La Casa Que Nos Rompio

Capítulo Cinco: Antes del encuentro

Capítulo Cinco

Antes del encuentro

Amelia se adentraba por la alameda de árboles que conocía de memoria. El coche de alquiler avanzaba despacio, levantando pequeñas nubes de polvo claro sobre la grava. A su lado, Douglas observaba en silencio, visiblemente impresionado por la extensión de la propiedad, por aquella sucesión interminable de campos y sombras verdes que parecían no tener fin.

—¿De verdad vais a ponerla en venta? —preguntó al fin—. Si yo heredara siquiera una cuarta parte de esto, no la dejaría escapar jamás.

Amelia mantuvo la mirada fija en la carretera. A lo lejos, la fachada blanca comenzaba a dibujarse entre los árboles, casi como una aparición.

—Sin duda —respondió con calma—. Tiene ese efecto… La primera vez que la ves, te enamora. Es inevitable. Pero con el tiempo es como si te absorbiera. Aquí han vivido generaciones enteras… y no todas han sido felices.

Douglas asintió despacio. Luego, casi sin pensarlo, apoyó la mano sobre el muslo izquierdo de ella. El gesto fue natural, íntimo. Amelia no se apartó. Sintió el calor de su piel atravesando la fina tela del vestido, despertando una sensación contradictoria entre consuelo y alerta.

—Creo que van a ser unas vacaciones muy interesantes —murmuró él.

Eso espero, pensó Amelia, aunque una leve inquietud le recorrió el cuerpo como un presentimiento difícil de explicar.

***

—Paula, ya están aquí —anunció Carlos desde el umbral.

El coche cruzó los portones de madera con un chirrido antiguo, rodeó la fuente central y la grava crujió bajo los neumáticos antes de detenerse. Paula bajó los escalones con una sonrisa amplia, que intentaba ser espontánea.

—¿Dónde están los niños? —preguntó Carlos, mirando alrededor.

—En la piscina. Milagros los cuida —respondió ella—. No me tomes por loca.

Esperó a que el motor se apagara y abrió la puerta con un gesto decidido.

—Hola, extranjera. ¿Cómo está mi hermanita?

Amelia se quitó las gafas de sol y la besó con una sonrisa luminosa, casi despreocupada.

—Mejor que nunca.

La mirada de Paula se deslizó hacia Douglas, que guardaba con cuidado unas guías y dos libros de español en su mochila.

—¿Y el idioma autóctono qué tal lo lleva? —preguntó con picardía.

Amelia rió.

—A veces es mejor que no entiendan —respondió—. Además, vivir fuera termina siendo lo normal.

Douglas alzó la vista y le dedicó una sonrisa lenta, tranquila. Ella la sostuvo apenas un segundo más de lo necesario antes de apartarse.

—Estás más delgada —observó Paula—. ¿Otra vez a dieta?

—Se hace lo que se puede. Pero desde hoy, nada de dietas. Solo vacaciones. Y con las comidas de Milagros, resistirse es imposible.

—Te vendrá bien. Estás muy fina.

—Ya empezamos… Estoy perfecta.

—Calla, que sabrás tú.

Amelia rodó los ojos con una mueca familiar.

—Ayúdame con las maletas y sé útil.

Mientras los hombres se entretenían con las presentaciones y comentarios triviales, las hermanas se apartaron unos pasos, como si instintivamente buscaran un espacio propio.

—¿Han llegado ya? —preguntó Amelia en voz baja.

—No, pero no tardarán. Milla escribió esta mañana. Vendrán para almorzar.

Las campanas de un campanario cercano marcaron la una con un sonido grave y prolongado.

—Bueno —dijo Amelia, subiendo los escalones con una mezcla de resignación y determinación—. Al menos tengo una hora para mentalizarme.

***

—Ricardo, a veces creo que no te das cuenta de las cosas —dijo Milla con tensión contenida—. Son casi las tres.

—Si quieres conducir, conduce tú —respondió él sin mirarla.

—No empieces.

La mañana había sido un presagio incómodo. La noche anterior habían vuelto a discutir, como tantas otras veces. Desde que Helena se marchó de vacaciones, el silencio de la casa se había llenado de reproches suspendidos en el aire.

Ricardo estaba cansado. Demasiado.

—No es culpa mía que el GPS no reconozca la finca —dijo finalmente—. Y no olvides que es la tercera vez que venimos desde que…

—¿Desde qué? —lo desafió ella.

Ricardo frenó con brusquedad. El móvil de Milla resbaló de sus manos y golpeó contra la guantera con un sonido seco.

—Eres imposible —murmuró él.

Estaba harto de aquella guerra silenciosa. Solo quería rehacer su vida. Pero Milla seguía aferrada a una apariencia que ya no existía.

Desde el divorcio, ella vivía atrapada en su propia humillación. No estaba enamorada. Hacía años que no lo estaba. Lo que la consumía era otra cosa.

La escena del jacuzzi seguía apareciendo en su mente como una fotografía mal revelada: vapor, piel ajena, la puerta entreabierta… y Ricardo observando en silencio antes de marcharse.

No gritó.
No la insultó.
No hizo ninguna escena.

Eso fue lo que nunca pudo perdonarle.

—No sé cómo me dejé convencer para venir —dijo él al fin—. Cuando acabe este fin de semana, me marcharé. Ya tengo otro sitio.

La miró de reojo.

—Mientras estemos aquí, déjame en paz.

Milla sonrió con una frialdad que ya no intentaba disimular.

—Puedes ignorarme si quieres. Yo haré lo mismo.

Ricardo arrancó de nuevo.

El coche continuó avanzando entre los árboles, cargado de silencios, reproches y verdades que ninguno estaba dispuesto a enfrentar.

Y al final del camino, la Rinconada los esperaba.

Milla observó la fachada blanca mientras el vehículo se detenía frente al portón.

Durante un instante, ninguno de los dos se movió.

El murmullo lejano de la fuente parecía más fuerte que el propio motor.

Fue entonces cuando Milla comprendió algo con una claridad casi dolorosa:

no era el encuentro lo que la asustaba.

Era todo lo que podía salir a la luz después.

Porque al cruzar aquel umbral, el pasado dejaría de ser un recuerdo.

Y empezaría a convertirse en consecuencia.




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