La Casa Que Nos Rompio

Capítulo Once: La resaca de lo que no se puede ocultar

Capítulo Once

La resaca de lo que no se puede ocultar

Paula miró el reloj del comedor por tercera vez. No tenía prisa. Lo que tenía era certeza.

Siempre había sabido anticipar a Mila. Desde pequeñas. Era como si su hermana dejara una estela antes de aparecer, una señal invisible que anunciaba su llegada.

La había oído hablar por teléfono al pasar frente a su habitación. El tono tenso, la respiración contenida. Estaba enfadada.

Y cuando Mila se enfadaba, alguien acababa pagando.

Dos cafés después, apareció.

Llevaba gafas de sol, aunque dentro no hacían falta. Los labios ligeramente torcidos. La mandíbula apretada.

Resaca… o rabia. En ella, muchas veces, eran lo mismo.

Se detuvo al ver a Paula.

—Si vas a disparar, déjame al menos servirme un café primero.

Paula no respondió. Abrió la nevera con calma y empezó a preparar un bocadillo. Cada gesto lento, medido. Como si el silencio fuera parte de la conversación.

—Creo que voy a salir al jardín —dijo Mila, llenando la taza—. Me apetece un cigarro.

—¿Desde cuándo fumas? —preguntó Paula sin mirarla.

Mila ladeó la cabeza, con una media sonrisa.

—¿Desde cuándo tengo que darte explicaciones?

—Desde nunca. Pero no confundas libertad con descaro.

Mila apoyó la cadera en la encimera.

—Siempre tan correcta… incluso cuando quieres atacar.

Paula dejó el bocadillo en el plato.

—Anoche —dijo al fin, mirándola—. Douglas. Ese baile. Esa cercanía. ¿Era casualidad o estabas midiendo hasta dónde podías llegar?

Mila no apartó la mirada.

—Te estás montando una historia.

—No. Te conozco demasiado.

Hubo un pequeño silencio.

Mila dio un sorbo al café.

—Yo solo vi a un hombre pasándolo bien.

—Normal. Tenías el cuerpo pegado al suyo.

La sonrisa de Mila cambió. Se volvió más lenta. Más afilada.

—¿Y eso te molesta por Amelia… o por ti?

El golpe fue limpio.

Paula tensó la mandíbula.

—No te atrevas.

—Siempre has sido muy buena señalando mis defectos —continuó Mila con calma—. Pero curiosamente bastante indulgente con los tuyos.

El silencio se volvió denso.

Paula se levantó despacio.

—Haz lo que quieras, Mila. Siempre lo haces. Pero esta vez no finjas sorpresa cuando no seas la única que salga herida.

Mila no respondió. Esperó a que su hermana desapareciera por el pasillo.

Y entonces sonrió.

Había sido mutuo.
Intenso.
Y, sobre todo… secreto.

Nadie los vio entre las tumbonas, bajo la noche tibia, con el rumor del mar colándose entre las sombras.

Cerró los ojos un instante.

Se sentía viva otra vez.

Y eso, pensó, siempre había tenido un precio.

***

Amelia se despertó despacio y, al girarse, descubrió el vacío a su lado.

Parpadeó, desorientada.

Las doce y diez.

Sonrió apenas.

Se habían acostado pasadas las tres. La noche había sido ligera, agradable. Incluso había disfrutado de la conversación con Ricardo, algo que durante años había evitado.

Y eso era precisamente lo que más la inquietaba.

Había sido demasiado fácil.

Demasiado natural.

Como si no hubiera pasado el tiempo… o como si todo estuviera esperando exactamente ese momento para volver. Se incorporó lentamente, con una sensación extraña instalándose en el pecho.

***

Ricardo se detuvo en seco durante la carrera y apoyó las manos sobre las rodillas, respirando con dificultad. El sudor le caía por la frente, pero no lograba despejar la mente.

Mila había vuelto a jugar.

Y la historia empezaba a repetirse.

Otra vez el mismo patrón.
Otra vez Amelia en medio.

Apretó los dientes.

Él tampoco estaba limpio.

Había fallado dos veces. Primero, dejando que una discusión absurda lo separara de Amelia. Después…

Después tomando la peor decisión de todas.

Casarse con Mila.

Se pasó una mano por la cara.

No servía de nada pensar en eso ahora.

A lo lejos vio el todoterreno acercarse levantando polvo. Carlos conducía. Douglas iba a su lado.

Redujeron la velocidad al llegar a su altura.

—¿Te subes? —preguntó Carlos.

Ricardo dudó un segundo. Solo uno.

Luego asintió.

—Claro.

Se acomodó en el asiento trasero.

Durante unos segundos nadie habló.

Ricardo observó a Douglas de perfil.

Tranquilo. Seguro. Ajeno.

De momento, pensó.

Porque todos tenían un punto débil.

Y él sabía esperar.

***

Las tres hermanas almorzaron juntas mientras los gemelos jugaban en la piscina. El sonido del agua rompía un silencio que, de otro modo, habría sido demasiado evidente.

—Niñas… —dijo Milagros, dejando una fuente de fruta—. Os noto muy calladas. ¿Lo pasasteis bien anoche?

Mila se llevó los dedos a la sien.

—La resaca. No tiene más misterio.

Amelia habló del restaurante, de la música, de lo tarde que habían vuelto. Su voz sonaba normal. Demasiado normal.

Mila lanzaba miradas rápidas hacia Paula.

Paula no respondía.

—Pero a Mila se la vio disfrutar —añadió Amelia—. Se adueñó de la pista. Hasta Douglas se animó.

Paula levantó la vista lo justo.

—Sí… se le da bien moverse.

Mila llenó su vaso de agua.

—Yo hoy me quedo en la piscina. Nada de planes.

—Yo leeré un rato —dijo Amelia—. Douglas ha salido.

—Y yo tengo lavadoras pendientes —añadió Paula.

Territorio seguro.

Conversaciones neutras.

Hasta que Paula habló.

—¿Y lo vuestro? ¿Cómo va el divorcio?

Mila levantó una ceja.

—Ahí estamos.

—Es una pena —continuó Paula—. Se os veía tan… estables.

Mila sonrió, suave.

—Nada dura para siempre. ¿Verdad, Amelia? Al final, todas estamos en el mismo barco.

La cuchara de Amelia quedó suspendida en el aire.




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