La biblioteca entre mundos

Capitulo 1

La puerta equivocada.

La lluvia siempre había tenido una forma extraña de perseguir a Elena.
No importaba si salía con paraguas, si corría por calles techadas o si calculaba el pronóstico con precisión absurda.

Siempre terminaba alcanzándola en el momento menos conveniente: cuando llevaba libros en brazos, cuando acababa de planchar su ropa o cuando estaba a punto de llorar y necesitaba fingir normalidad.

Esa noche no fue la excepción, las gotas golpeaban el pavimento con una insistencia metálica, rebotando contra banquetas, ventanas y toldos de los pequeños negocios cerrados. Las luces de la ciudad se deformaban en charcos oscuros y el viento arrastraba papeles viejos por la avenida casi vacía. Elena ajustó la bufanda alrededor del cuello y apretó contra el pecho la bolsa donde llevaba dos novelas prestadas de la librería de segunda mano donde trabajaba medio turno.

Había salido tarde otra vez.
Su jefe, el señor Narváez, tenía la costumbre de encontrar tareas nuevas justo cuando ella estaba por marcharse.

Ordenar cajas olvidadas en la bodega, limpiar estanterías altas, revisar inventarios de libros que nadie compraba desde hacía años, lo cual hacía que Elena sospechara que el hombre simplemente odiaba estar solo y prolongaba la jornada de quien estuviera cerca.

Pero no protestaba por ello ya que necesitaba el trabajo.

Además, entre polvo, tinta y silencio, una librería era más hogar que el apartamento al que volvería.

Miró la hora en el teléfono: 10:47 p.m y tenía tres llamadas perdidas de su padre, ignoró la pantalla y guardó el móvil en el bolsillo del abrigo.

La relación con Daniel Valdés podía resumirse en mensajes cortos, discusiones largas y una colección de temas que ninguno de los dos tocaba: la desaparición de Mara, la madre de Elena, once años atrás; el alcoholismo que vino después; las deudas; la sensación constante de que ambos vivían en una casa llena de muebles y fantasmas.

Elena dobló en una calle más angosta buscando atajar camino. Las farolas ahí eran antiguas y débiles, con luz amarilla que apenas atravesaba la cortina de lluvia. Los edificios se inclinaban hacia la acera como ancianos cansados, había cafeterías cerradas, una relojería abandonada y un cine viejo con el letrero roto.

Conocía la zona, o al menos eso creía, caminó dos cuadras más y se detuvo.

Frente a ella había una puerta que jamás había visto.

No pertenecía a ninguno de los locales de la calle. Estaba empotrada entre una pared de ladrillo húmedo y la fachada descascarada del antiguo cine, alta, negra, de madera lustrosa, con relieves dorados que parecían ramas entrelazadas, solo que no tenía manija visible, solo una placa ovalada sin letras.
Elena frunció el ceño.

Había pasado por ahí decenas de veces y estaba completamente segura que esa puerta no existía.

Miró a ambos lados de la calle, nadie pasaba ni a lo lejos ni cerca, la lluvia arreció.

Tal vez siempre había estado ahí y nunca la notó.

Tal vez la oscuridad la hacía parecer nueva.

Tal vez estaba tan cansada que empezaba a imaginar cosas.

Dio un paso más cerca, la madera no mostraba señales de humedad, ni polvo, ni desgaste. Como si la hubieran instalado esa misma tarde… o como si el tiempo no se atreviera a tocarla, rozó con los dedos uno de los grabados dorados.

La puerta vibró suavemente bajo su mano.

Elena retiró la mano de golpe.
—No —murmuró para sí misma.

Absolutamente no, retrocedió un paso y la puerta emitió un sonido seco, un clic.

Se abrió apenas unos centímetros, un aire tibio escapó desde dentro el cual iba cargado con un olor imposible de confundir, papel antiguo, tinta, madera vieja y bibliotecas.

Elena tragó saliva, era absurdo entrar, peligroso, ridículo y no tenía porque hacerlo.

Era una escena perfecta para aparecer luego en un podcast de crímenes narrado por una voz demasiado tranquila.

Pero algo dentro de ella, algo que llevaba años dormido y hambriento, se inclinó hacia aquella rendija como una planta buscando luz, empujó la puerta y se abrió sin esfuerzo.

Del otro lado no había pasillo, ni tienda, ni escalera de servicio, lo que había era una sala inmensa iluminada por lámparas suspendidas en el aire, y más allá, hileras infinitas de estanterías.

Elena quedó inmóvil en el umbral, la biblioteca respiraba, no de forma literal, claro, pero lo hacía, el lugar tenía pulso, un ritmo propio. El leve crujido de la madera, el murmullo de páginas moviéndose solas, un zumbido profundo como si cientos de relojes marcaran horas distintas al mismo tiempo.

El techo se perdía en sombras altísimas, escaleras curvas ascendían y desaparecían entre balcones imposibles, puentes colgantes conectaban secciones lejanas, pequeñas luces flotaban entre los pasillos como luciérnagas doradas, el suelo brillaba negro, reflejando lámparas y columnas como agua quieta.

Elena dio un paso adentro, luego otro, la puerta se cerró detrás de ella con suavidad.
Giró bruscamente y en dónde estaba la puerta era ahora una pared lisa de mármol oscuro, sin puerta alguna.
El corazón le golpeó las costillas.
—No. No, no, no…

Buscó con las manos alguna ranura, Pero no encontro nada, respiró hondo, despues pánico, como siempre pánico después, miró el espacio enorme frente a ella.
—Muy bien —susurro. —Estoy soñando, o me golpeé la cabeza, o morí en un charco y esto es un cielo extremadamente específico—

Una risa breve sonó a su derecha, elena se giró.

Un joven estaba sentado sobre una escalera rodante, a unos metros, tendría unos veintidós años, cabello claro desordenado y ropa extraña: una chaqueta larga color gris humo, botas altas y guantes sin dedos, sostenía tres libros apilados y una expresión divertida.

—Si estuvieras muerta —dijo él—, habría más música y menos humedad.

Elena retrocedió. —¿Quién eres tú?



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En el texto hay: fantasia, misterio, amor

Editado: 26.05.2026

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