La apuesta que me convirtió en su peor error

CAPÍTULO 17 El hombre que debía estar muerto

El automóvil avanzaba por las calles de Seúl mientras la lluvia comenzaba a caer sobre el parabrisas.

Ana Julia no había pronunciado una sola palabra desde que salieron de casa.

Tenía el teléfono entre las manos.

Había llamado a su madre seis veces.

Nada.

Cada intento terminaba igual.

El teléfono está apagado.

Gael conducía con la mirada fija en la carretera.

Podía sentir la tensión dentro del automóvil.

—Ana...

—No.

—Solo quiero saber si estás bien.

—No estoy bien.

La respuesta salió rápidamente.

—Mi madre no contesta. Acabo de descubrir que posiblemente mi padre está vivo después de haber pasado años creyendo que murió. Y además alguien nos está vigilando.

Gael apretó las manos sobre el volante.

—Tienes razón.

Ana Julia giró el rostro hacia la ventana.

—Lo peor es que no sé en quién confiar.

Gael guardó silencio.

Sabía perfectamente que él ocupaba uno de los primeros lugares en esa lista.

Y no podía culparla.

Después de lo que había sucedido años atrás, Ana Julia tenía razones suficientes para desconfiar de él.

—Minho está intentando localizar a tu madre —dijo finalmente.

—¿Y si no puede?

—La encontraremos nosotros.

Ana Julia lo miró.

—¿Por qué estás haciendo esto?

Gael tardó unos segundos en responder.

—Porque debí hacerlo hace años.

Ella no dijo nada.

—Y porque no quiero volver a perderte.

Ana Julia volvió a mirar por la ventana.

—Ya me perdiste.

Las palabras quedaron suspendidas en el automóvil.

Gael bajó la mirada por un instante.

—Lo sé.

Llegaron al edificio donde vivía la madre de Ana Julia.

Las luces del apartamento estaban apagadas.

Ana Julia bajó rápidamente del automóvil.

—Espera —dijo Gael.

—No.

—Podría ser peligroso.

—Es mi madre.

Gael la siguió.

Subieron las escaleras.

Ana Julia sacó las llaves.

Abrió la puerta.

—¿Mamá?

No obtuvo respuesta.

—¿Mamá?

El apartamento estaba completamente silencioso.

Ana Julia entró.

La sala estaba intacta.

No parecía haber señales de violencia.

Pero algo llamó inmediatamente su atención.

Sobre la mesa había una taza de café.

Todavía estaba tibia.

Ana Julia se acercó.

—Estuvo aquí.

Gael observó el lugar.

—Sí.

—Entonces, ¿dónde está?

Él recorrió la habitación con la mirada.

—No lo sé.

Ana Julia caminó hacia el dormitorio.

La cama estaba hecha.

El armario abierto.

Una de las gavetas estaba vacía.

—Gael...

Él entró.

—¿Qué pasa?

Ana Julia señaló la gaveta.

—Aquí guardaba los documentos de mi padre.

Gael se acercó.

—¿Estás segura?

—Sí.

—¿Qué documentos?

—Su certificado de defunción. Fotografías. Algunas cartas.

Gael se quedó pensando.

—¿Dónde están ahora?

Ana Julia negó con la cabeza.

—No lo sé.

En ese momento escucharon un ruido.

Los dos se quedaron inmóviles.

Un golpe.

Venía del pasillo.

Gael levantó una mano.

—Quédate aquí.

Caminó lentamente hacia el corredor.

Ana Julia lo siguió.

—Gael...

Él abrió la puerta del pequeño cuarto que había al final.

Nada.

Solo cajas viejas.

—Tal vez fue una ventana —dijo.

Ana Julia negó.

—Todas están cerradas.

Entonces escucharon otro sonido.

Esta vez provenía de la sala.

Regresaron rápidamente.

La puerta principal estaba abierta.

Gael corrió hacia ella.

Pero no había nadie.

Solo la lluvia cayendo sobre la calle.

Ana Julia se quedó paralizada.

—No estaba abierta.

Gael cerró la puerta.

—Lo sé.

Ella miró hacia el suelo.

Había algo allí.

Un sobre.

Blanco.

Sin nombre.

Ana Julia lo recogió.

—Esto no estaba aquí.

Gael se acercó.

—Ábrelo.

Ana Julia dudó.

Finalmente abrió el sobre.

Dentro había una fotografía.

La misma fotografía de su padre que habían visto minutos antes.

Pero esta vez había algo escrito detrás.

“Tu madre sabe la verdad.”

Ana Julia sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.

—No...

Debajo de aquella frase había otra.

“Y tú también la sabrás cuando sea demasiado tarde.”

—Tenemos que irnos —dijo Gael.

Ana Julia no respondió.

Seguía mirando la fotografía.

—Ana.

Ella levantó la cabeza.

—Mi madre sabía algo.

—Probablemente.

—¿Por qué nunca me lo dijo?

—Tal vez estaba protegiéndote.

—¿Protegiéndome de qué?

Gael no respondió.

Porque él también comenzaba a tener una sospecha.

Y esa sospecha era aterradora.

Minho llamó mientras estaban bajando las escaleras.

Gael contestó.

—¿Qué encontraste?

—Localicé el teléfono de la madre de Ana.

—¿Dónde está?

Hubo silencio.

—En una estación de tren.

Ana Julia abrió los ojos.

—¿Está allí?

—No.

—¿Entonces?

—El teléfono fue encontrado abandonado hace aproximadamente una hora.

Gael frunció el ceño.

—¿Y ella?

—No aparece en las cámaras de seguridad.

Ana Julia sintió un escalofrío.

—La hicieron desaparecer.

—No necesariamente —respondió Minho—. Pero hay algo más.

—Dime.

—Encontré una grabación.

—¿De qué?

—De la estación.

Minho envió el archivo.

Gael lo abrió.

La imagen mostraba la entrada de la estación.

Personas caminando.

Trenes llegando.

Personas saliendo.

Hasta que apareció una mujer.

Ana Julia reconoció inmediatamente la ropa.

—Es mi madre.

La mujer caminaba rápidamente.

Miraba constantemente hacia atrás.




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