La Casa Que Nos Rompio

Capítulo Dieciséis: El inesperado visitante

Capítulo Dieciséis

El inesperado visitante

EL TELÉFONO DE MILA NO DEJABA DE VIBRAR.

—Te están llamando —dijo Jaime desde el espejo, mientras se afeitaba.

Ella se incorporó entre las sábanas, buscándolo a tientas hasta encontrarlo bajo su ropa interior en el suelo. Miró la pantalla, sorprendida.

—¿Problemas? —preguntó él sin dejar de observarla a través del espejo.

—No. Es mi ex cuñado. Se me había olvidado por completo. La última vez que hablamos le comenté que estaríamos aquí. Dijo que pasaría, pero no lo tomé en serio… sabe que Amelia también está.

—¿Y cuál es el problema?

—Para mí, ninguno. Pero a nadie le gusta una visita inesperada… y menos si es un ex. Creo que debería irme. Llega en veinte minutos.

Jaime dejó la maquinilla sobre el lavabo.

—¿Montamos otra vez esta noche?

Mila sonrió mientras se subía las bragas.

—Es lo que más me apetece. Ahora que tengo tu número, será fácil.

Se acercó para besarlo. Jaime la sujetó por la cintura, atrayéndola contra su cuerpo.

—Si no te vas ahora, vas a llegar tarde.

Le rozó un pezón con la yema de los dedos. Mila se apartó con una sonrisa, terminando de vestirse.

—Me debes un desayuno.

Salió sin mirar atrás.

***

Amelia no daba crédito a lo que veía.

Salvatore, en carne y hueso, estaba en la finca. Lo observaba desde el gran ventanal del salón mientras hablaba con Felipe en el patio.

—Pero ¿qué hace este aquí? —murmuró.

Paula, a su lado, negó con la cabeza.

—Yo no lo he invitado.

—Ni yo. Era lo último que me faltaba.

Paula la miró de reojo.

—¿Qué te pasa? Estás rara desde esta mañana.

—Ahora no, por favor.

Amelia se dirigió hacia la puerta, pero Paula la detuvo.

—Espera. Creo que tenemos la respuesta.

Mila acababa de entrar por el patio. Al ver a Salvatore, levantó los brazos y lo abrazó como si fuera un viejo amigo.

—No pensé que vendrías —dijo ella, mirándolo de arriba abajo—. Estás muy bien. ¿Qué haces por aquí?

—Estoy de vacaciones. Voy hacia La Manga y pensé en pasar a saludar. Y a ver la hacienda, claro.

—Pues has llegado justo a tiempo para desayunar.

—Encantado.

Salvatore sonrió. Sabía que su presencia no sería bienvenida. Y precisamente por eso había venido. Solo imaginar la reacción de Amelia ya había valido el desvío.

Ricardo se detuvo en seco al verlo.

—¿Qué hace ese tipo aquí?

Desde la entrada vio a Amelia y Paula con gesto tenso. Las dos al pie de las escaleras.

—Mira lo que nos ha traído la brisa de la mañana —intentó bromear Mila.

—¿En serio? ¿O ha sido tu generoso corazón? —respondió Amelia, irritada.

—No empieces. Salvatore es amigo de la familia.

—¿Tu amigo, querrás decir? Si tanto lo quieres, invítalo a tu casa.

Mila alzó las cejas.

—Desde que os divorciasteis, vives amargada.

Amelia sintió la sangre hervir.

—¿Y tú qué haces aquí? Tienes una cara durísima.

—Solo venía a saludar.

—Claro. Seguro que no estaba todo planeado entre vosotros.

—Mila me comentó que estaríais aquí. Pensé que sería buena idea pasar.

—Pues ya has pasado. Ahora puedes irte.

—Un momento —intervino Mila—. Es mi invitado. Y tengo derecho a invitar a quien quiera.

—¿Por qué a él? —explotó Amelia—. Es mi exmarido. ¿Necesitas más explicaciones?

—Se quedará un par de horas. Y si no te gusta, te aguantas.

—Las ganas de darte una bofetada son lo único que estoy aguantando.

Douglas apareció detrás de ellas.

—¿Qué hace tu ex aquí?

—Se ha perdido, pero ya se iba —respondió Amelia.

—No se va —replicó Mila—. Ha venido a verme.

Douglas suspiró.

—Quizá no ha sido buena idea venir.

Salvatore sonrió con ironía.

—Al menos así he conocido al famoso escocés.

—¿Tienes algún problema con mi nacionalidad? —replicó Douglas, avanzando un paso.

—Ninguno. Amelia siempre ha tenido gusto por lo internacional.

Ricardo apareció en el umbral.

Salvatore se giró hacia él con una mueca.

—Siempre dije que eras especial, bambina. Veraneando con tu ex y tu novio… tiene su morbo, ¿no?

El golpe fue instantáneo. Ricardo le lanzó un puñetazo a la mandíbula que lo hizo tambalearse.

—Eres un desgraciado.

Salvatore respondió con otro golpe. Rodaron por los escalones. Amelia se lanzó sobre su ex, tirándole del pelo. Mila intentó separarla. Douglas y Carlos, aún en toalla, tuvieron que intervenir para separarlos.

Cuando todo terminó, Ricardo tenía el labio partido y Salvatore un ojo ya amoratado.

—Esto es ridículo —dijo Amelia, furiosa—. No somos animales marcando territorio.

Entró en la casa sin mirar atrás. El cinturón de su pareo se había roto en el forcejeo, pero ni se molestó en recogerlo. Antes de desaparecer, lanzó a Mila una mirada que esta reconoció al instante.

La última vez que la vio así… fue cuando supo que ella estaba con Ricardo.

***

Al mediodía, la tensión parecía haberse disipado. Paula apareció con el botiquín. Salvatore sostenía una bolsa de guisantes congelados contra el ojo. No parecía grave. Solo un morado recuerdo para el viaje.

Ricardo tenía el labio hinchado, pero nada serio.

Mila esperaba el momento adecuado para escribirle a Jaime.

Amelia, en cambio, se había encerrado en su habitación. No saldría hasta que Salvatore se marchara.

La puerta se abrió despacio. Era Douglas.

—¿Estás mejor?

—Estoy bien… pero no pienso tolerar su presencia aquí. Y Mila podría irse con él y hacernos un favor a todos.

—Vamos, Amelia. No eres así. Se ha pasado, sí, pero no dejes que te afecte. ¿Quieres que te traiga algo?

—No. Solo quiero estar sola.

—De acuerdo. Estaré abajo.

Cuando la puerta se cerró, Amelia se dejó caer en la cama. Necesitaba silencio. Necesitaba que todos desaparecieran.




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