Capítulo Cuatro
Llamando al pasado
—Hola, Felipe, soy Paula. ¿Cómo está usted?
—Hola, Paula. Muy bien, muy bien, gracias. Y por Dios, chiquilla, no me llames de usted, que nos conocemos de toda la vida.
Paula sonrió, apoyada en la encimera de la cocina.
—La costumbre, Felipe, la costumbre.
Felipe era mucho más que el encargado de la hacienda. Para ellas, él y su mujer, Milagros, siempre habían sido parte de la familia. Llevaban allí desde antes de que Paula aprendiera a caminar. Habían visto crecer los naranjos… y a las tres hermanas.
—¿Cómo está la casa? —preguntó Paula, tratando de sonar natural.
—Como siempre. Silenciosa. Demasiado grande para dos viejos como nosotros.
El comentario le dejó un nudo en la garganta.
—¿Ha pasado alguien por allí?
—No. Desde el entierro, nadie. Solo el notario, un par de veces. Y yo, claro, para ventilar las habitaciones.
Paula cerró los ojos un instante. La imagen de la hacienda apareció en su mente con una claridad casi dolorosa.
La Rinconada.
Mil hectáreas de campo que parecían no tener fin. Olivares, naranjos, aguacates, árboles frutales de todos los tamaños. Desde la carretera, la alameda de tilos marcaba el camino hasta la entrada, como si el mundo cambiara al cruzar aquel sendero.
Los muros encalados escondían la casa del exterior. Dentro, el gran patio siempre olía a agua fresca y a tierra húmeda. En el centro, la fuente de las ánforas sonaba día y noche, como un latido constante.
Allí habían jugado de niñas.
Allí habían aprendido a montar en bicicleta.
Allí se habían peleado, reconciliado y vuelto a pelear.
—Tu padre decía que esa fuente era el corazón de la casa —añadió Felipe al otro lado del teléfono, como si pudiera leerle los pensamientos.
Paula tragó saliva.
—Sí… lo recuerdo.
Su padre había heredado la hacienda con apenas veinte años. Demasiado joven para tanta responsabilidad. Se hizo cargo de todo: de la tierra, de la casa, de su madre, de su tía. Nunca se quejó. Nunca habló de lo que había dejado atrás.
Siempre creyó que alguno de sus hijos continuaría con el legado.
Pero tuvo tres hijas.
Y ninguna quiso quedarse.
—Felipe… —dijo Paula al fin—. Este fin de semana iremos las tres.
—¿Las tres juntas?
—Sí.
Hubo un pequeño silencio al otro lado.
—Entonces la casa volverá a tener ruido. Ya iba siendo hora.
Paula miró por la ventana. El sol caía sobre el jardín, sobre la vida ordenada que había construido lejos de allí.
—Felipe… ¿está todo preparado?
—Como pidió el notario. Las habitaciones listas. La cocina limpia. Y el despacho… igual que lo dejó tu padre.
Aquella última frase le erizó la piel.
—Gracias —murmuró.
—Paula.
—¿Sí?
—No vendáis la casa sin pensarlo bien. Esa tierra tiene memoria.
Paula apretó el teléfono con fuerza.
—Lo sé.
Pero también sabía que aquel fin de semana no sería una simple visita.
Sería un ajuste de cuentas con el pasado.
Y los ajustes de cuentas nunca eran fáciles.
Paula dejó el teléfono sobre la encimera y permaneció unos segundos inmóvil, escuchando el leve zumbido del frigorífico y el murmullo distante de los niños en el jardín.
La normalidad seguía allí.
Intacta en apariencia.
Se acercó a la ventana casi sin pensarlo. El sol caía lentamente sobre el césped recién regado, sobre la barbacoa aún apagada, sobre la vida ordenada que había construido lejos de la finca.
Durante un instante se permitió creer que todo aquello la protegería. Que regresar solo sería un trámite.
Un fin de semana incómodo y nada más.
Entonces el viento cambió.
Una ráfaga más fría levantó las hojas secas del camino y las hizo girar en pequeños remolinos. Paula frunció el ceño. El cielo estaba despejado hacía apenas unos minutos.
Fue a cerrar la ventana cuando vio algo que no estaba allí antes. Un coche detenido al otro lado de la verja.
Motor apagado.
Cristales oscuros.
Sintió cómo el pulso comenzaba a acelerarse sin razón aparente.
Nadie bajó.
Nadie llamó.
El vehículo permaneció inmóvil unos segundos que parecieron eternos… y después arrancó lentamente, desapareciendo tras la curva.
Paula tardó en apartarse del cristal. Porque en el fondo supo, con una certeza que no necesitaba explicaciones.
La Rinconada no las esperaba con recuerdos…
las esperaba con cuentas pendientes.