Antes del olvido
La biblioteca estaba en silencio, Pero no el silencio habitual que habitaba sus corredores infinitos, ese murmullo constante compuesto por millones de páginas respirando lentamente entre estanterías interminables y puertas que conducían a lugares imposibles. No era la quietud solemne que convertía cada sala en un santuario dedicado a la memoria.
Era algo diferente, algo más antiguo, más profundo, como si todas las historias hubieran contenido el aliento al mismo tiempo.
Las luces suspendidas sobre los pasillos permanecían inmóviles, flotando como pequeñas estrellas doradas atrapadas bajo una bóveda que parecía extenderse más allá de cualquier límite imaginable. Ninguna página se movía, ningún libro susurraba, ninguna puerta cambiaba de posición.
La biblioteca entera parecía estar esperando, en el centro de aquella espera caminaba una joven sola.
Sus pasos resonaban suavemente sobre el suelo blanco mientras avanzaba por una galería que ningún archivista visitaba jamás. A ambos lados se alzaban estanterías tan altas que desaparecían entre sombras imposibles, llenas de libros cuyos títulos habían sido olvidados incluso por quienes los escribieron.
La joven sostenía un pequeño libro oscuro contra el pecho, sus dedos temblaban apenas, lo suficiente para delatar algo que su rostro intentaba ocultar, miedo.
No el miedo simple que nace frente al peligro, no el miedo a la muerte, era el miedo que aparece cuando una verdad inevitable finalmente deja de ser una posibilidad y se convierte en un destino.
Continuó avanzando, las luces reaccionaban a su presencia, las estanterías parecían apartarse apenas para permitirle pasar, incluso el aire cambiaba a su alrededor.
Como si la propia biblioteca la reconociera, como si supiera exactamente quién era, y supiera exactamente lo que estaba a punto de hacer.
Finalmente llegó al final del corredor, allí la esperaba una puerta, era enorme, más alta que cualquier otra puerta existente dentro de la biblioteca, negra, completamente negra.
La superficie parecía absorber la luz que la rodeaba, y sobre ella se extendían símbolos antiguos grabados profundamente en la madera, figuras imposibles que recordaban palabras olvidadas, nombres perdidos y fragmentos de historias tan antiguas que ya no pertenecían a ningún mundo conocido.
La joven permaneció inmóvil frente a ella durante varios segundos, quizá fueron varios minutos, Pero eso era imposible saberlo.
En aquel lugar el tiempo rara vez obedecía las reglas que existían fuera de sus muros.
Lentamente levantó una mano, sus dedos quedaron suspendidos a escasos centímetros de la superficie oscura, y fue entonces que sintió una presencia detrás de ella.
No necesitó girarse, la reconoció de inmediato, la sensación atravesó su pecho antes incluso de convertirse en pensamiento.
Esa vibra era familiar, dolorosamente familia, tan cercana que parecía formar parte de recuerdos que aún no habían ocurrido.
El silencio permaneció entre ambos durante unos instantes, pesado, lleno de cosas que nunca habían sido pronunciadas.
Finalmente una voz rompió la quietud.
—Todavía podemos detener esto.
La joven cerró los ojos, aquellas palabras contenían esperanza, Pero también contenían agotamiento, era como si hubieran sido repetidas demasiadas veces.
Como si quien las pronunciaba llevara mucho tiempo intentando encontrar una solución que nunca aparecía.
Ella sonrió apenas, fue una sonrisa demasiado pequeña, demasiado triste y hermosa precisamente por lo frágil que parecía.
—No— La respuesta salió suave, casi un susurro.
—Todavía existen posibilidades.
—Ya las vimos.
La biblioteca continuó observando en silencio, porque incluso aquel lugar entendía el peso de aquella conversación.
—No todas.
La joven bajó lentamente la mirada hacia el libro que sostenía contra el pecho, sus dedos recorrieron el lomo oscuro, como si intentara memorizarlo, como si supiera que pronto podría necesitar recordar cosas que ya no existirían.
—Sí– La palabra apenas fue audible.
—Los dos conocemos la respuesta.
El silencio regresó, pero esta vez resultó más doloroso.
Porque ninguno de los dos discutió, ninguno intentó negar lo que acababa de decirse.
Y algunas verdades se vuelven insoportables precisamente cuando nadie puede refutarlas.
La joven observó nuevamente la puerta negra, la superficie permanecía inmóvil frente a ella, esperando paciente.
Como si hubiera estado aguardando aquel instante durante siglos.
—No es justo— La voz sonó diferente esta vez sonó más humana,más vulnerable, ella soltó una pequeña risa, breve y melancólica.
—Nunca dijimos que lo fuera.
Una corriente de aire recorrió el corredor, los libros permanecieron inmóviles, las luces tampoco se movieron y aun así algo cambió.
Como si la propia biblioteca sintiera tristeza, como si aquel lugar comprendiera perfectamente lo que estaba a punto de perder.
La joven respiró profundamente, luego giró lentamente, no llegó a mirar completamente a la persona que permanecía detrás de ella, solo distinguió una silueta envuelta por la luz dorada del corredor.
Una figura inmóvil, esperando, aferrándose a una esperanza que se negaba a desaparecer.
Por un instante ambos permanecieron así, observándose, memorizándose, como si intentaran conservar cada detalle antes de que el tiempo pudiera arrebatárselo.
Entonces ella habló y su voz se quebró apenas, solo fue un poco, Pero fue suficiente para revelar todo aquello que había intentado ocultar.
—Si algún día olvido quién soy...
La figura no respondió, el silencio fue respuesta suficiente.
—Prométeme que no intentarás traerme de vuelta.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire, irreversibles, la biblioteca entera pareció contener el aliento.