La Casa Que Nos Rompio

Capítulo Quince: Simplemente, ellas

Capítulo Quince

Simplemente, ellas

—Buenos días..

Mila habló a su espalda. Jaime, el muchacho con el que había compartido juegos y secretos en la adolescencia, ya no era aquel chico flaco de las cuadras. Ahora tenía delante a un hombre curtido por el sol, con los hombros anchos y la piel tostada por los veranos interminables.

Jaime sonrió al reconocer la voz. Se giró despacio.

—Los años no pasan por ti.

Dejó la silla sobre el potro de madera y la observó sin disimulo.

—Lo mismo diría yo. Estás mucho más moreno de cómo te recordaba.

—Las horas bajo este sol no perdonan —respondió, ajustándose el sombrero—. No sabía que estabas por aquí. ¿Cuándo llegaste?

—Hace algo más de una semana —dijo ella, acercándose un poco—. ¿Entramos? Aquí fuera se derrite una.

—Como en tu casa.

Jaime se apartó para dejarla pasar. Mila recorrió el interior con calma. Todo seguía casi igual: el olor a madera, las herramientas, el escritorio de siempre. Solo algunas máquinas nuevas y varios trofeos en las estanterías de la oficina acristalada rompían la ilusión de que el tiempo no había pasado.

—Nada cambia demasiado por aquí.

—Dicen que las personas son las únicas que cambian —respondió él—. El material se sustituye y parece que todo sigue igual.

Mila sonrió.

—Muy cierto.

Se sentó en una esquina de la mesa.

—¿Qué te ha hecho volver? La última vez que te vi juraste que no regresarías. Y además te ibas casada.

—De eso hace mucho —respondió ella, golpeando la mesa con los nudillos—. Es como esto. Puedes lijarla, barnizarla, dejarla como nueva… pero por dentro sigue siendo la misma madera.

—Me alegra oír eso. ¿Vais a quedaros en la finca?

—No. Vamos a venderla. No es mi mundo. Suena feo, lo sé, pero no nací con sangre de granjera.

Jaime cogió el botijo y bebió antes de ofrecérselo. Mila negó con la cabeza.

—Soy mujer de ciudad. Madre y divorciada. Pero cuéntame tú… ¿qué has hecho este tiempo?

Jaime se tomó unos segundos antes de responder. Mila aprovechó para observarlo con detenimiento: el sudor resbalando por su cuello, los brazos fuertes, la forma en que tragaba el agua. No tenía el físico de Douglas, pero resultaba atractivo a su manera. Más sólido. Más real.

Recordó lo buen amante que había sido.

Un cosquilleo le recorrió el estómago.

—Mi vida no ha sido tan movida como la tuya —dijo él, secándose la barbilla—. Me casé, aunque no acerté mucho. Ella no es mujer de campo. Es como tú. Pero seguimos juntos… a nuestra manera.

Mila alzó una ceja.

—¿Dónde está ahora?

—La dejé esta mañana en el aeropuerto. Vuelve en dos semanas.

Le guiñó un ojo.

Era exactamente lo que quería oír.

Mila se levantó, le quitó el botijo de las manos y bebió.

—¿Estás ocupado esta tarde? Me gustaría montar a caballo al atardecer.

Jaime siguió con la mirada la gota que resbalaba por su barbilla hasta perderse en el escote de su camisa anudada a la cintura.

—No tengo caballos dóciles esta semana. Solo dos yeguas… y el mío.

—¿Aún tienes a Lucifer?

—Claro. Lo cambié de cuadra. Prefiere estar solo. Se vuelve loco si huele otros machos.

—¿Sigue entero?

—Con ese nombre y ese pedigrí, no nació para castrado. ¿Quieres verlo?

—Me encantaría.

Salieron hacia las cuadras nuevas. Todo parecía igual y distinto a la vez. Como si el tiempo se hubiera limitado a pulir los bordes.

—Siempre me encantó este animal —dijo Mila al verlo.

—A mí siempre me has gustado tú.

Jaime se acercó por detrás. Le besó el cuello, la oreja, el hombro. Sabía exactamente cómo tocarla.

Mila respondió sin pensarlo. Se giró y lo sujetó con la mano, besándolo.

—Ven.

Jaime la llevó hasta una puerta lateral. La abrió. Dentro había un pequeño cuarto con cama y escritorio.

—Es del ayudante. Se queda aquí cuando hay mucho trabajo.

Mila sonrió mientras se desanudaba la camisa.

Sabía cómo acabaría aquello. Como siempre.

Y, por alguna razón, eso la tranquilizaba.

***

Paula no había dormido bien. Compartir la cama con su hija no estaba en sus planes para aquella noche.

Al menos ya sabía a qué jugaba Mila.

Unos golpes suaves en la puerta la sacaron de sus pensamientos. Abrió y encontró a Carlos con una taza de café.

—Te he echado de menos. Ya sabes que no duermo sin ti.

—Y yo sin ti… y sin espacio —respondió ella, sonriendo—. ¿Es para mí?

—Claro.

—¿Qué hora es?

—Las nueve y media. Mila se fue hace rato… y no sé nada de Ricardo ni de Amelia.

Paula lo miró. Era imposible enfadarse con él.

—Y ahora —añadió Carlos, acercándose—, vamos a terminar lo de anoche.

—Habrá que empezar desde el principio. Con lo mal que dormí, se me olvidó todo.

—No te preocupes. Empezamos de cero.

La besó con suavidad.

***

Amelia entró en la casa como una ladrona. Cruzó el pasillo de puntillas hasta su habitación. Al abrir, se detuvo.

La cama estaba intacta.

Vacía.

¿Dónde estaba Douglas? ¿Dónde había pasado la noche?

La última vez que lo vio, estaba animado, ayudando a recoger. Quizá se quedó bebiendo en el salón… pero ¿con quién?

No. Ahora no pensaría en eso.

Se miró al espejo y se llevó las manos a la cabeza.

—¿Pero en qué estabas pensando?

Solo llevaba el sujetador.

—¿Dónde están las bragas? ¿Y el vestido?

Se dejó caer en la cama. No sabía si llorar por él, por ella… o por los dos.

Había bebido demasiado. Quizá para olvidar. O para atreverse.

Se quedaron solos recogiendo. Encontraron una botella cerrada. Decidieron compartirla. Eligieron un sitio apartado. Y una cosa llevó a la otra.

Solo quería comprobar si Paula tenía razón.

Y la tenía.

Ricardo seguía siendo el mismo. Incluso mejor. Y ella había disfrutado como antes. Sin reservas. Sin prudencia.




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