Lo que no dijo
El silencio después de aquella frase fue más violento que cualquier campana, Elena no se movió y con ello Kael tampoco. Entre ambos, el aire parecía haberse vuelto más denso, más difícil de respirar.
Porque la última vez me mataste.
La sentencia seguía suspendida en la habitación como una cuerda tensada a punto de romperse.
Elena abrió la boca, pero al instante la cerró, intentó ordenar pensamientos que se atropellaban entre sí: incredulidad, rabia, miedo, una punzada de culpa nacida de la nada... y algo peor. La sensación absurda de que, en algún lugar profundo que no alcanzaba a tocar, aquello podía ser cierto.
Kael apartó primero la mirada, se llevó una mano al hombro herido con gesto breve, casi impaciente. La sangre había atravesado la tela negra de la camisa y corría en una línea oscura por el brazo.
Elena reaccionó al fin.
-Estás sangrando.
-Ya lo habías notado.
-No hagas eso.
-¿Qué cosa?
-Responder como si no importara.
Kael alzó la vista hacia ella otra vez.
-No importa ahora.
-Claro que importa.
-Elena.
Su nombre en boca de Kael tenía un peso extraño, como si siempre significara más de lo que decía, ella dio un paso hacia él.
-No cambies de tema.
-No lo estoy cambiando.
-Acabas de decir que te maté.
-Sí.
-Y luego decidiste sangrar dramáticamente en una puerta.
Excelente estrategia de distracción, una sombra mínima cruzó el rostro de Kael, casi cansancio, casi una risa imposible, casi todo, pero luego se apagó.
Se separó de la puerta con esfuerzo contenido y avanzó hacia la mesa central, apoyó una mano en la madera, Elena vio cómo los dedos se tensaban apenas.
-Siéntate -dijo él.
-No soy yo quien se está desangrando.
-Precisamente.
-Kael.
-Siéntate.
Ella lo odiaba por la autoridad natural con la que daba órdenes, lo odiaba más porque sonaban razonables, se sentó en el borde del diván sin apartar la vista de él. Kael se quitó el abrigo lentamente, debajo, la camisa estaba rasgada a la altura del hombro izquierdo. La herida no era limpia, parecía una quemadura abierta atravesada por líneas negras que se movían bajo la piel como tinta atrapada.
Elena se puso de pie de inmediato.
-Eso no es normal.
-Observación brillante.
-Déjame ver.
-No.
-No era pregunta.
Él sostuvo su mirada, ella sostuvo la suya, por un instante ninguno cedió, pero luego Kael exhaló por la nariz y desabotonó el cuello de la camisa con una paciencia tensa.
-Cinco segundos -dijo.
-Qué generoso.
Se acercó, y de cerca la herida era mucho peor, lo bordes de la piel estaban enrojecidos, pero las líneas negras avanzaban desde el centro como raíces finísimas.
-¿Qué te hizo eso?
-Una cerradura.
Elena parpadeó.
-¿Las cerraduras aquí atacan?
-Cuando intentas abrir lo que no debes.
-Empiezo a entender por qué todos hablan en metáforas, la realidad ya es ridícula.
Kael no respondió, ella alzó una mano, dudando.
-¿Puedo tocar?
Él tardó un segundo en contestar.
-No va a gustarte.
-Tampoco me gusta nada de esta conversación.
Rozó con cuidado la piel sana junto a la herida, estaba helado, no fresco, helado como piedra en invierno, kael contuvo la respiración apenas, Elena lo notó, deslizó los dedos más cerca del borde ennegrecido, el sujetó su muñeca, el movimiento fue rápido, no brusco, solo inmediato.
Sus ojos grises se clavaron en los de ella.
-Eso basta.
Elena bajó la mirada hacia la mano que la retenía.
-Te duele.
-Sí.
-Podrías haber empezado con eso.
La soltó enseguida ella retrocedió un paso, no por miedo, porque la cercanía estaba volviéndose peligrosa de formas distintas.
-¿Quién te hirió? -preguntó.
Kael tomó una botella pequeña del estante y vertió líquido claro sobre la herida. El olor metálico llenó la habitación.
-No importa quién.
-Importa para mí.
-No debería.
-Decidiré eso sola.
Kael se quedó quieto, luego dijo, sin mirarla:
-Intenté cerrar algo antes de que saliera.
-¿Qué cosa?
-Aún no lo sé.
-Siempre sabes más de lo que dices.
-Y tú dices más de lo que sabes.
Elena cruzó los brazos.
-Volvamos a la parte donde supuestamente te maté.
La mandíbula de Kael se tensó apenas.
-No.
-No puedes soltar algo así y esperar que me distraiga con tu hombro.
-Ya lo hiciste bastante bien.
-Kael.
-Elena.
Ella soltó una risa incrédula.
-Eres insufrible.
-Persistes en repetirlo.
-Porque no mejoras.
La comisura de sus labios se movió apenas, esta vez sí parecía una sonrisa, breve y cansada. Elena se quedó mirándolo un segundo más de la cuenta, el volvió a endurecer el gesto casi de inmediato.
-No recuerdo haberte matado -dijo ella al fin, más bajo.
Kael guardó silencio mientras se vendaba el hombro con una tira de tela oscura.
-Lo supuse.
-Entonces explícame.
-No.
-¿Por qué?
Terminó el nudo con una sola mano.
-Porque no confío en lo que recuerdas.
La frase cayó entre ambos con filo, Elena tardó en entenderla.
-¿Insinúas que mis recuerdos mienten?
-Insinúo que alguien ya los tocó una vez.
Un escalofrío lento le recorrió la espalda.
-¿Quién?
Kael la miró.
-Si lo supiera, no seguirías aquí.
Llamaron a la puerta con dos golpes suaves, sin esperar respuesta, Lior entró cargando una bandeja y se detuvo en seco al verlos.
-Oh.
Sus ojos fueron de Kael sin abrigo a Elena de pie frente a él.
-Interrumpo algo emocionalmente inconveniente.
-Sal -dijo Kael.
-Sí, claro, pero traje comida y noticias, en ese orden de prioridad.
Dejó la bandeja sobre la mesa con eficiencia sospechosa, había pan oscuro, fruta cortada y una tetera humeante, Lior observó el vendaje improvisado.