Capítulo Nueve
Lo que el silencio empieza a revelar
Esa noche Amelia y Douglas no hicieron el amor.
No fue una decisión consciente ni una discusión velada. Solo una distancia silenciosa que se deslizó entre ambos cuando él regresó tarde y ella fingió dormir. Douglas no insistió. Y eso, de algún modo, la alivió más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Se despertó a las seis. Permanecer en la cama significaba enfrentarse a preguntas para las que no tenía respuestas, así que se levantó despacio, cuidando cada movimiento para no despertarlo. Cerró la puerta tras de sí con un cuidado casi culposo.
La casa aún dormía.
Milagros lo había dejado todo preparado la noche anterior, como siempre. Aquel orden impecable le recordó lo poco que controlaba en realidad el suyo propio.
Mientras preparaba el café, la voz de Paula volvió a colarse en su mente.
Ricardo sigue sintiendo cosas por ti.
No puede tener razón, se dijo.
Todo había sido producto del vino, de los recuerdos, de una cercanía forzada después de años sin verse. Nada más. Ricardo pertenecía a otra etapa. A otra vida.
O al menos, eso necesitaba creer.
El aroma del café recién hecho llenó la cocina con una calidez engañosa.
***
Ricardo dobló el periódico sin demasiado interés. No le importaba que tuviera dos días de atraso. La actualidad era irrelevante cuando la cabeza estaba en otro sitio.
Decidió bajar a nadar.
Necesitaba el agua.
El movimiento.
El silencio.
Cerró la puerta tras de sí con la taza de café aún caliente entre las manos, convencido de que a esas horas estaría solo.
***
Amelia salió al jardín con el desayuno preparado, buscando exactamente eso: silencio.
El cielo estaba limpio. El calor ya empezaba a notarse y el canto insistente de las chicharras le resultó extrañamente reconfortante.
Eligió la tumbona iglú al fondo del jardín. Aislada. Protegida.
Intentó leer, pero las palabras se le escurrían sin sentido.
Entonces, el sonido del agua al caer la obligó a levantar la vista.
Y lo vio.
Ricardo.
El corazón le dio un vuelco inmediato. Durante un segundo pensó en levantarse, en anunciar su presencia, en ser adulta y normal. Pero el cuerpo no le respondió. Se quedó quieta, suspendida entre la vergüenza y algo mucho más incómodo: la necesidad de observarlo.
Solo un instante, se prometió.
Se permitió mirarlo con una atención que no se había concedido en años. Su manera de moverse, la naturalidad de su cuerpo, la seguridad tranquila con la que ocupaba el espacio.
No era solo deseo, era simplemente memoria.
Cuando Ricardo se lanzó a la piscina y nadó bajo el agua en su dirección, el pánico la sacudió de golpe.
Me ha visto. Seguro que me ha visto.
El corazón comenzó a latirle con fuerza mientras él emergía cerca, apoyando los codos en el borde. Amelia contuvo la respiración. Si daba un paso más, si giraba la cabeza… no sabría qué hacer. No sabría qué decir.
Se obligó a no moverse. A no delatarse.
Cada segundo le pareció eterno.
Entonces apareció Mila.
Amelia sintió un alivio inmediato, seguido de una culpa punzante. No escuchó las palabras, pero reconoció el tono. La rigidez. La incomodidad.
Mila se marchó molesta.
El alivio duró poco.
Ricardo no se fue.
Y entonces apareció Paula.
Esto ya es absurdo, pensó Amelia, al borde de una risa nerviosa.
Cuando Paula miró hacia la tumbona, Amelia tuvo el impulso infantil de esconderse más. Aquella sensación de ser observada, incluso sin pruebas, le tensó el estómago.
Finalmente, Ricardo salió del agua.
Amelia se dejó caer sobre los cojines, exhausta, como si hubiera corrido sin moverse del sitio.
No estoy bien, pensó.
La sombra que cayó sobre ella la hizo sobresaltarse.
—Shhh… ¿te has vuelto loca? —susurró Paula.
Amelia se llevó la mano a la boca para no gritar.
—Casi me matas del susto.
—Te ha visto —dijo Paula sin rodeos.
El calor les subió a las mejillas. Vergüenza… y algo más.
—¿Entonces por qué hablaba contigo?
—Porque necesitaba hablar —respondió Paula—. Como tú.
Esa frase la desarmó.
—¿Y ahora qué? —preguntó Amelia.
—Ahora bajas a desayunar. O sales a caminar. O nadas. Pero dejas de esconderte.
Amelia tragó saliva.
—Él está libre. Yo no.
Decirlo en voz alta hizo que pesara más.
Paula sonrió con una mezcla de ironía y ternura.
—A veces lo difícil no es el deseo —dijo—. Es admitirlo.
Y se marchó.
Amelia se quedó sola, mirando el cielo azul sin verlo. Las chicharras seguían cantando, ajenas a todo.
No huía de Ricardo.
Huía de lo que despertaba en ella.
Y, por primera vez en mucho tiempo, no estaba segura de querer ganar esa batalla.
En ese momento, una ráfaga de viento más fuerte agitó las hojas del jardín.
El silencio pareció cambiar de textura.
Amelia frunció el ceño.
Desde la casa llegó el sonido leve de una puerta cerrándose.
No vio a nadie.
Pero sintió con una claridad inquietante
que ya no era la única que observaba desde la distancia.