Las iniciales de la traición
Durante varios segundos, ninguno de los dos dijo una palabra.
Ana Julia seguía mirando a Gael.
Gael seguía mirando la fotografía.
Las letras G.H. parecían haberse convertido en una sentencia.
—Dime que esto es una coincidencia —susurró Ana Julia.
Gael levantó lentamente la mirada.
—Ojalá pudiera.
Minho seguía al teléfono.
—Hay algo más que necesitan saber.
Gael apretó el teléfono contra su oído.
—Habla.
—La cuenta que financió la apuesta no estaba directamente a nombre de tu familia.
Gael respiró un poco más tranquilo.
—Entonces no tiene nada que ver con nosotros.
—No dije eso.
La tranquilidad desapareció.
—¿Qué encontraste?
—La empresa que aparece como intermediaria pertenece a una sociedad que fue creada hace años. Una sociedad utilizada para mover dinero sin que apareciera directamente el nombre del propietario.
Ana Julia se acercó.
—¿Y quién era el propietario?
Minho guardó silencio unos segundos.
—Todavía no lo sé.
Gael miró a Ana Julia.
—Necesitamos esa información.
—Estoy trabajando en ello.
—Hazlo cuanto antes.
Minho colgó.
Ana Julia se dejó caer sobre el sofá.
Sentía que todo lo que había creído durante años comenzaba a romperse.
—Yo pensé que ya había dejado todo esto atrás.
Gael permaneció de pie.
—Lo siento.
Ana Julia levantó la mirada.
—No vuelvas a decir eso.
—¿Por qué?
—Porque decirlo no cambia nada.
Gael bajó la cabeza.
—Lo sé.
—Pero hay algo que sí puedes hacer.
Él la miró.
—¿Qué?
—Ayudarme a descubrir la verdad.
Gael asintió.
—Lo haré.
Pasaron casi dos horas revisando fotografías, documentos y mensajes antiguos.
Ana Julia había guardado muy pocas cosas de aquella época.
Después de marcharse de Corea, había intentado eliminar todo lo relacionado con Gael y con aquella etapa de su vida.
Pero había algo que nunca había podido tirar.
Una caja.
Estaba guardada en el fondo de un armario.
Ana Julia la sacó.
La colocó sobre la mesa.
—¿Qué es eso? —preguntó Gael.
—Cosas de la universidad.
Abrió la caja.
Había fotografías.
Cartas.
Una pulsera.
Algunas entradas de eventos.
Y una pequeña libreta.
Ana Julia la tomó.
—Esta era mía.
La abrió.
Las primeras páginas estaban llenas de dibujos.
Diseños.
Ideas para vestidos.
Frases.
Gael sonrió ligeramente.
—Ya diseñabas entonces.
—Sí.
Ana Julia pasó varias páginas.
Hasta que se detuvo.
Había una fecha.
El día anterior a la apuesta.
Debajo de la fecha había escrito una frase:
“Hoy ocurrió algo extraño.”
Gael se acercó.
—¿Qué ocurrió?
Ana Julia continuó leyendo.
—Escribí que había encontrado una carta dentro de mi casillero.
—¿Qué carta?
Ella buscó entre las páginas.
—No la tengo.
—¿Recuerdas qué decía?
Ana Julia cerró los ojos.
Intentó recordar.
Habían pasado años.
Pero algunas cosas regresaban cuando menos lo esperaba.
—Decía que alguien quería hablar conmigo.
Gael frunció el ceño.
—¿Quién la firmaba?
—Nadie.
—¿Y qué hiciste?
—Pensé que era una broma.
Gael la miró.
—¿Y dónde estaba la carta?
—En mi casillero.
—¿Quién tenía acceso?
Ana Julia se quedó pensando.
—Todos los estudiantes podían acercarse.
—¿Tus amigos?
—Sí.
—¿Sofía?
—También.
Gael señaló la libreta.
—¿Qué más escribiste?
Ana Julia pasó la página.
Su expresión cambió.
—Aquí dice algo.
—¿Qué?
Ella leyó lentamente.
—“Vi a Daniel hablando con alguien que no conocía. Cuando me acerqué, dejaron de hablar.”
Gael se quedó inmóvil.
—¿Estás segura?
—Sí.
—¿Recuerdas a ese hombre?
Ana Julia negó.
—No.
—¿Podría ser el hombre de la fotografía?
Ana Julia observó la imagen.
—No lo sé.
Gael tomó el teléfono y fotografió la página.
—Minho tiene que ver esto.
Minho recibió las imágenes pocos minutos después.
La respuesta llegó rápidamente.
“Voy a revisar los registros de ese día.”
Gael dejó el teléfono sobre la mesa.
Ana Julia cerró la libreta.
—Hay algo que no entiendo.
—¿Qué?
—Si alguien planeó todo desde antes, ¿por qué necesitaban a Gael?
Él la miró.
—¿Qué quieres decir?
—La apuesta comenzó antes de que tus amigos te hablaran de ella.
Gael entendió.
—Entonces yo no fui quien inició todo.
—No.
—Solo fui la persona que utilizaron.
Ana Julia asintió.
—Y yo fui el objetivo.
Aquella frase dolió.
Porque era verdad.
Gael se sentó frente a ella.
—Ana...
—No.
Ella respiró profundamente.
—Necesito preguntarte algo.
—Pregunta.
—Cuando tus amigos te propusieron la apuesta, ¿alguno de ellos mencionó mi nombre antes de decirte de qué se trataba?
Gael se quedó pensando.
—Sí.
Ana Julia lo miró fijamente.
—¿Quién?
—Daniel.
El silencio volvió a aparecer.
—¿Estás seguro?
—Sí.
—¿Qué dijo?
Gael cerró los ojos.
Intentó recordar aquella conversación.
—Dijo que había una chica que podía hacerme perder la cabeza.
Ana Julia sintió un nudo en el estómago.
—¿Y luego?
—Dijo que todos sabían que yo podía conseguir a cualquier chica.
—¿Y tú aceptaste?
Gael bajó la mirada.
—Sí.
Ana Julia se levantó.
—Entonces sí fuiste responsable.
Gael no intentó defenderse.
—Sí.
—Aunque no supieras quién estaba detrás.
—Sí.
—Aunque alguien te utilizara.