Los nombres que la reconocen.
Elena no durmió, no del todo.
Su cuerpo descansó por tramos breves y nervios, pero su mente permaneció despierta, girando alrededor de una sola frase como si fuera una llave que no sabía usar.
Elena Valdés nació dos veces.
Cada vez que cerraba los ojos, la tinta reaparecía frente a ella, cada vez que intentaba explicarlo con lógica, la lógica se rendía.
Afuera del ventanal, las constelaciones extrañas habían cambiado de lugar durante la noche. Una luna azul había desaparecido, otra delgada y roja, ocupaba ahora una esquina del cielo, nada parecía obedecer reglas humanas, eso la irritaba más de lo que admitía.
Se incorporó en el diván donde había dormido envuelta en la manta prestada, la habitación estaba en penumbra y olía a papel viejo, cera encendida y una fragancia leve que ya empezaba a asociar con Kael: madera fría, humo limpio y algo parecido a lluvia antes de caer.
La mesa seguía donde la había dejado, los tres libros grises también, el que abrió la noche anterior descansaba cerrado, inocente, Elena lo observó como se observa un animal capaz de morder.
Luego se levantó y caminó descalza hasta él, rozó la cubierta, nada, lo abrió de nuevo con cautel, las páginas continuaban vacías salvo por la misma línea en el centro.
Elena Valdés nació dos veces.
No había una palabra más, era lo único que habí, lo único que leyó para quedarse pensando muchas cosas.
-Empiezo a odiarte -murmuró al libro.
-Es recíproco.
Elena dio un salto y se volvió, Kael estaba junto a la puerta, como si siempre hubiera pertenecido a esa sombra. Vestía de negro otra vez, el cabello ligeramente húmedo le caía sobre la frente y en una mano sostenía una taza de porcelana oscura.
-¿Hace cuánto estás ahí? -preguntó ella.
-Lo suficiente.
-Eso es perturbador.
-Y tú sigues tocando cosas que te advertí no tocar.
Elena cerró el libro de golpe.
-Debiste advertirme mejor.
Kael avanzó despacio hasta la mesa.
Tomó el volumen y lo dejó en otra posición exacta, como si el ángulo importara.
-Hay advertencias que solo funcionan cuando llegan tarde.
-Hablas como si quisieras confundir a propósito.
-Tal vez funciona.
Le tendió la taza y en ese momento Elena dudó antes de aceptarla.
-¿Veneno?
-Si quisiera matarte, no perdería tiempo con infusiones.
-Encantador, como siempre.
Bebió con cautela, sabía a café, pero más suave, con notas amargas y algo dulce al final.
-¿Dormiste? -preguntó él.
-¿Te importa?
-Necesito saber si estarás funcional.
-Entonces no.
Una sombra mínima, casi invisible, cruzó el borde de sus labios, no una sonrisa, pero casi lo era.
-Vístete -dijo Kael-. Vas a venir conmigo.
-¿A dónde?
-A enseñarte lo mínimo indispensable para que no mueras hoy.
-Qué considerado.
-No lo arruines interpretándolo mal.
La ropa que le dejó era distinta a la de la noche anterior: pantalones oscuros, una blusa gris de tela ligera y un abrigo largo hasta las rodillas, todo le quedaba con precisión inquietante.
Cuando salió del cuarto lateral, Kael la esperaba mirando por el ventanal.
-No preguntaré cómo sabían mi talla.
-Hazlo y tampoco responderé.
Elena rodó los ojos, lo siguió fuera de la torre, los corredores de la biblioteca a plena "mañana" -si es que existía la mañana allí- estaban llenos de movimiento contenido, personas de edades y apariencias diversas cruzaban puentes altos cargando libros, cajas, plumas gigantes o mapas enrollados.
Algunas vestían túnicas sencillas; otras, trajes extraños con broches metálicos y telas iridiscentes, nadie corría, nadie alzaba la voz.
Y aun así, todo se sentía vivo, estanterías enteras se desplazaban unos centímetros para abrir paso, las ecaleras rodantes cambiaban de dirección solas, libros pequeños revoloteaban en fila hacia un anaquel lejano como pájaros disciplinados.
Elena giraba la cabeza sin descanso.
-¿Cuántas personas viven aquí?
-No viven aquí.
-Trabajan, entonces.
-Algunos sirven, algunos pagan deudas, algunos no han encontrado salida.
-Eso último me preocupa personalmente.
Kael no respondió.
Bajaron por una escalera curva que parecía tallada en una sola pieza de mármol negro. Al llegar abajo, pasaron junto a una sala donde decenas de relojes flotaban suspendidos en el aire, todos marcando horas distintas.
-¿Qué es eso?
-Tiempos prestados.
-Eso tampoco significa nada.
-No necesitas que todo signifique algo de inmediato.
-Soy humana, a los humanos nos gusta entender.
-También les gusta destruir lo que entienden.
Elena lo miró de reojo.
-¿No te agradan los humanos?
-No he dicho eso.
-No tienes que decir casi nada, lo transmites con excelencia.
Kael se detuvo tan abruptamente que ella estuvo a punto de chocar con él.
Giró apenas el rostro.
-Elena.
-¿Sí?
-Si sigues caminando sin mirar al frente, caerás.
Ella bajó la vista, el piso terminaba a centímetros de sus botas, frente a ellos se abría un vacío enorme atravesado por puentes estrechos de cristal oscuro suspendidos a alturas vertiginosas.
Sintió el estómago hundirse.
-Pudiste avisar antes.
-Lo acabo de hacer.
Él cruzó primero, Elena tragó saliva y lo siguió, concentrada en cada paso, a mitad del puente, una ráfaga de aire frío subió desde abajo. Tambaleo antes de caer hacia un costado, una mano firme se cerró alrededor de su cintura.
Kael la sostuvo sin esfuerzo, el contacto duró un segundo, dos por mucho, quizá. Suficiente para que el pulso de Elena se desordenara.
-Mira al frente -dijo él, soltándola de inmediato.
-Lo estaba haciendo.
-Mentira deficiente.
Ella avanzó el resto del trayecto sin responder, odiaba que tuviera razón, odiaba más que la hubiera tocado y se hubiera sentido como seguridad.