La Casa Que Nos Rompio

Capítulo Uno: El retorno

Capítulo Uno

El retorno

—Amelia, tienes una llamada desde España. Es el abogado Benítez otra vez… ¿quieres que te la pase?

La voz de Ana atravesó el interfono con una claridad que me resultó casi incómoda. Permanecí inmóvil unos segundos, con los dedos suspendidos sobre el patrón que intentaba revisar, como si cualquier movimiento pudiera alterar el frágil equilibrio que llevaba meses construyendo.

España.

Había aprendido a reaccionar con indiferencia ante ese nombre. A tratarlo como si perteneciera a otra vida, a otra mujer que ya no era yo. Sin embargo, aquella insistencia comenzaba a provocar una inquietud difícil de explicar.

Giré lentamente la silla hacia la ventana. El río Avon avanzaba con su serenidad habitual bajo el cielo grisáceo de Bath, indiferente al ligero temblor que empezaba a instalarse en mi interior. Elegir esa ciudad había sido una decisión necesaria. Un intento de empezar de nuevo sin mirar atrás.

—Amelia… ¿sigues ahí? —insistió Ana.

Inspiré con calma antes de responder.

—Sí. Dile que le devolveré la llamada esta tarde. Ahora mismo no puedo ocuparme de eso.

No añadí que lo que realmente no podía era enfrentar todo lo que aquel pasado seguía representando.

El silencio regresó a la oficina con una densidad inesperada. Me quedé contemplando el puente de Pulteney, tan perfecto, tan engañosamente romántico. Por la noche, iluminado por los farolillos, parecía prometer historias eternas. Promesas en las que hacía tiempo había dejado de creer.

El teléfono vibró sobre el escritorio. Un mensaje. Luego otro. Después otro más, como una llamada insistente a la que nadie desea responder.

—No sabe esperar… nunca ha sabido —murmuré, tomando el móvil.

No necesitaba ver el nombre para reconocer la presión familiar de aquella presencia. Salvatore siempre aparecía cuando comenzaba a sentirme en paz.

Dejé el teléfono boca abajo y cerré los ojos un instante. Había sido una imprudencia iniciar algo nuevo sin haber terminado de cerrar del todo aquella herida. Dos hombres reclamando espacio en mi vida. Dos versiones de mí misma luchando por imponerse.

Dos años. Solo dos años duró mi matrimonio con Salvatore Bianchi.
El día que lo encontré en nuestra cama con otra mujer supe, con una claridad devastadora, que no quedaba nada por salvar.

Sacudí la cabeza, obligándome a regresar al presente.

Miré a mi alrededor, al despacho que había levantado con esfuerzo y determinación. Telas pesadas, botones antiguos, bocetos sujetos con alfileres. Trajes de época destinados a escenarios y rodajes. Aquello sí era mío. Cada contrato firmado, cada madrugada sin dormir, cada logro silencioso.

Esa misma mañana había firmado un acuerdo de tres años. Estabilidad. Algo parecido a la tranquilidad.

El reloj marcaba casi la una.

En media hora vería a Douglas.

Su nombre apareció en mi mente con una calidez inesperada. Había llegado a mi vida sin grandes promesas, sin discursos elaborados. Primero como el repartidor puntual que dejaba cajas en el taller. Después como el hombre que se quedaba unos minutos más de lo necesario para hablar de cualquier cosa. Finalmente, como la presencia constante que había terminado compartiendo mi cama y mis rutinas.

Funcionábamos juntos. Demasiado bien.

Me levanté, tomé el bolso y abandoné la oficina. El aire frío de finales de junio me obligó a cerrar la chaqueta mientras cruzaba la calle en dirección a mi bistró favorito. El calor del interior me envolvió con una sensación reconfortante.

—Bonjour, Amelia —saludó Belmont con su sonrisa habitual.

Ocupé la mesa de siempre. La música clásica flotaba suavemente en el ambiente, creando esa ilusión de orden que tanto necesitaba. Cuando la puerta volvió a abrirse, supe sin mirar que era él.

Douglas se acercó con naturalidad y depositó un beso breve en mis labios.

—Pareces cansada —observó mientras tomaba asiento frente a mí.

—Solo ha sido una mañana larga —respondí.

Pidió dos Guinness con un gesto tranquilo. Yo observé sus manos, fuertes y seguras, mientras hojeaba el menú.

—¿Qué te apetece hoy? —pregunté.

—Coq au vin. Con ensalada y patatas fritas.

Sonreí.

—Entonces comeremos lo mismo.

Las cervezas llegaron poco después. Brindamos, como siempre.

—Por unas vacaciones bien merecidas —dije, intentando convencerme de que aquella ligereza podía durar.

Douglas arqueó una ceja.

—¿Vacaciones? No sabía que tenías algo planeado.

Abrí la boca para responder, pero el teléfono vibró sobre la mesa con brusquedad inesperada.

El nombre de Paula iluminaba la pantalla.

Sentí un vuelco seco en el estómago antes de leer el mensaje.

Tenemos que hablar.
Es por mamá y papá.
Llama en cuanto puedas.

El ruido del restaurante se volvió distante, como si alguien hubiera cerrado una puerta invisible a mi alrededor. La espuma de la cerveza descendía lentamente por el cristal mientras una sensación fría comenzaba a extenderse por mi espalda.

—Amelia… ¿todo está bien? —preguntó Douglas con una seriedad que no le había visto antes.

Tardé en responder. No sabía qué decir. Ni siquiera sabía qué pensar.

Solo tenía una certeza incómoda, creciente, inevitable.

El pasado acababa de pronunciar mi nombre.

Y esta vez no se conformaría con un simple recuerdo.

Esta vez quería que regresara.

A la casa.
A mis hermanas.
A todo lo que llevaba años fingiendo que ya no tenía poder sobre mí.

Apreté el teléfono entre los dedos.

Y comprendí, con una claridad casi dolorosa, que algunas decisiones no dependen de la voluntad.

Dependen de la sangre.

Y la sangre siempre encuentra el camino de regreso.

El teléfono vibró una segunda vez antes de que pudiera reaccionar.

No era otro mensaje.

Era una llamada.




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