Ana Julia permaneció mirando el mensaje.
“Tu padre te está esperando.”
No podía apartar los ojos de aquellas palabras.
Durante años había aprendido a vivir con una ausencia.
Había aprendido a pronunciar el nombre de Héctor sin esperar una respuesta.
Había aprendido a aceptar que su padre había muerto.
Había aprendido a seguir adelante sin él.
Pero ahora todo aquello se desmoronaba.
—No puede ser —susurró.
Gael se acercó.
—Ana, mírame.
Ella levantó la mirada.
—Mi padre está vivo.
—Lo sé.
—Y sabe dónde está mi hijo.
Gael apretó la mandíbula.
—No voy a permitir que le pase nada.
—No puedes prometerme eso.
—Sí puedo.
Ana Julia negó con la cabeza.
—No sabes contra quién estamos luchando.
Gael tomó su mano.
—Entonces lo descubriremos juntos.
El tío de Gael observaba a los dos.
—Tenemos que regresar.
Ana Julia lo miró.
—¿A la verdadera habitación 2704?
—Sí.
—¿Y mi hijo?
—Primero tenemos que asegurarnos de que está a salvo.
Gael sacó su teléfono.
—Voy a llamar a Minho.
Marcó.
Nadie respondió.
Volvió a llamar.
Nada.
Ana Julia sintió un escalofrío.
—¿Por qué no contesta?
Gael miró la pantalla.
—No lo sé.
El tío de Gael tomó el teléfono.
—No llamen más.
—¿Por qué?
—Porque si están vigilando nuestras comunicaciones, sabrán que ya entendimos la trampa.
Ana Julia sintió que el miedo aumentaba.
—Entonces tenemos que irnos.
—Sí.
—A mi casa.
—No —respondió el tío—. Si la fotografía fue tomada desde dentro, tu casa ya no es segura.
Ana Julia palideció.
—Mi hijo está allí.
—Precisamente por eso no podemos regresar sin saber quién está dentro.
Gael respiró profundamente.
—Entonces iremos a la habitación 2704.
El tío asintió.
—Pero antes necesitan saber algo.
—¿Qué?
El hombre miró a Ana Julia.
—Si tu padre realmente está allí, probablemente no está solo.
Volvieron al hotel por una entrada lateral.
El edificio parecía completamente normal.
Personas entrando.
Personas saliendo.
Luces encendidas.
Recepcionistas atendiendo a los huéspedes.
Nadie habría imaginado lo que se escondía detrás de aquellas paredes.
El tío de Gael los condujo hasta un ascensor antiguo.
—Este no aparece en los planos actuales.
Presionó un botón.
Las puertas se cerraron.
El ascensor comenzó a subir.
Ana Julia miró los números.
Uno.
Dos.
Tres.
Hasta que la pantalla dejó de mostrar números.
Se apagó.
—¿Qué pasó?
—Nada.
—¿Cómo que nada?
—Este ascensor no muestra el piso al que vamos.
Gael miró a su tío.
—¿Quién construyó este lugar?
—Tu padre y Héctor.
Gael se quedó callado.
Finalmente, el ascensor se detuvo.
Las puertas se abrieron.
Un pasillo oscuro apareció frente a ellos.
Había una única puerta al final.
Sobre la puerta había un número.
2704.
Ana Julia sintió un nudo en la garganta.
—Es aquí.
El tío de Gael sacó una llave.
Pero antes de introducirla, la puerta se abrió sola.
Los tres se quedaron inmóviles.
—¿Alguien está ahí? —preguntó Gael.
No hubo respuesta.
Entraron.
La habitación era diferente a la primera.
No había polvo.
No había muebles antiguos.
Había una mesa.
Tres sillas.
Una lámpara encendida.
Y sobre la mesa había una fotografía.
Ana Julia se acercó.
Era una fotografía de ella.
Con su hijo.
Tomada apenas unos días antes.
Ana Julia sintió que el miedo se transformaba en rabia.
—¿Quién está haciendo esto?
Una voz respondió desde el fondo.
—Yo.
Ana Julia levantó la cabeza.
Un hombre apareció lentamente desde una puerta interior.
Héctor.
Su padre.
Ana Julia dejó de respirar.
Durante unos segundos solo pudo mirarlo.
Era exactamente como lo recordaba.
Un poco más envejecido.
Con algunas canas.
Pero era él.
El hombre al que había llorado.
El hombre al que había extrañado.
El hombre que creyó muerto.
—Papá…
Héctor la miró.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Ana.
Ella no pudo moverse.
Gael observaba en silencio.
El tío de Gael dio un paso hacia Héctor.
—Sabía que estarías aquí.
Héctor asintió.
—No tenía otra opción.
Ana Julia finalmente reaccionó.
Caminó hacia él.
Pero se detuvo antes de tocarlo.
—¿Por qué?
Héctor bajó la mirada.
—Porque necesitaba protegerte.
—¡No!
La voz de Ana Julia tembló.
—No me digas eso.
—Ana…
—¡No me digas que lo hiciste para protegerme!
Las lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas.
—Te lloré.
Héctor cerró los ojos.
—Lo sé.
—Te necesité.
—Lo sé.
—Mi madre también me mintió.
—Lo sé.
—¡Todos me mintieron!
Héctor no respondió.
Ana Julia se acercó.
—¿Por qué me dejaste creer que estabas muerto?
—Porque si sabías que estaba vivo, ellos podían utilizarte para llegar hasta mí.
—Ya me utilizaron.
Héctor levantó la mirada.
—Lo sé.
—Me destruyeron.
—Lo sé.
—¡Y tú estabas vivo!
Héctor no pudo responder.
Ana Julia lloraba.
Gael permaneció cerca de ella, pero no intervino.
Sabía que aquella conversación pertenecía a Ana y a su padre.
Héctor finalmente habló.
—Intenté detenerlo.
—¿El qué?
—El Proyecto 27.
Ana Julia se secó las lágrimas.
—¿Qué era realmente?
Héctor caminó hasta la mesa.
—No era una apuesta.
Gael frunció el ceño.