La biblioteca entre mundos

Capitulo 7

EL hombre de la carta

Kael no dio tiempo a nada, en cuanto la cuarta carta se volteó sola sobre la mesa, la tomó del brazo y la levantó de la silla con una firmeza que no admitía discusión.

-Nos vamos.

-Suéltame.

-No.

-Kael.

-Camina.

Tessa no intervino, permaneció sentada frente a sus cartas inmóviles, con la cabeza inclinada como si escuchara una música lejana que los demás no podían oír.

Cuando Elena volvió el rostro hacia ella buscando alguna explicación, la anciana solo dijo:

-Lo que llega ya estaba en camino.

Kael cerró la mano sobre el brazo de Elena un poco más fuerte, no para herirla, para apresurarla.

Salieron de la sala circular mientras las velas se apagaban una a una detrás de ellos, el corredor exterior estaba vacío.

Las lámparas altas derramaban una luz pálida sobre el mármol oscuro, el eco de sus pasos se mezclaba con el sonido lejano de la campana única que seguía resonando a intervalos lentos.

Elena intentó soltarse, no pudo.
-Ya basta.

Kael siguió caminando.

-Kael.

Nada.

-Kael.

Él se detuvo de golpe, ella casi chocó contra su espalda, se volvió hacia ella con los ojos más fríos que de costumbre, aunque debajo de ese hielo había algo peor, agitación.

-¿Qué? -preguntó.

-Suéltame.

La miró como si no hubiera notado que aún la retenía, aflojó la mano de inmediato, Elena dio un paso atrás y se frotó la piel.

-No vuelvas a arrastrarme así.

-Entonces no me obligues a hacerlo.

-¿Obligarte? ¿Ahora resulta que yo te obligo?

-No entiendes lo que viste.

-Entonces explícamelo.

Kael desvió la mirada hacia el corredor vacío.

-No aquí.

-Siempre "no aquí", "no ahora", "después", "algún día". Empiezo a pensar que son las únicas frases que sabes decir.

-Eso sería conveniente.

-¿Quién era él?

La pregunta cayó limpia entre ambos, Kael no respondió enseguida, Elena observó cómo su mandíbula se tensaba apenas, un detalle mínimo, Pero que decía mucho, y Elena ya empezaba a reconocerlos todos.

-¿Quién? -repitió ella.

-Alguien que no pienso dejar entrar.

La respuesta le provocó un escalofrío extraño, no por miedo, por la forma en que la dijo, sin volumen, sin dramatismo, con una certeza brutal.

-No puedes decidir eso.

-Sí puedo.

-No puedes decidir todo por mí.

Algo oscuro cruzó la expresión de Kael.

-Ya lo hice una vez.

Elena guardó silencio, él sostuvo su mirada unos segundos más, luego añadió, más bajo:

-Y sigo pagando por ello.

La campana volvió a sonar, ambos la escucharon sin moverse, Elena sintió el impulso de preguntarle qué había decidido por ella. Qué había arruinado, qué precio seguía pagando, pero algo en su rostro le dijo que insistir en ese instante sería como tocar una herida abierta, Kael dio media vuelta.

-Ven.

-¿Y si no quiero?

-Vendrás igual.

-Detesto cuando aciertas.

Lo siguió, subieron por una escalera angosta que Elena no recordaba haber visto antes, las paredes estaban cubiertas por piedra gris sin adornos, no había libros, ni mesas, ni el constante movimiento del resto de la biblioteca, solo silencio.

-¿A dónde vamos?

-A un lugar donde las cartas no gritan.

-Poético, inútil, pero poético.

No respondió, llegaron a un corredor largo y estrecho, no tenía ventanas, solo arcos repetidos y una serie de puertas cerradas a ambos lados, en cuanto Elena dio el primer paso dentro, escuchó un murmullo, luego otro, luego decenas, se quedó quieta.

-¿Qué es eso?

-La Galería de Ecos.

Las voces parecían venir de las paredes mismas, susurros antiguos, frases partidas, promesas gastadas por el tiempo, Kael siguió avanzando, Elena tardó un segundo en imitarlo, a cada paso surgían nuevas voces.

Una mujer llorando:
-No me cierres la puerta...

Un hombre riendo:
-Te dije que volvería...

Una voz infantil:
-No quiero olvidar tu cara...

Elena giró la cabeza buscando personas invisibles, no había nadie, solo piedra.

-¿Son recuerdos?

-Restos de ellos.

-¿Por qué están aquí?

-Porque algunas palabras se niegan a morir.

Ella tragó saliva, siguieron caminando, otra voz apareció a su derecha, tan cerca que sintió el aliento inexistente en la oreja.
-Te esperaré aunque mueras.

Elena se estremeció, miró a Kael, él no parecía escucharla, o fingía no hacerlo, unos pasos más, la temperatura descendió, las lámparas del techo titilaron, entonces llegó otra voz.
Firme, dolida, femenina.

-Prométeme que no lo amarás otra vez.

Elena se detuvo tan abruptamente que el impulso la hizo tambalearse, Kael se volvió a tiempo de sostenerla por la cintura, sus dedos se cerraron a ambos lados de su cuerpo, Elena alzó la vista, quedaron demasiado cerca, el gris de sus ojos parecía más oscuro en la penumbra del corredor.

-¿Estás bien?

Su voz había bajado un tono, más íntima, Pero también más peligrosa.

-Sí.

Mentía, Kael no la soltó enseguida.

-Respira.

-Lo hago.

-Mal.
Elena apoyó una mano en su pecho para apartarse, sintió el latido firme bajo la tela negra, éll también lo sintió, lo supo por la forma en que se inmovilizó, ella retiró la mano de inmediato.

-¿Tú me dijiste eso? -preguntó en voz baja.

-¿Qué cosa?

-Que no amara a alguien otra vez.

Kael tardó un segundo demasiado largo, luego respondió:
-No.

La soltó y dio un paso atrás.

-Yo nunca te pedí tan poco.

Elena olvidó respirar de nuevo, la frase quedó suspendida entre ambos, vibrando con todo lo que no explicaba, wuiso decir algo ingenioso, no encontró nada, Kael reanudó la marcha, ella lo siguió en silencio, odiándolo por dejarla sin armas.

Al final de la galería había un balcón abierto hacia una zona inmensa de la biblioteca que Elena no había visto.



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En el texto hay: fantasia, misterio, amor

Editado: 25.06.2026

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