Lo que permanece cerrado.
La campana volvió a sonar mientras descendían por el corredor estrecho, grave, lenta, tan profunda que parecía vibrar dentro de los huesos.
Kael no soltó la muñeca de Elena hasta que salieron del pasillo abandonado y la pared se cerró detrás de ellos, ocultando la habitación como si jamás hubiera existido, solo entonces la dejó ir, ella se frotó la piel donde sus dedos habían estado.
No porque doliera, sino porque todavía sentía el calor.
—¿Qué significa la campana? —preguntó mientras intentaba seguirle el paso.
Kael caminaba rápido, sin llegar a correr.
—Depende de cuántas veces suene.
—Acaban de ser dos.
—Entonces significa que aún tenemos tiempo.
—Eres insoportable.
—Eres repetitiva.
Doblaron una esquina, ua escalera se acomodó sola frente a ellos, extendiéndose hasta el siguiente nivel, Elena subió detrás de él, quería detenerlo, obligarlo a responder una pregunta de las cien que le llenaban la cabeza.
Era nuestro.
La frase seguía ardiendo dentro de ella, nuestro qué, qué habían sido, qué había ocurrido, y sobre todo, cómo podía dolerle tanto una historia que no recordaba.
Llegaron a una galería amplia donde varias personas movían cajas selladas con cintas negras. Nadie hablaba, la tensión se sentía en los hombros rígidos, en las miradas breves, en la forma apresurada de caminar.
Lior apareció de entre dos columnas cargando una torre absurda de libros.
—Buenas noticias —dijo al verlos—. No se están derrumbando los niveles superiores.
—¿Y las malas? —preguntó Elena.
—Todo lo demás.
Dejó los libros sobre una mesa cercana y se limpió las manos en el abrigo.
—¿Dónde estabas? —preguntó Kael.
—Intentando evitar una catástrofe administrativa.
—No bromees.
—Entonces estaba fallando en evitar una catástrofe administrativa.
Kael lo miró con paciencia, peligrosamente escasa, Lior carraspeó.
—Se abrió una sección cerrada.
Elena sintió un latido seco en el pecho, Kael no cambió de expresión.
—¿Cuál?
—Archivo Oeste.
El silencio que siguió fue tan abrupto que incluso Lior dejó de sonreír.
—Eso no es posible —dijo Kael.
—Estoy de acuerdo, y sin embargo paso.
Kael volvió la mirada hacia Elena, no acusador, peor, calculando.
—No fui yo —dijo ella al instante.
—No dije que lo fueras.
—Lo pensaste con mucha intensidad.
—Ambos pueden discutirlo luego —interrumpió Lior—. Tessa dijo que fueras de inmediato.
Kael exhaló por la nariz, apenas.
—Lior, quédate con ella.
—¿Con ella?
—No soy equipaje —dijo Elena.
—Hoy sí —respondieron Kael y Lior al mismo tiempo.
Kael se marchó sin añadir nada, Elena lo vio alejarse entre columnas oscuras hasta desaparecer, una parte irracional de ella quiso seguirlo, pero la ignoró con dignidad.
—Bueno —dijo Lior—. Felicidades.
—¿Por qué?
—Te acaba de confiar a mí, eso significa que te considera ligeramente menos peligrosa que una grieta dimensional.
—Qué honor.
Lior le ofreció una inclinación teatral.
—Ven. Si nos quedamos aquí, terminarás haciendo preguntas y yo terminaré respondiendo cosas por las que luego me castigarán.
—Prometedor.
Lior la condujo por sectores de la biblioteca que Elena no había visto, pasaron por una sala donde libros abiertos flotaban sobre pedestales mientras escribían solos en sus propias páginas, atravesaron un corredor lleno de espejos cubiertos con telas oscuras, bajaron a una plaza circular donde varias fuentes dejaban caer tinta cristalina en estanques negros.
—¿Qué es todo esto? —preguntó Elena.
—Dependiendo del lugar: trabajo, castigo, milagro o mala idea.
—¿Siempre respondes así?
—No. A veces peor.
Se detuvieron frente a una mesa donde alguien vendía frutas translúcidas dentro de cestas de metal, lior compró dos y le lanzó una a Elena.
—No pienso comer algo que parece vidrio.
—Eso dijeron muchos, Pero ninguno murió, no tienes que preocuparte.
—“Muchos” no es tranquilizador.
Aun así, le dio una mordida, la pulpa explotó en sabor a pera helada y miel, Elena lo miró con sorpresa, Lior sonrió satisfecho.
—¿Ves? También hay belleza en el caos.
Siguieron caminando.
—Lior.
—Suena serio, adelante.
—La habitación que encontramos hoy.
Él perdió la sonrisa apenas un instante.
—No sé de qué hablas.
—Sí sabes.
—Sé de muchas cosas, algunas las niego por salud.
Elena se detuvo.
—Kael dijo que era nuestra.
Lior se volvió lentamente, por primera vez desde conocerlo, parecía medir cada palabra.
—Entonces dijo demasiado.
—¿Qué éramos?
—Eso no me corresponde.
—¿Éramos pareja?
Lior alzó ambas cejas.
—Que directa, admirable.
—Lior.
—Elena.
Ella cruzó los brazos, él suspiró.
—Voy a decirte algo útil sin decirme nada incriminatorio: la última vez que ese hombre sonrió con frecuencia, tú aún estabas aquí.
Elena no supo qué hacer con esa frase, la guardó donde se guardan las cosas que pesan demasiado.
Horas después, o lo que fueran allí, Lior la dejó en una sala tranquila llena de mesas largas y lámparas bajas.
—Debo ir a fingir competencia en otro nivel, no salgas de aquí.
—Todos me dan órdenes con demasiada confianza.
—Es porque las ignoras con experiencia.
Se inclinó hacia ella antes de irse.
—Si aparece un libro rojo y empieza a decir tu nombre, no lo abras.
—¿Eso es una broma?
—Ojalá.
Y se marchó, Elena quedó sola, la sala estaba casi vacía salvo por una mujer anciana clasificando cartas al fondo.
Se sentó junto a una ventana estrecha, necesitaba pensar, la biblioteca reaccionaba a ella, había estado allí antes, Kael lo sabía desde el principio. Y alguien o algo seguía dejando mensajes.