Donde las historias sangran.
Elena no supo después cuánto tiempo tardó en reaccionar, tal vez fue un segundo o tal vez una vida entera.
Las sombras subían por la escalera como un derrame de tinta viva, deslizándose entre los peldaños con movimientos imposibles, formando manos que no terminaban de ser manos, rostros hechos de letras desordenadas, bocas que se abrían sin sonido. Donde tocaban la madera, el barniz se ennegrecía y se agrietaba.
El instinto gritó más fuerte que el miedo, corrió hacia atrás, y kael la sujetó del brazo antes de que tropezara.
El contacto fue breve, firme, eléctrico.
-Detrás de mí -ordenó.
No levantó la voz, no hizo falta para que Elena se quedara tras su espalda, respirando con dificultad, mientras él avanzaba un paso hacia la escalera.
Extendió una mano enguantada, las lámparas flotantes del corredor titilaron al mismo tiempo, luego cientos de hilos de luz se desprendieron de ellas y se enroscaron alrededor de su brazo como serpientes doradas. Kael cerró el puño, los hilos se convirtieron en una hoja larga y brillante, no exactamente espada, no exactamente fuego.
La primera sombra saltó hacia ellos, kael la atravesó con un movimiento limpio, no hubo sangre pero la criatura estalló en una lluvia de páginas rasgadas que giraron por el aire antes de deshacerse en ceniza.
Elena se llevó una mano a la boca.
Otra sombra trepó por la baranda, otra más salió del techo, otra surgió directamente del suelo.
-¿Cuántas hay? -preguntó odiando el temblor de su voz.
-Demasiadas.
Kael se movía con una precisión aterradora. No parecía luchar: parecía corregir errores inevitables, cada corte abría destellos blancos, cada criatura deshecha dejaba escapar fragmentos de frases.
...prometiste volver...
...nunca nació...
...si hubieras llegado antes...
Las palabras rozaban los oídos de Elena como susurros de muertos, retrocedió hasta chocar con una columna y con ello la biblioteca volvió a temblar.
Desde abajo sonaron campanas graves y
Kael por primera vez maldijo entre dientes.
Giró hacia ella. -Ven.
-¿Qué?
-Ahora.
Tomó su muñeca y la arrastró por el corredor lateral. Elena apenas logró seguirle el paso, pasaron bajo un arco estrecho, descendieron dos escalones, cruzaron una galería llena de relojes suspendidos y entraron a una puerta de hierro que se cerró sola detrás de ellos.
El silencio cayó de golpe, no absoluto, pero sí denso, mullido, como si el ruido del resto del mundo hubiera quedado atrapado al otro lado del metal, Elena se dobló sobre sí misma intentando recuperar el aire.
-¿Qué... qué eran esas cosas?
Kael apoyó una mano en la puerta cerrada. Sobre la superficie aparecieron líneas de luz que recorrieron el marco como raíces.
-Historias rotas.
-Eso no significa nada.
-Significa exactamente eso.
-No para alguien normal.
Él la miró con frialdad fatigada. -Las vidas dejan huella. Decisiones, pérdidas, promesas incumplidas. Cuando una historia es alterada de forma violenta, a veces quedan restos.
-¿Restos?
-Dolor sin dueño, finales arrancados, memorias sin lugar donde existir.
Elena tardó unos segundos en hablar.
-Y esos... restos... ¿me estaban buscando a mí?
Kael no respondió, lo cual fue peor.
Se incorporó lentamente y observó el lugar donde estaban, era una habitación circular de piedra oscura, alta y silenciosa. Estanterías pequeñas cubrían los muros con cajas etiquetadas en idiomas desconocidos. En el centro había una mesa de madera negra, sobre ella descansaba una lámpara antigua cuya llama azul no parecía consumir nada, un ventanal enorme ocupaba media pared.
Más allá no se veía ciudad, ni noche terrestre, se veía un cielo lleno de constelaciones extrañas, lunas múltiples y franjas de luz moviéndose lentamente como ríos suspendidos.
Elena se acercó involuntariamente.
-Eso no puede ser real.
-Lo es.
-¿Dónde estamos?
-Torre Este.
-No me refiero a la habitación. Me refiero a... todo esto.
Kael se quitó los guantes con calma medida y los dejó sobre la mesa.
Tenía manos finas, marcadas por cicatrices antiguas en los nudillos y la palma.
-Entre mundos.
-Eso tampoco significa nada.
-Significa que no estás en el tuyo y no estás en ninguno.
Elena soltó una risa nerviosa. -Perfecto, muy claro, Gracias.
Él no respondió al sarcasmo.
Se acercó entonces lo suficiente para examinarle el rostro. Elena contuvo el impulso de retroceder.
-Mírame.
-No me gusta cuando das órdenes.
-Mírame.
Obedeció antes de decidir hacerlo, Kael ladeó apenas la cabeza.
-Te golpeaste aquí.- Le rozó la sien con dos dedos.
Solo entonces Elena notó el dolor, ardía y mucho.
-No es nada.
-Si fuera nada, no sangrarías tanto como lo estás haciendo.
Retiró la mano, tenía una mancha roja en la yema de los dedos.
Elena se quedó quieta, kael acercó la otra mano a la herida y un brillo tenue apareció entre sus dedos, como polvo de estrellas concentrado. El calor fue inmediato, suave.
Y con ello el dolor desapareció.
Ella parpadeó. -¿Acabas de...?
-Sí.
-¿Y no pensabas explicarme que puedes hacer eso?
-No pensé que fuera prioritario.
-Claro, primero las criaturas de tinta, luego la medicina mágica, luego que sigue eh.
Por primera vez, una sombra mínima de algo parecido a humor cruzó el rostro de Kael, duró menos que un parpadeo, Pero Elena lo notó igual.
-Sabes sonreír -dijo.
Él se apartó como si la frase lo hubiera tocado más de la cuenta.
-No lo conviertas en costumbre.
Ella lo observó mientras iba hacia una estantería y retiraba una botella de vidrio oscuro.
Cada movimiento suyo parecía entrenado para no desperdiciar energía. Incluso el silencio alrededor de Kael se sentía deliberado.