La apuesta que me convirtió en su peor error

CAPÍTULO 14 Las sombras del pasado

Gael permaneció frente al edificio durante varios minutos.

El automóvil ya había desaparecido.

Pero la sensación de peligro no.

Miró la fotografía que había tomado con su teléfono.

La matrícula apenas se distinguía.

No era suficiente.

No todavía.

Guardó el teléfono en el bolsillo y levantó la mirada hacia el edificio donde trabajaba Ana Julia.

Una parte de él quería entrar.

Preguntarle si estaba bien.

Contarle lo que había descubierto.

Advertirle que alguien podía estar observándola.

Pero recordó sus palabras.

No tienes derecho a llamarte su padre.

Y comprendió que aparecer de repente frente a ella podía empeorar las cosas.

Así que se quedó allí.

Esperando.

No para obligarla a hablar.

Solo para asegurarse de que saliera del edificio sin problemas.

Ana Julia, mientras tanto, no conseguía concentrarse.

Tenía un vestido frente a ella.

Uno de los diseños más importantes de su próxima colección.

Pero llevaba casi veinte minutos observándolo sin hacer nada.

Las palabras del mensaje seguían apareciendo en su mente.

“No debiste regresar a Corea.”

Cerró los ojos.

Intentó respirar lentamente.

No quería que el miedo volviera a controlar su vida.

Había pasado años intentando construir algo nuevo.

Había dejado atrás a la chica que lloraba por los pasillos de la escuela.

La chica que había descubierto que todo había sido una apuesta.

La chica que había tenido que abandonar su país con el corazón roto.

Ahora era diferente.

Era una mujer.

Una madre.

Una diseñadora.

No podía permitir que alguien destruyera todo nuevamente.

Pero una pregunta seguía persiguiéndola.

¿Quién sabía que había regresado?

Solo algunas personas conocían exactamente sus planes.

Su equipo.

Algunos empresarios.

Y…

Ana Julia abrió los ojos.

Su expresión cambió.

—No.

No quería pensar en aquella persona.

Habían pasado demasiados años.

No tenía sentido.

Pero el mensaje decía algo que le había dejado una sensación extraña.

“Todavía no sabes quién destruyó tu vida.”

Como si la persona que había enviado aquello supiera exactamente lo que había ocurrido.

Como si hubiera estado allí.

—Ana.

La voz de Camille la sacó de sus pensamientos.

Ana Julia levantó la mirada.

—¿Sí?

—Llevo cinco minutos hablándote.

—Lo siento.

Camille se acercó.

—¿Qué está pasando?

—Nada.

Camille cruzó los brazos.

—No me digas eso.

Ana Julia suspiró.

—Estoy cansada.

—No es solo eso.

—Camille…

—¿Tiene que ver con los mensajes?

Ana Julia levantó la mirada.

—¿Cómo sabes?

—Tu madre me llamó.

Ana Julia abrió los ojos.

—¿Mi madre te llamó?

—Estaba preocupada.

—Mamá…

—No te enfades con ella.

Ana Julia guardó silencio.

Camille se sentó frente a ella.

—Déjame ayudarte.

Ana Julia tomó el teléfono y le mostró los mensajes.

Camille los leyó.

Su expresión se volvió seria.

—Esto no es normal.

—Lo sé.

—¿Crees que es alguien de la escuela?

—No estoy segura.

—¿Y Gael?

Ana Julia negó inmediatamente.

—No.

—¿Estás segura?

—Sí.

—¿Por qué?

Ana Julia tardó unos segundos en responder.

—Porque él quiere saber si mi hijo es suyo.

Camille la observó.

—Eso no significa que no pueda hacer algo así.

—No.

—Ana…

—Conozco esa clase de crueldad.

Camille guardó silencio.

—Y esto es diferente.

Ana Julia volvió a mirar el mensaje.

—Esto parece alguien que sabe demasiado.

Cuando Ana Julia salió del edificio, el sol comenzaba a desaparecer.

Camille insistió en acompañarla.

—Puedo llevarte a casa.

—No hace falta.

—Ana.

—Camille, estoy bien.

—No me gusta que estés sola después de esos mensajes.

Ana Julia sonrió débilmente.

—No estoy sola. Mi madre y mi hijo están en casa.

Camille la abrazó.

—Llámame cuando llegues.

—Lo haré.

Ana Julia caminó hacia la salida.

Pero al cruzar las puertas del edificio, sintió algo.

Esa extraña sensación de estar siendo observada.

Miró hacia la calle.

Personas caminando.

Automóviles.

Nada extraño.

Entonces vio a alguien al otro lado.

Un hombre vestido con ropa oscura.

Estaba de pie.

Mirándola.

Ana Julia se quedó inmóvil.

El hombre se dio la vuelta.

Y desapareció entre la gente.

Su corazón comenzó a latir con fuerza.

—¿Quién eres?

Pero nadie respondió.

Desde la otra acera, Gael observó cómo Ana Julia se detenía.

Había visto al hombre.

No logró distinguir su rostro.

Pero sí vio la forma en que se alejó rápidamente.

Gael apretó los puños.

No podía ser una coincidencia.

Sacó su teléfono y llamó a Minho.

—Necesito que revises algo.

—¿Qué ocurre?

—Hay alguien vigilando a Ana Julia.

—¿Estás seguro?

—Lo vi.

—¿Quién era?

—No pude verlo bien.

—Gael, no hagas nada impulsivo.

—No voy a hacerlo.

—Eso espero.

Gael miró nuevamente hacia Ana Julia.

Ella ya estaba subiendo a su automóvil.

—Necesito saber quién está detrás de esto.

—Voy a investigar.

—Y rápido.

La llamada terminó.

Gael esperó hasta que el automóvil de Ana Julia desapareció.

Solo entonces se marchó.

Al llegar a casa, Ana Julia intentó comportarse con normalidad.

Su hijo corrió hacia ella.

—¡Mamá!

Ana Julia sonrió inmediatamente.

—Hola, mi amor.

El niño la abrazó.

—La abuela hizo comida.

—¿Sí?




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