Capítulo Siete
Apariencias engañosas
Douglas le había hecho el amor por segunda vez aquella mañana.
La habitación aún conservaba el aroma tibio de la piel y el desorden íntimo de las sábanas revueltas. Tal vez fuera el calor, o la comida, o esa sensación extraña de tiempo suspendido que envolvía la finca, pero desde su llegada parecían incapaces de separarse.
El día anterior, sin embargo, Amelia había vivido en una especie de desajuste interior. Sonreía, hablaba, nadaba con sus hermanas… pero por dentro algo no terminaba de encajar.
La bienvenida de Mila no la sorprendió. Siempre había sido así: el centro de todo. De niñas, de adultas, con o sin motivo. Mila, la protagonista inevitable.
Aun así, aquellas horas de piscina y sol habían resultado agradables. Cuando quería, sabía ser la mejor compañía, la payasa perfecta capaz de arrancar carcajadas y disolver tensiones.
Fue al ir a buscar más té helado cuando lo vio.
Ricardo estaba en el patio de la cocina, hablando por teléfono. De perfil. Ajeno por completo a su presencia.
Amelia se detuvo en seco, refugiándose en la penumbra del umbral. Hacía casi siete años que no se veían. La última vez fue en la comunión de Helena. Entonces él parecía un hombre pleno, seguro de su lugar en el mundo.
Ahora no.
Había cambiado. Más corpulento, más firme. El gimnasio había dejado su huella en los brazos tensos, en la espalda amplia. Pero había algo nuevo en su expresión: una sombra leve, casi imperceptible. Una tristeza contenida que lo hacía aún más atractivo.
Peligrosamente atractivo.
Ricardo giró el rostro.
Sus miradas se encontraron.
Amelia reaccionó con torpeza, abriendo el frigorífico con un golpe innecesario y hundiendo la cabeza en su interior como si el té no estuviera justo delante. Se sintió descubierta. Vulnerable. Ridícula.
Cerró la puerta tras unos segundos absurdamente largos.
Y allí estaba él.
—Hola, Amelia —dijo con una sonrisa sincera—. Me alegro mucho de verte.
—Hola…
—Estás estupenda.
Su mirada recorrió su figura sin disimulo.
—¿No me vas a dar un abrazo?
—Oh… sí, claro. Perdona, yo venía a… —levantó la jarra—. Por esto.
Dejó el té sobre la mesa y abrió los brazos.
Ricardo no dudó. La rodeó con una fuerza inesperada, elevándola apenas del suelo, hundiendo el rostro en su pelo como si necesitara comprobar que era real.
Era injusto, pensó él. Pero también inevitable.
Amelia tampoco salió indemne. Sintió su pecho firme, el calor de su respiración, el aroma familiar de su colonia.
Todo seguía ahí.
Ricardo seguía siendo Ricardo.
Fue ella quien rompió el abrazo.
No era justo. Ella tenía pareja.
—Tengo que irme —murmuró—. Paula y Mila están esperando.
Cogió la jarra y se alejó sin mirar atrás.
Ricardo se quedó inmóvil, con los brazos cayendo lentamente a los lados.
Le había gustado sentirla. Demasiado.
***
La cena fue el primer momento en que todos coincidieron.
Amelia con Douglas.
Paula con Carlos.
Mila… y Ricardo.
El gran salón, reservado antaño para ocasiones especiales, volvió a llenarse de voces, copas y reflejos dorados sobre la vajilla antigua. El vino fue soltando lenguas, suavizando aristas. Si había rencores, quedaron ocultos bajo brindis y anécdotas compartidas.
Quizá, solo quizá, aquellas vacaciones no serían un desastre.
***
El silencio de la casa a esa hora tenía algo de conspiración.
Amelia bajó a la cocina descalza, guiada por la sed… y por una inquietud que no lograba nombrar. La luz tenue de una lámpara solitaria dibujaba sombras suaves sobre las paredes encaladas.
Se sirvió agua con lentitud, como si cada gesto pudiera delatarla.
—No deberías andar así —dijo una voz a su espalda—. La casa es grande. Uno puede perderse.
Amelia se giró despacio.
Ricardo estaba apoyado en el marco de la puerta, con una camiseta oscura pegada al cuerpo y el cabello aún húmedo.
—No sabía que había toque de queda —respondió ella.
—No lo hay. Solo advertencias.
La distancia entre ambos se redujo casi sin darse cuenta. Amelia sintió el calor de su cuerpo antes de que él se detuviera. Demasiado cerca.
—Deberías volver con Douglas —añadió Ricardo en voz baja.
—¿Y tú? —preguntó ella—. ¿No deberías estar… en otra parte?
Ricardo la miró fijamente. Sus ojos descendieron un instante hasta sus labios y regresaron después, cargados de algo que ninguno quiso nombrar.
—Eso intento.
—Esto es un error —susurró Amelia.
—Lo sé.
No se apartó.
Ricardo levantó una mano, deteniéndola a escasos centímetros de su brazo.
—Pero hay errores que uno ve venir… y aun así no sabe evitar.
Amelia cerró los ojos un segundo.
Cuando los abrió, dio un paso atrás.
Solo uno.
—Buenas noches, Ricardo.
Pasó junto a él, rozándolo apenas. Lo suficiente para que ambos lo sintieran.
Ricardo se quedó solo en la penumbra, con el corazón golpeándole el pecho.
En su habitación, Douglas dormía profundamente.
Amelia se deslizó bajo las sábanas con cuidado. Se acurrucó junto a él, buscando una calma que no llegó.
El silencio de la finca pesaba más que nunca.
Cerró los ojos.
Y comprendió, con una lucidez inquietante,
que el verdadero peligro de aquella casa no eran los secretos.
Era todo lo que despertaba.
Algunos errores no se cometen por sorpresa.
Se eligen con los ojos abiertos