Capítulo Diez:
La danza silenciosa de lo inevitable
—Puedo ver perfectamente lo mucho que estás disfrutando con este papel de organizadora —comentó Carlos desde el marco de la puerta mientras observaba a Paula terminar de arreglarse.
Ella sonrió sin girarse. Se alisó con calma el minivestido floral, dejando que la tela se acomodara con naturalidad sobre su espalda desnuda. Sabía exactamente lo que hacía. Siempre lo había sabido.
—No exageres —respondió, inclinándose para abrochar la hebilla fina de las sandalias—. Solo quiero que pasemos una noche agradable. Nada más.
Carlos no contestó de inmediato. La miró unos segundos con esa expresión reflexiva que utilizaba cuando intentaba anticiparse a un movimiento en una negociación.
Su mujer tenía un plan.
Y aquella velada no era, ni de lejos, tan improvisada como parecía.
La cena en la ciudad, las copas después en el Forever Beach, el taxi reservado para evitar preocupaciones… incluso el hecho de que Lourdes se quedara con los niños formaba parte de una coreografía cuidadosamente pensada.
Espontáneo en apariencia.
Medido en realidad.
***
Mila permaneció un instante más frente al espejo antes de empezar a vestirse.
—Cuarenta… —murmuró para sí, dejando escapar una media sonrisa.
No había tristeza en ese pensamiento, sino una seguridad casi placentera. Conocía su cuerpo, sus recursos, sus silencios. Eligió con calma la falda larga con abertura lateral y la blusa blanca que insinuaba sin revelar demasiado. El collar descendía justo hasta el punto donde la piel empezaba a volverse más cálida.
Nada era casual.
Nunca lo había sido.
Mientras delineaba sus labios, pensó en Douglas. En su acento, en su forma de observar sin parecer hacerlo. La idea de compartir la noche con él le resultaba… estimulante. Mucho más de lo que estaba dispuesta a reconocer en voz alta.
***
—Amelia, ¿has visto mi cinturón marrón? —preguntó Douglas desde el dormitorio.
—En el baño, detrás de la puerta.
Faltaba media hora para que llegara el taxi.
Amelia terminó de maquillarse y se contempló en el espejo con una serenidad que no sentía del todo. El vestido turqués se deslizaba sobre su piel como una caricia líquida, destacando el tono dorado de sus hombros. No buscaba provocar. Tampoco pasar desapercibida.
Era, simplemente, una forma de afirmarse.
Douglas se acercó por detrás y rodeó su cintura.
—Estás espectacular —susurró junto a su cuello.
—No es una competición —respondió ella con suavidad.
Pero sabía que mentía.
Al menos en parte.
El nombre de Ricardo seguía apareciendo en su mente con una frecuencia que empezaba a resultarle incómoda. Se sorprendía comparándolo con Douglas, y aquello la irritaba profundamente.
Se obligó a apartar ese pensamiento.
Ricardo pertenecía al pasado.
Y el pasado no debía mezclarse con el presente.
***
Ricardo fue el primero en salir del taxi al llegar al restaurante. Encendió un cigarrillo y observó el reflejo de la luna mientras exhalaba el humo con lentitud. Necesitaba unos segundos antes de enfrentarse a lo que sabía que iba a sentir.
Mila apareció enseguida, sonriente, ligera, demasiado natural. Intercambiaron comentarios triviales, como si ambos hubieran ensayado esa normalidad.
Después llegaron Douglas y Amelia.
Ricardo no pudo evitar mirarla. No era solo lo hermosa que estaba. Era la forma en que caminaba, la seguridad tranquila con la que ocupaba el espacio. Y también esa armonía casi involuntaria entre su imagen y la de Douglas.
Carlos y Paula cerraron el grupo. Paula evaluó la escena en cuestión de segundos. Miradas cruzadas. Gestos mínimos. Distancias que decían más que las palabras.
Todo estaba empezando a moverse.
***
Durante la cena, el ambiente resultó sorprendentemente distendido. El vino ayudó. Las risas también. Sin darse cuenta, Amelia y Ricardo comenzaron a hablar con una facilidad que los desconcertó a ambos.
Había silencios cómodos.
Confianzas antiguas que parecían intactas.
—Estás realmente preciosa esta noche —dijo él en voz baja—. Sé que no debería decirlo, pero no voy a fingir que no lo pienso.
Amelia sonrió sin levantar la mirada. No respondió. Pero tampoco lo rechazó.
Cuando se inclinaron al mismo tiempo para recoger una servilleta que había caído al suelo, sus frentes chocaron levemente. Ambos rieron, con esa complicidad espontánea que surge sin permiso.
Mila lo observó desde el otro lado de la mesa, tensando apenas la mandíbula.
***
El club estaba lleno de música, luces y cuerpos en movimiento.
Tras la primera copa, Mila tomó a Douglas del brazo con naturalidad.
—Ven, necesito un compañero digno.
Carlos se unió a ellos entre risas.
Amelia permaneció sentada unos minutos más. Ricardo se acercó ligeramente.
—Es extraño estar todos juntos después de tanto tiempo —comentó.
—Quizá estamos siendo más civilizados de lo que esperábamos —respondió ella.
En la pista, Mila bailaba como si el mundo se redujera al espacio que ocupaba su cuerpo. No buscaba el contacto directo. Lo sugería. Lo retrasaba. Lo hacía inevitable.
Douglas intentaba seguirla, adaptarse a su ritmo, mientras una mezcla de diversión y tensión comenzaba a dibujarse en su expresión.
Desde la mesa, Paula observaba cada detalle.
Y Amelia también.
Cuando Mila apoyó la frente un instante contra el hombro de Douglas, algo se tensó en el interior de Amelia. Una sensación incómoda, punzante.
No era solo celos.
Era algo más profundo.
Douglas no se apartó. Al contrario, dejó que su mano se afirmara con más seguridad en la cintura de Mila, como si ya no tuviera claro dónde terminaba el baile y empezaba otra cosa.
Mila lo notó.
Levantó apenas el rostro, rozando su mejilla con la de él, y sonrió sin necesidad de palabras.