Capítulo Seis
La calma antes del desorden
Milagros no decepcionó. El gazpacho estaba en su punto exacto; la ensalada marinera y los entrantes desaparecieron de las fuentes a una velocidad casi sospechosa. El broche final —helado de vainilla y flan de caramelo casero— arrancó suspiros satisfechos y algún que otro gemido exagerado que hizo reír a los niños.
El almuerzo terminó convirtiéndose en una pequeña celebración improvisada. Sobre todo para ellos, que no se separaron de Douglas ni un segundo, fascinados por su torpe mezcla de inglés y español. Él respondía con paciencia infinita, dibujando gestos en el aire y provocando carcajadas que rompían, por momentos, la tensión invisible que flotaba en la casa.
Después de comer, la piscina se impuso como única opción sensata. Las hamacas, protegidas por un dosel de tela blanca que ondulaba suavemente con la brisa, ofrecían una sombra indulgente frente al sol implacable del mediodía. Milagros apareció con una bandeja de té helado justo a tiempo para aliviar el sopor de la sobremesa.
Paula y Amelia se acomodaron en las tumbonas más cercanas al agua. Desde allí observaban a Carlos y a Douglas improvisar un partido de pimpón que degeneró rápidamente en risas, golpes fallidos y bromas imposibles de traducir.
—Creo que podría acostumbrarme a esto —comentó Amelia, dejando que la mirada se perdiera en la línea temblorosa del horizonte.
Hacía más de cinco años que no pisaba la hacienda. Ni siquiera cuando murieron sus padres se quedó allí. Prefirió refugiarse en un hotel cercano. No había sido capaz de dormir bajo aquel techo saturado de recuerdos.
—¿De verdad? —preguntó Paula sin levantar la vista del sudoku.
—No —admitió Amelia con una sonrisa ladeada—. Pero así he conseguido que me mires. Para un par de semanas en verano es perfecto, eso no lo niego. Pero yo no tengo la constancia que este lugar exige.
Paula dejó el lápiz sobre el papel y se reclinó lentamente.
—Yo tampoco podría vivir aquí —confesó—. Me prometí no repetir la vida de mamá. No porque hiciera nada mal… pero yo quería decidir. Equivocarme si hacía falta.
Miró hacia la casa con expresión pensativa.
—Ella nunca tuvo esa opción.
Amelia asintió en silencio.
—Entonces pensamos igual. Y cambiando de tema… ¿dónde se habrán metido Mila y Ricardo?
El día anterior los habían esperado sin éxito. Amelia y Douglas aprovecharon para ir a los establos cercanos, montar a caballo y perderse por los caminos polvorientos de los alrededores. Volvieron pasada la medianoche, con la finca envuelta en un silencio demasiado denso.
—No entiendo a esos dos —dijo Paula—. Legalmente no tienen por qué estar juntos, pero ya sabes cómo es Mila… y cómo piensa Ricardo. Me llamó ayer por la tarde. Estaba en un hotel del pueblo y de pésimo humor. Dijo que se perdieron con el GPS.
—¿Y te lo has creído? —preguntó Amelia.
No tenía sentido. Ricardo siempre había sabido orientarse.
—Sea lo que sea, hoy lo sabremos —concluyó mientras se deshacía del pareo.
Paula no pudo evitar fijarse en su bikini de estampado de leopardo.
—Me gusta… aunque si me lo pongo yo, habría más carne que tela.
Amelia rió.
—Exagerada. Tienes unas curvas preciosas.
Paula no respondió. Solo sonrió con una mezcla de orgullo y pudor que no pasó desapercibida.
No se dieron cuenta de que estaban siendo observadas.
Ricardo se detuvo unos segundos en el pasillo antes de dirigirse a la habitación de invitados. Desde allí, la imagen de Amelia, dorada por el sol, se le clavó en la retina con una intensidad que le resultó incómoda. La siguió con la mirada mientras ella cruzaba el corredor, ligera, silenciosa.
—¡Qué calor, por Dios! —la voz de Mila resonó desde el interior de la casa—. Gracias, Milagros, eres un cielo.
Paula y Amelia se miraron al mismo tiempo.
—Ya han llegado.
—Vaya lujo, nenas —dijo Mila al aparecer—. Así da gusto disfrutar.
Su entrada alteró de inmediato el equilibrio del ambiente.
—Te habríamos esperado —comentó Paula—, pero te has hecho rogar.
—No me lo recuerdes —respondió Mila mientras se descalzaba—. Ayer fue un desastre.
Se inclinó para besarla.
—¿Dónde están los gemelos? Tengo unas ganas locas de verlos. Qué pena que Helena no esté…
Sus ojos se deslizaron después hacia el pecho de Paula.
—Creo que te pasaste un poco —añadió con media sonrisa—. Nunca hay que escuchar a los hombres. ¿Por qué les gustarán tan grandes?
—Eso me pregunto yo —respondió Paula, buscando la complicidad de Amelia.
—¿Y Ricardo? —preguntó Mila, quitándose las gafas de sol.
—No lo hemos visto —dijo Amelia con una indiferencia cuidadosamente medida.
—Estás muy delgada —añadió Mila—. Deberías comer mejor.
Amelia tensó la mandíbula, pero no contestó.
Mila la abrazó con efusividad y le plantó un beso ruidoso antes de desabrocharse la camisa. Bajo la tela ligera apareció un bikini atrevido, casi desafiante. El cuerpo seguía siendo espectacular. Eso nadie podía negarlo.
—Veo que vienes preparada —comentó Paula.
—Hoy, oficialmente, estoy de vacaciones —respondió Mila con una sonrisa tensa—. Y nada ni nadie va a estropearlas.
Pero por dentro seguía hirviendo.
Apenas veinte minutos antes, ella y Ricardo habían vuelto a discutir en el coche. Él la dejó frente a un hotel del pueblo y se marchó sin mirar atrás. Aquella distancia, pensó, quizá fuera lo único que aún podían ofrecerse.
Ricardo, por su parte, se apoyó en la puerta de la habitación y cerró los ojos un instante.
Solo quería silencio.
Y empezar de cero.
Pero al otro lado del jardín, bajo el sol, Amelia estaba allí.
Y eso lo complicaba todo.
En ese momento, el sonido seco de algo rompiéndose llegó desde el interior de la casa.
Las risas junto a la piscina se apagaron.