La Casa Que Nos Rompio

Capítulo Veinte: Algo más que un entretenimiento de verano

Capítulo Veinte

Algo más que un entretenimiento de verano

RICARDO LLEVABA DÍAS con el mismo mal humor pegado a la piel. Intentaba convencerse de que no eran celos. Que no tenía derecho a ellos. Que lo de Amelia y el escocés no era asunto suyo. Pero la imagen de ambos en la playa volvía una y otra vez, como una astilla que no terminaba de salir.

Lo que realmente lo irritaba era otra cosa. Era Mila.

Su descaro, su facilidad para moverse entre hombres como si nada tuviera consecuencias. Nunca la había visto tan frívola, ni siquiera durante su matrimonio. Pensar que era la madre de su hija lo llenaba de una incomodidad difícil de explicar.

Douglas… bueno, con él ya hablaría. A solas. Y sin rodeos.

La diversión de aquellos días se había evaporado. Solo quería que las vacaciones terminaran y regresara a su vida. A cualquier vida que no incluyera aquella casa cargada de recuerdos y tensiones.

Desde el sillón del salón tenía una vista directa al patio. Vio a Mila cruzarlo con su ropa de deporte.

¿Correr? Ni en sueños.

Seguro que iba a las cuadras. A ver a Jaime. O a “montar”, como decía ella con esa media sonrisa.

Doblando el periódico, se levantó para servirse otro café. Apenas eran las ocho de la mañana y ya llevaba dos. No había dormido bien.

La cocina estaba vacía. Milagros no llegaría hasta más tarde. Mientras el café goteaba en la taza, pensó en ella y en Felipe. ¿Qué sería de los dos cuando la finca se vendiera?

El ruido de unos pasos lo sacó de sus pensamientos.

Los dos se sobresaltaron.

—Joder, me has asustado —dijo Mila, dando un paso atrás.

—Y tú a mí.

Ricardo miró el café derramado en el suelo.

—No pensé que hubiera nadie levantado —dijo ella, acercándose al fregadero para coger una botella de agua.

—Ya ves.

Ricardo se hizo a un lado, dispuesto a marcharse.

—¿No me vas a preguntar dónde voy? —insistió ella, con una sonrisa ladeada.

—Me es bastante indiferente. Pero si necesitas oírlo… diría que vas a correr.

Mila alzó una ceja.

—Qué borde estás por las mañanas. Antes no te levantabas así.

El comentario lo detuvo.

—No creo que lo eches de menos —respondió él—. Siempre has sabido reemplazar huecos con rapidez.

La sonrisa de Mila se tensó.

—A ti lo que te hace falta es una mujer que te endulce ese carácter.

—Puede ser. La última me salió… demasiado intensa. Difícil de complacer.

Se miraron unos segundos. Ambos sabían que la relación nunca había tenido raíces.

—¿Tan terrible fui? —preguntó ella, con una sombra de ironía.

—No. Solo pagué por un error que cometí antes. Uno aprende.

Mila no respondió. Se colgó la botella al hombro.

—Me voy. El deporte me reclama.

—Que lo disfrutes.

—Eso será un hecho.

Salió de la cocina con pasos rápidos. A los cinco minutos estaría en las cuadras. Y en brazos de Jaime, olvidaría por completo aquella conversación.

UN PAR DE HORAS ANTES…

Douglas llevaba rato despierto, mirando el techo.

Algo había cambiado. No sabía exactamente qué, pero lo sentía con claridad incómoda.

Se levantó con cuidado para no despertar a Amelia. La puerta del dormitorio de Mila se abrió sin resistencia. Sabía que no echaba la llave.

La habitación estaba a oscuras. Distinguió su silueta en la cama. Se tumbó a su lado sin disimular su presencia.

Mila se giró lentamente. Cuando lo vio, sonrió.

No hablaron. No hacía falta. El contacto fue distinto al de otras noches: menos urgencia, menos juego, más necesidad.

Cuando salió de la habitación, poco antes de las siete, ya lo sabía.

Quería a Amelia.

Pero deseaba a Mila.

Y cada vez que estaba cerca de ella, ese deseo crecía como una necesidad física. Algo en Mila —su forma de moverse, de mirarlo, de no pedir explicaciones— le resultaba adictivo.

La idea de tenerlas a las dos no le parecía absurda. Al menos, no en su cabeza.

Sabía que ellas lo verían de otra forma.

A las ocho y media bajó a la cocina, se sirvió zumo y salió a dar un paseo. La casa seguía en silencio.

Al pasar por el salón, vio a Ricardo junto a la ventana.

Demasiado tarde para retroceder.

—Buenos días.

—Buenos días.

Ricardo dobló el periódico y lo dejó sobre la mesa.

—¿Algún plan?

—Quizá nadar. O dar un paseo.

—Qué pena. Mila salió a correr hace diez minutos.

Douglas alzó las cejas.

—No sabía que le gustara correr.

—Después suele ir a las cuadras. A montar con Jaime. ¿Lo recuerdas? El vecino que se nos unió en la playa.

Ricardo lo observó mientras hablaba.

Douglas no respondió. Se limitó a asentir.

—Creo que saldré a dar ese paseo ahora.

—Claro.

Ricardo se levantó con la taza y el periódico. Mientras se alejaba, estaba convencido de que Douglas iría tras ella.

Y así fue.

Cinco minutos después, el escocés abandonaba la finca en dirección a las cuadras. En el camino al río Mila encontró la nota en la puerta de las cuadras.

Estoy de vuelta sobre las once.
Emergencia con uno de los caballos
.
Jaime

Frunció el ceño, dobló el papel y lo guardó en el bolsillo.

No le apetecía volver a la casa. Decidió bajar hasta el río. El agua apenas cubría las rodillas, pero la sombra de los árboles lo convertía en un lugar perfecto para despejar la cabeza.

Se quitó las zapatillas y empezó a desatarse el pantalón.

—¿Ibas a nadar sin mí?

Se giró. Douglas estaba a pocos pasos, sudoroso, sonriendo.

—No sabía que salías tan temprano —dijo él, mientras la rodeaba por la cintura y la besaba.

Mila se dejó abrazar, aunque por dentro una voz le recordaba lo absurdo de la situación.

No eran pareja. Él tenía a Amelia. Y, aun así, estaba allí, en sus brazos, como si nada más importara.

¿Cuánto duraría aquello?




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