Capítulo Tres
Acciones y consecuencias
—¡Helena, hija, date prisa! El taxi lleva veinte minutos esperando y me va a costar un ojo de la cara.
La voz de Milla atravesó el pasillo como una acusación.
—Aún te queda el otro para vigilar tus cuentas —respondió Helena desde el baño, con ese tono ligero que siempre conseguía desarmarla.
Milla apretó los labios.
—Quisiera saber a quién habrás salido tan contestona. Si yo le hubiera hablado así a mi madre…
—Te habría dejado sin dientes de una bofetada —terminó Helena, abriendo la puerta.
Durante un segundo se miraron en silencio. Demasiado parecidas. Demasiado distintas.
—Tú qué sabrás —murmuró Milla, dolida más de lo que quería admitir.
—Nada, mami, nada —dijo Helena con fingida inocencia—. Soy como papá: pesada y un desastre. Al menos sé de quién he salido. Dales un beso a mis tías… si no os matáis antes.
El comentario le pinchó algo viejo, algo que nunca terminó de curar.
—¿Y el beso para mí?
—Mamá, todavía no me he ido. Necesito dinero para comer algo en el aeropuerto.
—Pero si te he preparado un bocadillo de los que te gustan —protestó Milla, aferrándose a ese gesto como si aún significara algo.
—Es para el camino. Tendré que comprar algo en el avión, ¿no?
Milla suspiró.
—Vale, Helena. Tú ganas. Me saturas igual que tu padre.
Las palabras salieron solas. Injustas. Irreversibles.
Sacó un billete del monedero y se lo tendió sin mirarla.
—Toma. Espero que te baste.
Helena lo cogió y sonrió al ver los cien euros.
—Mami, tú tan generosa como siempre. Por eso todo el mundo te quiere tanto.
Sarcasmo. Siempre el sarcasmo.
Helena salió de la casa haciendo ruido, como de costumbre. Como si necesitara dejar constancia de su ausencia antes incluso de marcharse.
—Adiós —dijo, cerrando la puerta del taxi.
—Llámame cuando llegues. Y no mañana —gritó Milla—. Irresponsable.
El taxi se alejó, llevándose algo más que a su hija. Milla permaneció inmóvil, observando cómo desaparecía tras la curva, sintiendo ese vacío incómodo que nunca lograba explicar.
Respiró hondo.
Ocho años atrás, la lotería les cambió la vida. De un piso pequeño a una casa cerca de la playa. De contar monedas a elegir muebles sin mirar el precio.
Pero no todo se había comprado con dinero.
Habían dejado atrás demasiadas cosas. Personas. Versiones de sí mismos.
El ruido de la verja al abrirse la sacó de sus pensamientos.
El coche de su —aún— marido entró en la propiedad.
Milla frunció el ceño al reconocer el viejo Mercedes blanco. Ricardo se negaba a venderlo, como si en él se escondiera una vida que ella prefería olvidar.
—Es mi coche y lo pagué con mi sueldo —le repetía siempre.
—Pero es viejo, enorme y pasado de moda —insistía ella, sin darse cuenta de que hablaba de mucho más que de un coche.
—Pues a mí me gusta —respondía él—. Y en ese coche fuimos felices más de una vez.
Aquello siempre la dejaba sin respuesta.
Ricardo no era vulgar. Ni cruel. Solo estaba cansado.
Seguía trabajando en la prisión como jefe de seguridad. Le gustaba ese mundo de normas claras, de culpas evidentes. Alto, moreno, de ojos grises, con un cuerpo fuerte por las horas de gimnasio. Un hombre tranquilo, de esos que transmiten seguridad sin hacer ruido.
No tendría que habérselo quitado a Amelia, pensó una vez más.
Lo vio bajar del coche y saludarla con un leve gesto de cabeza. Ni frío ni cercano. Exacto. Después se dirigió a la casa de la piscina, su territorio, su distancia elegida.
Desde que dejaron de compartir la cama.
Desde que dejaron de fingir.
Milla se quedó sola en el jardín, rodeada de todo lo que había conseguido.
Y con la sensación persistente de haber perdido algo que no sabía cómo recuperar.
El móvil vibró en el bolsillo de su bata.
Un mensaje de Paula.
Tenemos que vernos pronto. Benítez llamó.
Milla cerró los ojos.
Sabía que ese encuentro con sus hermanas no traería nada bueno.
El jardín se quedó en silencio cuando el coche de Ricardo desapareció tras la verja.
Milla permaneció de pie, inmóvil, sintiendo cómo el mensaje de Paula seguía latiendo en su mente como una advertencia.
Entró en la casa sin encender las luces.
La penumbra le resultó extrañamente familiar.
Avanzó por el pasillo guiándose casi por instinto, como si su cuerpo recordara el camino antes que su memoria.
Al pasar frente al salón, algo llamó su atención.
La puerta del despacho estaba abierta.
Ella estaba segura de haberla dejado cerrada.
Un escalofrío lento le recorrió la espalda.
—¿Ricardo…? —susurró.
Nadie respondió.
El silencio era demasiado profundo.
Demasiado atento.
Empujó la puerta con cuidado.
El cajón del escritorio estaba abierto.
Y la carpeta azul… había desaparecido.
Milla sintió cómo el corazón le golpeaba con violencia.
Porque solo había tres personas en el mundo que sabían lo que había dentro.
Ella.
Sus hermanas…y alguien que jamás debió enterarse.