Capítulo Ocho
Las primeras evidencias
—Paula, ¿qué les dio anoche a tus hermanas? —preguntó Carlos, acomodando la almohada bajo la cabeza mientras la observaba caminar desnuda hacia el baño.
—Supongo que el vino… o el ambiente —respondió ella con una sonrisa pícara, sentándose en la taza con la puerta abierta—. Mila estuvo especialmente animada con Douglas. Demasiado confiada, incluso.
Carlos soltó una risa baja, cargada de complicidad.
—Ven —la llamó, dando unas palmaditas sobre la almohada.
Paula regresó a la cama y se acomodó junto a él. Apenas habían dormido. La noche se había deslizado entre susurros y caricias lentas, con esa intimidad tranquila que solo aparece cuando el mundo exterior deja de importar.
—Cada día estás más hermosa —murmuró Carlos, besándole el hombro.
***
Amelia despertó con la cabeza embotada y una sensación difusa de inquietud instalada en el pecho. Giró despacio hacia Douglas, que dormía profundamente a su lado, ajeno a todo.
Le sorprendió lo sereno que parecía.
Ella, en cambio, recordaba demasiadas cosas: las risas, las copas compartidas, las miradas prolongadas. Y, sobre todo, la cercanía peligrosa de Ricardo en la cocina.
Negó con suavidad, como si así pudiera apartar el recuerdo.
—Una ducha… y café —murmuró.
Al bajar, encontró a Carlos con los gemelos, absortos frente al televisor.
—Buenos días, mis amores —saludó, esforzándose por sonar ligera.
Carlos la observó mientras ella se servía café.
—La noche estuvo bien, ¿verdad?
—Sí —respondió tras un sorbo—. Hacía tiempo.
—Douglas me cayó bien —añadió él—. Tiene algo… interesante.
Amelia asintió sin añadir nada. Prefería no hablar demasiado.
En ese momento apareció Paula con el móvil en la mano.
—Carlos, tu hermano no ha dejado de llamar.
Cuando él salió al jardín, Paula no perdió tiempo.
—Ricardo sigue sintiendo cosas por ti.
Amelia se tensó.
—Eso no es verdad.
—Anoche lo fue. Se le notaba.
Amelia bajó la mirada, atrapada entre el orgullo y la duda.
—Quizá… yo tampoco ayudé. Quería demostrarle que ya no me importaba.
—Pues lo lograste —dijo Paula con calma—. Y algo más.
El silencio entre ambas se volvió denso.
—¿Hay algo que no sé? —preguntó finalmente Paula.
Amelia dudó.
—Nos encontramos en la cocina. Hablamos… nada más. Pero fue raro. Demasiado cerca. Como si los años no hubieran pasado.
Paula suspiró con una mezcla de preocupación y resignación.
—Esto no ha hecho más que empezar. Y Mila no es tonta.
Antes de que Amelia pudiera responder, Mila apareció en el comedor con el teléfono aún en la mano y el gesto endurecido.
—Luego hablamos —dijo al colgar.
—¿Todo bien? —preguntó Paula.
—Era Helena. Y su padre —respondió con sequedad—. Me lo encontré en la piscina. No era lo que necesitaba esta mañana.
Amelia percibió el cambio inmediato en el ambiente.
Algo se tensaba entre ellas, invisible pero real.
Como una cuerda a punto de ceder.
***
Ricardo salió del agua de la piscina con el pecho ardiendo por el contraste del frío. Necesitaba moverse, cansarse, pensar en cualquier cosa menos en Amelia.
Pero la imagen regresaba una y otra vez.
Su risa.
Su forma de esquivarle.
El roce en la cocina.
Apretó los dientes.
No era solo deseo. Era algo más antiguo. Algo que nunca se había cerrado del todo.
***
El resto de la mañana transcurrió bajo una cautela casi palpable. Miradas que se esquivaban. Conversaciones que se interrumpían antes de profundizar demasiado.
Todos parecían conscientes de que algo comenzaba a gestarse bajo la superficie.
Para aliviar la tensión, los hombres decidieron salir a recorrer la finca a caballo. El aire abierto prometía ser más fácil de respirar que las emociones encerradas entre aquellas paredes.
Sin embargo, cuando los cascos de los caballos se perdieron en la distancia, el silencio que quedó en la casa resultó aún más inquietante.
Fue entonces cuando Paula notó algo.
La puerta del despacho estaba entreabierta.
Recordaba haberla cerrado esa misma mañana.
Avanzó despacio, con una sensación fría recorriéndole la espalda.
Al asomarse, lo vio.
Un cajón abierto.
Papeles desordenados.
Y sobre la mesa, una fotografía antigua que ninguna de las tres recordaba haber dejado allí.
En ella aparecían sus padres…
y una cuarta figura recortada en la sombra.
Paula sintió cómo el pulso se aceleraba.
Porque por primera vez desde que habían regresado, comprendió que la casa no solo guardaba recuerdos.
Guardaba pruebas.