La Casa Que Nos Rompio

Capítulo Dos: El encuentro

Capítulo Dos

El encuentro

—Carlos, no olvides que este sábado viene mi hermana Amelia.

—¿Hay que ir a recogerla al aeropuerto? —preguntó él sin dejar de ajustar la cortadora de césped.

—No. Hablé con ella hace un par de días. Prefiere que nos veamos directamente en la finca.

Carlos levantó la vista, se apoyó en el mango de la máquina y sonrió.

—Entonces por fin conoceremos al famoso acompañante.

—¿A quién?

—Al escocés, mujer. ¿A quién va a ser? —rió—. ¿O es que se ha buscado otro?

—Es el mismo —respondió Paula, negando con la cabeza—. Parece buen chico… y no está nada mal.

Lo dijo recordando la primera vez que lo había visto por Skype, apenas dos semanas atrás. La conexión había sido un desastre: la cámara mal colocada, el ángulo equivocado, y Amelia riéndose sin poder parar mientras trataba de mover el portátil.

—Tienes que cambiar esa mesa de sitio —le había dicho Paula, muerta de vergüenza.

Amelia solo había respondido entre carcajadas:

—Bueno, al menos has visto que el chico está en buena forma.

Paula sonrió al recordar la escena.

Amelia siempre había sido su apoyo. Sobre todo, cuando nacieron los gemelos. Ocho años de matrimonio con Carlos y siete como padres de Romeo y Alicia.

Durante mucho tiempo pensó que nunca podría ser madre. Los médicos no habían sido optimistas y, tras varias pruebas, decidió no obsesionarse con el tema. Si tenía que pasar, pasaría.

El milagro llegó dos meses después de la boda.

Y por partida doble.

Los gemelos lo ocuparon todo: las horas, la energía, el sueño… y el corazón. Por suerte, también contaron con la ayuda incondicional de la tía Amelia, que entonces aún vivía en España y pasaba más tiempo en su casa que en la suya.

—En media hora voy a recoger a Romeo de natación y pasaré por el supermercado —dijo Paula desde la cocina—. Compraré pollo y hamburguesas. Me apetece una barbacoa y no quiero liarme con la cocina. ¿Victoria o San Miguel?

—Las dos —respondió él, colocándose la gorra y quitándose la camiseta—. Ya sabes que vuelan.

Eran apenas las once de la mañana y el sol ya caía con fuerza, prometiendo otro día largo y luminoso.

—Vale, nos vemos en un rato.

Paula cogió el bolso y las llaves de su nuevo 4x4 blanco, su regalo de Navidad. Alicia la esperaba sentada en el escalón de la entrada, abrazando con fuerza a Barbie y Ken.

—¿Quieres un helado? —le preguntó Paula.

La niña se levantó despacio y la miró con solemnidad.

—¿También vienen ellos? —preguntó, señalando a las muñecas.

—Claro.

—Entonces sí —respondió Alicia muy seria—, pero ellos no comen helado.

Paula sonrió.

Abrió la puerta del coche y ayudó a la niña a subir al asiento trasero. Antes de arrancar, su mirada se detuvo en la casa, en el jardín recién cortado, en Carlos aún junto a la cortadora.

Todo parecía en orden. Tranquilo. Seguro.

Pero el mensaje de la noche anterior seguía dando vueltas en su cabeza.

Benítez llamó… Tenemos que hablar. Es urgente.

Apretó el volante con fuerza.

En dos días, las tres hermanas volverían a estar bajo el mismo techo. Y algo en su interior le decía que aquel verano no iba a ser como los demás.

DE REGRESO a la casa y al bajar del coche, Paula notó algo extraño de inmediato.

El jardín estaba en silencio.
Demasiado.

Carlos no estaba junto a la parrilla.

Frunció el ceño y avanzó unos pasos por el camino de grava.

Entonces lo vio.

El portón principal estaba abierto.

Balanceándose suavemente con el viento.

Un escalofrío le recorrió la espalda.

Estaba segura de haberlo cerrado al salir.

—¿Carlos…? —llamó, intentando no alarmarse.

Solo respondió el sonido seco de las bisagras.

Y algo más.

Una huella reciente marcada sobre el polvo claro del sendero.

Paula sintió cómo el corazón le golpeaba con fuerza.

Porque en ese instante comprendió una verdad incómoda.

Ellas aún no habían regresado a la finca.

Pero alguien ya las estaba esperando




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