Capítulo Diecinueve
Mamá, la mujer que nunca pudo ser
Las tres hermanas pasaron parte de la mañana encerradas en el estudio, revisando libros, carpetas y cajones. Cualquier detalle, por pequeño que fuera, podía darles una pista más sobre aquellas cartas.
Ninguna habló de buscar a la mujer ni de remover el pasado, pero la tentación estaba allí, flotando entre ellas.
Al final, todas pensaron lo mismo.
Milagros.
Era la persona que más había vivido junto a sus padres. Felipe sería más difícil: siempre reservado, siempre leal al silencio de la familia. Milagros, en cambio, tenía otra manera de ver las cosas.
Cuando entraron en la cocina, la encontraron preparándose un café.
—Sabíamos que estarías aquí —dijo Amelia, sonriendo.
—¿Queréis uno? —preguntó Milagros, sacando tazas.
—Claro —respondió Paula.
—Yo lo prefiero solo —añadió Mila, acercándose a la despensa para buscar algo dulce.
Milagros las observó con atención.
—Si no os conociera, diría que queréis algo de mí.
Paula sonrió.
—¿Tanto se nota?
—Habéis entrado las tres juntas. Eso nunca es buena señal.
Amelia rió.
—Definitivamente necesito clases de disimulo.
—Sentaros —ordenó Milagros con tono firme, pero amable—. Y decidme qué pasa.
Paula no dio rodeos. Sacó una de las cartas y la dejó sobre la mesa.
—¿Conoces a esta mujer?
Milagros frunció el ceño, tomó la hoja y leyó un par de líneas. Su expresión cambió de inmediato.
—No sabía que las había guardado… Pensé que las había destruido.
Las tres hermanas se miraron. Aquella respuesta lo decía todo.
—Entonces es verdad —murmuró Amelia.
Milagros suspiró.
—Hay cosas que es mejor dejar donde están.
—Otras no —replicó Mila con suavidad.
Milagros las observó en silencio. Luego miró el reloj de la pared.
—Traed más café —dijo—. Y algo de comer. Esto no se cuenta en dos minutos.
Las tres obedecieron sin protestar.
Cuando regresaron a la mesa, Milagros entrelazó las manos.
—Yo tenía quince años cuando llegué a trabajar aquí. Vuestro padre ya estaba al mando de todo. Era joven, soltero… y cómo eran los hombres de su clase en aquella época, disfrutaba de la vida sin demasiadas ataduras.
Paula resopló.
—Empezamos bien.
—Déjala hablar —susurró Amelia.
Milagros continuó.
—Al año llegó vuestra madre. No era de aquí. Venía de Manilva. El matrimonio estaba acordado por las familias… pero fue un flechazo. De los de verdad.
Sonrió con un deje de nostalgia.
—Vuestra madre era muy guapa. Y vuestro padre tampoco se quedaba atrás. Seis meses de noviazgo y al séptimo ya estaban casados.
—¿Y las cartas? —preguntó Paula.
—Vuestra madre las encontró. Y él se lo contó todo.
Las tres guardaron silencio.
—Esa chica era de la zona —continuó Milagros—. Muy joven. Se dejó deslumbrar por él. Y cuando se dio cuenta, ya estaba embarazada.
—¿Y qué hizo papá? —preguntó Amelia.
—La envió a un convento. Le pagó todo. Dinero, regalos… pero no quiso reconocerla ni hacerla parte de la familia.
El silencio en la cocina se volvió pesado.
—¿Y mamá? —preguntó Mila.
Milagros se quedó pensativa.
—Vuestra madre no era tonta. Había estudiado. Quería ser maestra. Tenía otra idea de la vida… pero se encontró aquí, en una finca, con un marido al que no podía perdonar del todo.
—¿No lo dejó? —preguntó Paula.
Milagros negó con la cabeza.
—Lo intentó. Pero vuestro padre le dejó claro que, si se iba, lo haría sola. Sin vosotras. Sin nada.
Amelia bajó la mirada.
—Eso la rompió.
—Sí —asintió Milagros—. Se quedó. Os tuvo a vosotras. Hizo lo que pudo. Pero nunca volvió a ser la misma.
Hubo un silencio largo.
—¿Y la otra mujer? —preguntó Mila.
—No volví a oír nada de ella. Solo sé que vuestra madre mantuvo contacto con el convento durante un tiempo. Después… todo se volvió más frío en la casa.
Milagros miró sus tazas vacías.
—Los días felices se fueron apagando poco a poco.
Ninguna de las tres habló durante unos segundos.
Por primera vez, la historia de la familia les parecía menos sólida, menos perfecta de lo que habían creído.
—Gracias, Milagros —dijo finalmente Paula.
La mujer asintió.
—A veces es mejor conocer la verdad. Aunque duela.
Las tres hermanas se levantaron.
—Voy a ordenar el estudio —dijo Paula.
—Te ayudo —añadió Amelia.
—Yo también —dijo Mila, cogiendo su taza.
Milagros las vio marcharse por el pasillo, hablando en voz baja.
Tres hermanas. Tres caracteres distintos. Tres formas de enfrentarse a la vida.
Suspiró.
Quizá vender la finca no fuera el final de algo… sino el principio de otra cosa.