La Casa Que Nos Rompio

Capítulo Trece Bajo las luces, todo arde

Capítulo Trece

Bajo las luces, todo arde

La noche anterior le había dejado a Ricardo demasiadas cosas en la cabeza.

No estaba seguro de lo que Amelia sentía. Ni siquiera de lo que él mismo debía hacer. Solo tenía claro algo: no quería volver a equivocarse. No otra vez.

Aun así, una chispa incómoda de esperanza se abría paso.

Amelia no se había apartado cuando la besó en la bodega.

Ese recuerdo seguía ahí.
Demasiado vivo.

—Dios… ayúdanos —murmuró para sí mientras esperaba dentro del todoterreno.

Carlos y Douglas cruzaban el patio en ese momento, todavía riendo por algo que él no había escuchado. Ricardo arrancó el motor antes de que subieran.

Carlos ocupó el asiento trasero. Douglas se sentó delante.

Ricardo lo miró por el retrovisor.

Recordó las palabras de Paula:

Sé amable. Nada de escenas.

Apretó la mandíbula.

Como si fuera tan fácil.

Carlos sonrió, ajeno a la tensión.

Ricardo, en cambio, solo podía pensar en una cosa:
borrarle esa sonrisa al escocés.

—Amelia, ven un momento —dijo Paula desde la cocina, sin dejar de cortar bacalao.

—Ya voy.

Amelia dejó sobre la mesa una caja con naranjas, cebollas y aceite.

—¿Tenemos suficiente?

—De sobra. ¿Has traído aceitunas negras?

—No. Solo verdes.

—Servirán.

La cocina olía a vinagre, ajo y nervios contenidos.

Ese día cocinaban ellas. Milagros estaba oficialmente invitada y tenía prohibido acercarse a los fogones.

—¿Dónde está Mila? —murmuró Paula—. Siempre desaparece cuando hace falta.

—Te he oído —respondió Mila entrando con una caja de bebidas.

Paula abrió una de las botellas y frunció el ceño.

—¿Estás loca? Este vino es carísimo. Papá habría montado un espectáculo.

Mila se encogió de hombros.

—Para algo está.

—No se va a abrir hoy. He mandado a los hombres por cerveza y sangría.

Mila sostuvo la botella en alto, observándola a contraluz.

—Pues esta sí se abre. Esta noche.

Su sonrisa tenía algo distinto. Más decidido. Más… personal.

Sin añadir nada más, cogió la botella y salió de la cocina.

Paula suspiró.

—Siempre igual.

Amelia siguió pelando huevos, distraída.

—¿Para qué se habrá llevado el vino?

Paula no respondió.

Lo sabía.

Pero todavía no tenía pruebas.

Mila cerró la puerta de su habitación y se apoyó contra ella unos segundos.

El silencio la envolvió.

Se acercó al espejo, se soltó el pelo y lo dejó caer sobre los hombros. Lo observó con calma, con ese conocimiento íntimo que tenía de sí misma.

Sabía que estaba guapa.

Siempre lo había sabido.

Era, quizá, lo único que nunca le había fallado.

Pero aquella casa…

Aquella casa la empujaba hacia atrás.

Hacia recuerdos que no quería revivir.

Las discusiones de sus padres.
Las miradas de decepción.
El silencio de su madre.

Siempre había sido ella.

La que rompía las normas.
La que no encajaba.
La que se marchaba primero.

Se sentó en la cama.

—Esta vez será diferente —susurró.

Pero no terminó de creérselo.

Pensó en Douglas.

Y sintió esa mezcla peligrosa que tanto conocía: deseo… emoción… y algo parecido a esperanza.

Eso era lo verdaderamente peligroso.

Porque Mila nunca había sabido cuidar lo que quería de verdad.

Abrió el armario. Escondió la botella junto a dos copas.

Cerró.

Se miró una última vez.

Aquella noche prometía.

Y si todo salía como esperaba…
no terminaría sola.

***

A las ocho empezaron a llegar los primeros invitados.

La piscina brillaba con velas flotantes. Las guirnaldas de luces colgaban entre los árboles, moviéndose suavemente con la brisa. El aire olía a jazmín, a verano… y a carbón encendido.

La casa volvía a estar viva.

Habían preparado comida para un ejército.

Tortillas. Gazpacho. Ensaladas. Quesos. Jamón.

Las bandejas se vaciaban casi al mismo ritmo que los vasos se llenaban.

Ricardo y Douglas se encargaban de la parrilla. El escocés parecía cómodo, integrado, riendo con los vecinos como si llevara años allí.

Ricardo lo observaba sin decir nada.

Midiendo.

Esperando.

La música subía. Los gemelos bailaban sobre una improvisada pista de césped artificial.

La noche crecía.

Y con ella, algo más.

—¿Pero qué lleva puesto? —susurró Amelia.

Mila acababa de aparecer.

Shorts diminutos.
Top ajustado.
Demasiado para una barbacoa familiar.

Incluso Ricardo la miró un segundo de más… no con deseo, sino con desaprobación.

Paula lo entendió al instante.

Plan B, pensó.

Douglas tampoco disimuló.

Su mirada se detuvo demasiado tiempo.

Ricardo lo vio.

—Será cabrón… —murmuró.

—Mila, ¿puedes traer más hielo? —pidió Amelia desde la mesa.

—Claro.

Mila no fue directamente.

Se acercó primero a la parrilla.

—Te necesito un segundo —le dijo a Douglas, tocándole el brazo con naturalidad.

Él dudó apenas.

Y fue suficiente.

Se dejó llevar.

Entre risas, se alejaron hacia una zona más oscura del jardín.

Ricardo intentó escuchar algo, pero la música y las voces lo ahogaban todo.

Un minuto después, los vio moverse hacia la casa.

Douglas con una excusa.

Mila delante.

El mundo pareció detenerse.

Ricardo miró hacia el grupo.

Amelia hablaba con unos vecinos. Sonreía. No había visto nada.

Volvió a mirar hacia la casa.

Luego hacia Amelia.

Y algo dentro de él se tensó definitivamente.

No.

No iba a permitirlo.

Se limpió las manos en un trapo y caminó hacia ella, decidido.

Porque si esa noche alguien iba a cambiar el rumbo de las cosas…

no sería Mila.




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