La capitana del silencio
El sol se hundía detrás de las gradas vacías, tiñendo de dorado el césped que yo conocía mejor que mi propia casa. El aire olía a pasto, a tierra seca, a todo lo que aquí soy: Renata, la capitana, la defensa que nadie logra pasar, la que nunca da un paso atrás. Y también la que guarda silencio sobre todo lo demás.
Aquí, en medio del campo, no soy la que carga con un peso que nadie ve. No soy la que oculta cicatrices que no sangran. No soy la que sonríe firme mientras por dentro algo se le rompe. Aquí, con la pelota bajo el pie, soy completa. Y sola. Porque he aprendido que dejar que alguien se acerque es darle la llave de tus muros... y el poder para derribarlos.
Me quedé quieta, sintiendo cómo el atardecer me envolvía. Nadie sabe por qué llego temprano y me voy última. Nadie sabe que cada carrera, cada jugada, cada vez que me pongo la camiseta, no es solo por ganar. Es por huir. Dejar atrás lo que fui, lo que me pasó, lo que callo cada día.
Pero el silencio pesa. Y hay días en que siento que no voy a poder sostenerlo más.
Miré hacia la entrada, como si algo me llamara. No lo vi todavía, pero lo sentí: algo está por cambiar. Las reglas del juego están a punto de volverse otras. Y cuando él llegue -con esa mirada que no se conforma con lo que veo-, tendré que elegir: seguir escondiéndome tras mi fortaleza... o aprender que la verdadera valentía no está en guardar todo sola, sino en confiar lo suficiente para dejar que alguien camine a mi lado.
Respiré hondo, y el aire fresco me llenó el pecho. El campo seguía igual. Pero yo ya no me sentía la misma. Lo que he callado durante años no se puede ocultar para siempre. Y tal vez, por primera vez, no tenga que hacerlo sola.