La Casa Que Nos Rompio

Capítulo Doce: Hurgar en el pasado tiene un precio

Capítulo Doce

Eran apenas las ocho de la mañana cuando Amelia y Mila abandonaron la hacienda rumbo al pueblo. Iban a hacer algunas compras.

El día anterior, en la piscina, Mila había mostrado un interés inusual por su vida personal. Amelia no pudo evitar recordarlo. Cuando ella lo había pasado mal con la separación, Mila apenas preguntó cómo estaba. Sin embargo, sí había tenido tiempo para escribirle a Salvatore.

Siempre tan pendiente de las emociones ajenas… menos de las de su propia hermana.

—¿Paramos a desayunar en Los Claveles? —Propuso Mila mientras ponía el coche en marcha.

Era la cafetería donde solían ir cuando bajaban al pueblo.

—Sí. Además, no he desayunado.

Amelia sentía cierta curiosidad. No estaban tan unidas como ella y Paula. Y no era por falta de ganas. Era Mila, siempre opinativa, siempre en el centro, siempre creando alguna grieta.

—Creo que lo echaré de menos —dijo Mila de pronto.

—¿El qué?

—La hacienda. Todo esto.

—¿Y por qué no la compras? No será por dinero.

Mila negó con la cabeza.

—Lo dejé claro el día que me fui. Esto solo me daría dolores de cabeza. Me gusta venir, disfrutar… pero no vivir aquí. No quiero acabar como mamá, enterrada entre estas tierras.

—Yo no creo que fuera tan infeliz —respondió Amelia—. Nunca se quejó.

Mila sonrió con cierta amargura.

—Tú no estabas aquí cuando se quedaba sola semanas enteras.

—Podrías traer a Helena. Rehacer tu vida.

Mila soltó una risa breve.

—Siempre dices lo mismo. Como si los hombres buenos estuvieran esperando en una esquina.

—Quién sabe. Igual tú, Mr. Right está por ahí perdido, esperando el encontronazo.

Mila no pudo evitar reír.

—Pues espero que se quite la venda antes de chocarse con una farola.

***

—Buenos días —saludó Ricardo al entrar en el comedor.—¿Sin los gemelos?

Carlos y Paula desayunaban con tranquilidad. La casa aún estaba envuelta en esa calma engañosa de media mañana.

—Ayer Lourdes los dejó agotados en la piscina —explicó Paula—. Estoy pensando en adoptarla.

Ricardo sonrió.

—¿Cómo estás? —preguntó Carlos—. La caída de ayer no fue pequeña.

Ricardo se llevó la mano a la espalda.

—Sobreviviré. Lo que no sé es cómo aguanta Douglas con la bebida.

—Raíces escocesas —bromeó Carlos—. Es una esponja.

Paula dejó la taza en el plato.

—Tus dos ex se han ido de compras juntas.

Ricardo alzó las cejas.

—Pues que lo pasen bien.

Paula se inclinó hacia él, bajando la voz.

—Mila está interesada en Douglas.

Ricardo suspiró.

—No quiero que nadie salga perjudicado. Y mucho menos Amelia.

Paula lo miró fijamente.

—¿Sigues enamorado de ella?

La cucharilla chocó contra la taza.

—Paula… —murmuró Carlos.

—Déjala —dijo Ricardo con calma.

Paula no apartó la mirada.

—Ayer hablé con Mila. No lo negó. Y sé que hubo algo más.

Carlos negó con la cabeza.

—No saques conclusiones precipitadas.

—Los vi —insistió Paula—. Bajaron hacia la playa juntos. Muy juntos.

Ricardo la miró en silencio.

—¿Estás segura?

—Completamente.

El silencio se volvió espeso.

—Pero tengo un plan —añadió Paula—. Y necesito tu ayuda.

Carlos suspiró.

—Cuando te pones así, das miedo.

—No quiero hacer daño a nadie —respondió ella—. Solo darle a Mila una lección.

Ricardo asintió despacio. No parecía mala idea.

Se levantó de la mesa.

—Y respondiendo a tu pregunta… —dijo, mirando a Paula—. Nunca he dejado de querer a Amelia. Fui un imbécil. No puedo cambiar el pasado… pero sí lo que haga a partir de ahora.

Paula sostuvo su mirada.

Porque en ese mismo instante, sin que ninguno lo supiera,
muy lejos de allí, en el pueblo…

Mila estaba a punto de hacer algo
que no entraba en ningún plan.

Y, por primera vez en días, sintió que las piezas empezaban a moverse en la dirección correcta.




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