que me convirtió en su peor error

CAPÍTULO 13 La verdad detrás de la apuesta

Gael permaneció varios segundos mirando la pantalla de su teléfono.

La llamada había terminado.

Pero aquellas palabras seguían resonando en su cabeza.

“La apuesta no terminó cuando ella se fue.”

Apretó el teléfono entre sus manos.

—¿Qué demonios significa eso?

Volvió a llamar al número.

Una vez.

Dos veces.

Tres.

Nada.

El número ya no estaba disponible.

Gael lanzó el teléfono sobre el escritorio y se pasó una mano por el cabello.

Todo estaba empezando a ser demasiado confuso.

Durante años había creído conocer la historia.

Sus amigos le propusieron una apuesta.

Él aceptó.

Tenía que conquistar a Ana Julia.

Hacer que confiara en él.

Acostarse con ella.

Y demostrar que había cumplido el reto.

Pero ahora alguien estaba diciéndole que aquello no había sido simplemente una estupidez de adolescentes.

Había algo más.

Algo que él desconocía.

Y si era verdad…

significaba que Ana Julia había sufrido mucho más de lo que él imaginaba.

Minho llegó pocos minutos después.

Encontró a Gael de pie junto a la ventana.

—¿Qué pasó?

Gael no respondió inmediatamente.

—Recibí una llamada.

Minho frunció el ceño.

—¿De quién?

—No lo sé.

—¿Qué quería?

Gael se giró lentamente.

—Dijo que conoce la verdad sobre la apuesta.

El rostro de Minho cambió.

—¿Qué verdad?

—Eso mismo quiero saber.

—¿Te dijo su nombre?

—No.

—¿Y qué más dijo?

Gael tomó el teléfono.

—Que la apuesta no terminó cuando Ana Julia se fue.

Minho permaneció en silencio.

—Eso no tiene sentido.

—Lo sé.

—¿Crees que alguien estuvo involucrado?

—Alguien siempre estuvo involucrado.

—Me refiero a alguien más.

Gael recordó algo.

Una conversación.

Una frase que había visto tiempo atrás.

“Si ella se entera de quién puso el dinero, todo se acaba.”

Sus ojos se endurecieron.

—Sí.

Minho lo observó.

—¿Qué estás pensando?

Gael caminó hasta el escritorio.

Abrió uno de los cajones y sacó varios documentos.

—Hace tiempo encontré unos mensajes.

—¿Qué mensajes?

—Conversaciones entre algunos de los chicos que estuvieron involucrados.

Minho tomó una de las hojas.

Leyó rápidamente.

Su expresión cambió.

—¿Quién puso el dinero?

—No lo sé.

—¿Nunca lo descubriste?

—No.

—Entonces quizá esta llamada tenga relación con eso.

Gael apretó la mandíbula.

—Alguien quería que esa apuesta ocurriera.

—¿Pero por qué?

Gael no tenía respuesta.

Y eso era precisamente lo que más le preocupaba.

Mientras tanto, Ana Julia se encontraba en su estudio.

Tenía varios diseños frente a ella.

Pero no podía concentrarse.

Había pasado la mañana intentando terminar un vestido para su próxima colección.

Había cambiado el diseño tres veces.

Ninguno le gustaba.

Camille entró.

—¿Todavía aquí?

Ana Julia levantó la mirada.

—Sí.

—Son casi las nueve.

—Lo sé.

—Tu hijo ya está dormido.

—Mi madre está con él.

Camille se acercó a la mesa.

—¿Por qué no has terminado?

Ana Julia suspiró.

—No puedo concentrarme.

—¿Por Gael?

Ana Julia no respondió.

Camille sonrió ligeramente.

—Eso significa que sí.

—No quiero hablar de él.

—Entonces hablemos de otra cosa.

Ana Julia levantó una ceja.

—¿Como qué?

—Como tu hijo.

La expresión de Ana Julia cambió.

—¿Qué pasa con él?

—Nada malo.

—Camille.

—Solo quería preguntarte algo.

Ana Julia dejó el lápiz.

—¿Qué?

—¿Qué vas a hacer cuando vuelva a preguntar por su padre?

Ana Julia bajó la mirada.

Aquella pregunta había estado persiguiéndola desde el parque.

Su hijo había preguntado.

“¿Lo voy a conocer?”

Y ella no había sabido qué responder.

—No lo sé.

—Ana…

—No sé qué hacer.

Camille se sentó frente a ella.

—No puedes esconder la verdad para siempre.

—Nunca quise esconderla por maldad.

—Lo sé.

—Solo quería protegerlo.

—¿De Gael?

Ana Julia levantó la mirada.

—De todo.

Camille guardó silencio.

—¿Y si algún día tu hijo descubre que su padre estuvo cerca y tú nunca se lo dijiste?

Ana Julia sintió un nudo en el estómago.

—No quiero pensar en eso.

—Pero tendrás que hacerlo.

—No ahora.

Camille asintió.

—Está bien.

Ana Julia volvió a mirar sus diseños.

Pero ya no veía vestidos.

Solo veía el rostro de su hijo.

Y después…

el de Gael.

Aquella noche, Ana Julia regresó a casa.

Su madre estaba sentada en la sala.

Tenía una taza de té entre las manos.

—¿Terminaste de trabajar?

—Por hoy.

Ana Julia dejó el bolso sobre la mesa.

—¿El niño está dormido?

—Sí.

—¿Preguntó por mí?

—Varias veces.

Ana Julia sonrió.

—Siempre pregunta.

—Te extrañaba.

Ana Julia se sentó junto a su madre.

Durante unos segundos ninguna habló.

Hasta que su madre rompió el silencio.

—¿Has pensado en lo que vas a hacer?

Ana Julia sabía perfectamente de qué hablaba.

—Todo el tiempo.

—¿Y?

—No tengo una respuesta.

Su madre dejó la taza.

—Gael sabe que el niño podría ser suyo.

—Lo sé.

—Y no va a dejar de buscar respuestas.

Ana Julia cerró los ojos.

—También lo sé.

—Entonces quizá deberías hablar con él.

Ana Julia abrió los ojos inmediatamente.

—No.

—Ana…

—No quiero hablar con él.

—Pero tarde o temprano tendrás que hacerlo.

—¿Por qué?

—Porque esto ya no depende solamente de ti.




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