La biblioteca entre mundos

Capitulo 4

Los pasillos que la recuerdan

Elena despertó con la sensación de que alguien la observaba, abrió los ojos de golpe, la habitación estaba en silencio.

El cielo detrás del ventanal había cambiado otra vez: una claridad azul grisácea cubría el horizonte imposible, mientras fragmentos de estrellas aún flotaban en zonas oscuras más altas, como si la noche se negara a retirarse por completo.

Tardó unos segundos en recordar dónde estaba, luego recordó, la biblioteca, Kael, las palabras en el cristal.

Se incorporó tan rápido que la manta cayó al suelo, allí seguían, escritas con trazos irregulares sobre el vidrio empañado.

Te acuerdas pronto.

Elena se acercó, rozó las letras con la yema de los dedos, estaban frías, no parecían tinta, más bien marcas hechas desde afuera, como si alguien hubiera arrastrado un dedo sobre vapor reciente.

Miró hacia el otro lado del ventanal, nada, absolutamente nada, solo la inmensidad de la biblioteca desplegándose en niveles y terrazas lejanas, pasillos suspendidos, lámparas flotantes y figuras diminutas moviéndose a la distancia.

Nadie en el balcón exterior, nadie cerca de la torre, la inquietud le recorrió la espalda.

-Perfecto -murmuró-. Mensajes misteriosos antes del desayuno.

Buscó a Kael con la mirada, aunque no esperaba encontrarlo, y efectivamente no estaba, la taza que le había dejado la noche anterior tampoco, ni rastro de su presencia salvo ese olor leve a humo limpio y papel antiguo que parecía haberse instalado en la habitación.

Eso la irritó, no porque se hubiera ido, sino porque se había ido sin decir nada, se negó a pensar más en eso.

Se vistió rápido con la ropa oscura doblada junto al diván y volvió a mirar la puerta.

Kael no le había dicho que se quedara, tampoco le había dado permiso de salir, y empezaba a cansarse de necesitar permisos que no pensaba conceder.

-Excelente -se dijo a sí misma-. Decisiones impulsivas en dimensiones desconocidas, nada puede salir mal.

Abrió la puerta, los corredores de la Torre Este estaban más vacíos que el día anterior, la luz de las lámparas flotantes era más tenue, como si el lugar también despertara despacio. El eco de sus pasos la acompañó mientras descendía por la escalera espiral.

A mitad del trayecto se detuvo, no sabía a dónde iba, no tenía mapa, no entendía cómo funcionaba ese lugar. Y, sin embargo, algo en su pecho insistía en que siguiera.

Bajó hasta el nivel principal, un grupo de personas cargando cajas pasó junto a ella sin mirarla demasiado... aunque dos de ellas giraron la cabeza cuando ya la habían rebasado.

Quizá sea reconocimiento o curiosidad.

Elena no supo cuál le molestaba más, tomó un corredor a la izquierda, las paredes estaban cubiertas por estantes bajos llenos de frascos etiquetados con letras doradas. Dentro de algunos había humo. En otros, arena brillante. En uno, diminutas mariposas negras golpeaban el cristal con alas silenciosas.

Elena siguió caminando, al doblar otra esquina, una puerta alta se abrió sola antes de que la tocara y con ello se quedó inmóvil, miró detrás de ella, pero como era de esperarse no había nadie, la puerta permaneció abierta, como si estuviese esperándola.

-No me gusta esto -susurró.

Pero aún así ella decidió entrar, al entrar vio a una galería larga llena de cuadros vacíos, marcos enormes, pequeños, redondos, agrietados, dorados, todos sin pintura alguna.

Al pasar frente al tercero, una imagen apareció un segundo: una playa gris, un niño corriendo, pero luego desapareció, y con eso Elena decidió acelerar el paso.

Cuando llegó al final de la galería, otra puerta se abrió por sí sola, luego una escalera cercana descendió un tramo sin que nadie la tocara.

Las lámparas del techo encendieron una a una conforme avanzaba, no era coincidencia, la biblioteca la estaba guiando o quizá vigilando.

Bajó la escalera con el corazón inquieto.
-Esto no es normal ni para estándares mágicos.

Abajo encontró un corredor estrecho cubierto de polvo, era distinto al resto del lugar, más viejo, más quieto, no había movimiento de libros ni voces lejanas, solo silencio, algo tranquilo a comparación de los demás lugares que había visto de la biblioteca.

El aire olía a madera cerrada, caminó lentamente, al final del pasillo había una pared lisa de piedra oscura, nada más que eso.

Elena exhaló frustrada.
-¿Todo esto para una pared?

Apoyó una mano sobre la piedra, la superficie vibró con su tacto, una línea de luz recorrió el contorno invisible de una puerta, luego la pared se abrió hacia adentro con un suspiro largo, como si llevara siglos esperando.

Elena retrocedió un paso, para después entrar, la habitación era pequeña, no una sala oficial ni un archivo solemne, un refugio.

Había una mesa redonda junto a una ventana estrecha, una silla gastada, una lámpara de aceite apagada y una estantería medio vacía. Sobre una esquina descansaba una taza agrietada con restos de pigmento azul en el fondo.

En el respaldo de la silla colgaba una bufanda color vino cubierta de polvo, Elena recorrió el lugar despacio pero con mucha curiosidad.

Todo parecía abandonado con prisa, como si alguien hubiera salido prometiendo volver al día siguiente y nunca regresó, sobre la mesa había hojas sueltas sujetas por una piedra lisa.

Tomó la primera, la letra la hizo contener la respiración, inclinada ligeramente a la derecha, trazo firme, curvas limpias, era igual a la suya.

-No.

Revisó otra hoja, otra y así continuamente, notas incompletas, listas de nombres, dibujos de pasillos, frases tachadas.

En una esquina leyó: No decírselo todavía.

En otra: Si olvido primero, quemar la llave.

Elena dejó caer los papeles, un zumbido agudo nació detrás de sus ojos, llevó una mano a la mesa para sostenerse, en cuanto tocó la madera, el mundo se quebró.



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En el texto hay: fantasia, misterio, amor

Editado: 30.05.2026

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