Capítulo Catorce
La línea que no debía cruzarse+
Los primeros rayos de sol acariciaban la piel de Ricardo.
Se movió lentamente, notando el brazo derecho entumecido, como si hubiera pasado la noche sosteniendo algo demasiado pesado… o demasiado importante.
Parpadeó varias veces.
Aquella no era su habitación.
No era su cama.
Y la cabeza que descansaba sobre su pecho no era una almohada.
Era Amelia.
Durante unos segundos no se movió.
Solo la miró.
El silencio de la mañana lo envolvía todo, roto únicamente por el canto lejano de algún pájaro y el rumor suave del jardín despertando.
Giró ligeramente la cabeza.
La hamaca iglú. Las copas. Las botellas vacías. Restos de una noche que había perdido cualquier sentido de medida.
Todo encajó poco a poco.
Habían pasado la noche allí.
Juntos.
Con cuidado, deslizó el brazo de debajo de su cuerpo. Amelia apenas se movió. Dormía profundamente, con el pelo desordenado sobre la mejilla y la respiración tranquila, ajena por completo a lo que vendría después.
Ricardo se incorporó despacio.
Entonces fue consciente de su propio cuerpo.
Estaba desnudo.
Arrastró la toalla con torpeza para cubrirse y volvió la mirada hacia ella. Solo llevaba el sujetador. El resto de la sábana se enredaba de forma descuidada entre sus piernas.
No pudo evitar sonreír.
Habían pasado la noche juntos.
Y, durante un instante, todo pareció tener sentido.
Pero la realidad regresó con la misma rapidez.
No podían quedarse allí.
Si alguien los veía… todo estallaría.
Se inclinó y la cubrió con cuidado hasta los hombros, como si aquel gesto pudiera protegerla de lo que ya era inevitable.
Se levantó.
El mareo lo obligó a apoyarse en el borde de la estructura.
—Joder… —murmuró.
Resaca. Y de las fuertes. Miró las botellas: vino, vodka… una mezcla absurda. Acercó una copa a la nariz y la apartó de inmediato, con una mueca.
Aun así, la sonrisa volvió.
Había pasado la noche con ella.
Y eso… no iba a borrarse.
***
Mila abrió los ojos lentamente.
La luz se colaba entre las cortinas, dibujando líneas suaves sobre las sábanas. Durante un segundo no se movió, disfrutando de esa sensación cálida y difusa que quedaba después de una noche intensa.
El brazo de Douglas descansaba sobre su cintura.
Sonrió.
Había sido una noche de las que no se olvidan.
Recordó la bodega. Las risas. Las copas. La forma en que todo había ido perdiendo sentido… y al mismo tiempo cobrando uno completamente distinto.
Subir las escaleras con el corazón acelerado.
Cerrar la puerta.
Dejar de pensar.
Se giró ligeramente para mirarlo.
Douglas dormía profundamente, ajeno a todo. Relajado. Vulnerable.
Mila lo observó unos segundos más.
Y sintió algo peligroso.
No era solo deseo.
Era esa chispa que siempre la empujaba a cruzar un poco más allá.
Se incorporó despacio, sin despertarlo.
Y por primera vez en mucho tiempo…
no sintió remordimiento.
***
—Carlos… te digo que he oído algo en el pasillo —susurró Paula, deteniéndose sobre él.
—No te pares ahora, por favor… —murmuró él, todavía medio perdido en el momento.
Paula sonrió, pero su gesto cambió enseguida.
—Escucha… ahora.
Carlos se quedó en silencio unos segundos.
—No oigo nada.
—Yo sí —insistió ella—. Y no somos los únicos que están… ocupados esta noche.
Carlos intentó atraerla de nuevo.
—Pues mejor para ellos.
Pero Paula ya no estaba en lo mismo.
Se apartó.
—Ese ruido viene de la habitación de Mila.
Carlos se incorporó, confundido.
—¿Dónde vas?
—A comprobar que no estoy loca.
Salió al pasillo con cuidado. Caminó descalza, evitando cualquier ruido. La puerta de Mila estaba entrecerrada.
Se acercó.
Apoyó la oreja.
Un suspiro.
Un movimiento.
Suficiente.
Sonrió.
Cuando volvió al dormitorio, su expresión había cambiado.
—Tenía razón.
Carlos la miró, incómodo.
—¿Qué has hecho?
—Mila y el escocés están juntos.
El silencio cayó entre ellos.
Carlos se levantó de la cama.
—Paula… ¿qué pretendes?
—Que dejen de engañarse. Todos.
—Amelia está con él —dijo Carlos, bajando la voz.
—Y Ricardo fue su pareja durante años.
Carlos negó con la cabeza.
—No deberíamos meternos en esto.
Paula lo miró fijamente.
—Yo sí.
Se levantó y empezó a vestirse.
—¿Adónde vas ahora?
—A dormir con los niños.
Carlos suspiró, frustrado.
—¿En serio?
—Esta noche te apañas solo.
Cerró la puerta.
El golpe resonó más de lo necesario.
Carlos se dejó caer en la cama.
—Perfecto…
***
Amelia se despertó lentamente bajo el sol del mediodía.
La luz le molestó en los ojos. La cabeza le pesaba. La boca seca.
Se movió apenas.
Y entonces lo recordó todo.
La música.
El vino.
Las manos de Ricardo.
Su voz.
Su cercanía.
—Oh… Dios…
El peso de lo ocurrido cayó de golpe.
Había cruzado una línea.
Y no una cualquiera.
Había sido infiel y bajo el mismo techo.
El sonido de unos pasos la hizo incorporarse de golpe. Se cubrió con la sábana justo cuando Ricardo apareció.
—Buenos días —dijo él, con una calma que contrastaba con todo—. ¿Cómo estás?
Amelia lo miró.
El pelo húmedo. La piel limpia. Ese aire sereno que siempre había tenido.
Y que ahora le resultaba peligroso.
Demasiado.
Se cubrió más, incómoda.
Ricardo se sentó a su lado con naturalidad y pasó un brazo alrededor de sus hombros. Amelia no se apartó, pero su cuerpo no respondió.
—Lo de anoche… —empezó ella, evitando mirarlo directamente—. Creo que deberíamos olvidarlo.