Prólogo
La casa seguía allí.
Blanca. Inmóvil. Vigilante.
Desde la distancia parecía hermosa, casi irreal, rodeada por el verde infinito de los campos y la alameda de tilos que marcaba el camino hasta los portones de madera. El viento de la tarde movía lentamente las ramas, proyectando sombras alargadas sobre la fachada encalada, como si el tiempo hubiera decidido detenerse en aquel lugar.
Nada había cambiado.
Ni las contraventanas verdes.
Ni la fuente del patio central, cuyo murmullo constante sonaba como un latido antiguo.
Ni el olor a madera vieja y a tierra húmeda que flotaba en el aire incluso con las ventanas cerradas.
Solo ellas habían cambiado.
Hubo un tiempo en que aquellas paredes fueron testigo de risas infantiles, de carreras descalzas por el pasillo, de veranos interminables en los que el mundo parecía reducido a juegos, confidencias y promesas de amor eterno entre hermanas.
Pero también habían escuchado gritos.
Puertas cerrándose con violencia.
Silencios que duraban días.
Palabras que ninguna de las tres logró olvidar.
La última noche antes del accidente, la tormenta había llegado sin previo aviso. El cielo se abrió sobre la finca con una furia casi sobrenatural. Desde las ventanas del piso superior podía verse la carretera serpenteando entre los campos, iluminada a intervalos por los relámpagos.
—No podemos seguir así —dijo una voz femenina en el salón, rota por el cansancio.
Nadie respondió.
El reloj antiguo marcó las once con una solemnidad que pareció anunciar una despedida. Afuera, el motor de un coche se encendió. Las luces atravesaron la alameda como dos cuchillas de fuego antes de desaparecer en la oscuridad.
A la mañana siguiente, la noticia recorrió el pueblo como un susurro inevitable.
Accidente.
Curva mojada.
Impacto frontal.
Los periódicos hablaron de fatalidad.
La casa, en cambio, permaneció en silencio.
Semanas después, las ventanas seguían abiertas para ventilar el polvo. Los pasos del encargado resonaban en los pasillos vacíos mientras preparaba las habitaciones por orden expresa del notario.
Tres camas hechas.
Tres armarios despejados.
Tres hermanas obligadas a regresar.
Porque algunas herencias no se miden en dinero.
Algunas herencias son deudas.
Y la casa que las vio crecer…
aún no había terminado con ellas.