Capítulo Veintiuno
Divino cautiverio
Cada tres de julio se celebraban las fiestas de la comarca. Durante dos días, los pueblos vecinos se mezclaban en una romería campestre llena de caballos, música y comida. Era una tradición que nadie se perdía.
Ese año, las hermanas Del Castillo volverían a participar.
La Rinconada amaneció llena de movimiento. Dos carretas habían sido decoradas con flores de papel, cintas de colores y cojines para el trayecto. El todoterreno de la finca haría de arrastre. Los gemelos correteaban excitados entre los preparativos, vestidos iguales con petos cortos, camisetas blancas y pequeños sombreros.
Paula se había puesto una minifalda vaquera, camiseta anudada y botas camperas. Mila, por su parte, se miraba en el espejo ajustándose el sombrero, satisfecha con el efecto del short corto y la camisa atada bajo el pecho. Aquel día quería que la miraran.
Douglas esperaba en el patio con la cámara colgada al cuello, dispuesto a fotografiarlo todo.
Ricardo se había marchado temprano al pueblo para arreglar el coche. Prometió volver en una hora.
Poco a poco fueron saliendo. Felipe, Lourdes y sus padres se acomodaron en la primera carreta. Amelia y Milagros se quedaron atrás.
—Yo iré en la siguiente —le dijo Amelia—. Solo tengo que coger unas cosas.
Milagros asintió y salió hacia el patio.
Amelia subió a su dormitorio a por las gafas de sol. Antes de salir, recordó el vino. Dejó el móvil y las llaves sobre la mesa de la entrada y bajó a la bodega.
No enganchó la puerta al gancho de hierro.
Milagros, al pasar por el pasillo, vio la puerta entornada. Pensó que alguien había olvidado cerrarla. Sacó su llavero, giró la llave y siguió su camino.
Dentro, Amelia no oyó nada. Estaba ocupada eligiendo las botellas. Preparó una caja con cinco vinos y, antes de salir, decidió añadir una de brandy.
Subió los escalones, agarró el picaporte… y no giró.
—Muy gracioso. Ahora abrid.
Silencio.
—¿Milagros?
Nada.
Golpeó la puerta.
—¡Paula! ¡Mila!
Solo el eco de su propia voz.
El calor empezó a notarse. Miró alrededor buscando la copia de la llave que solía colgar de un clavo. No estaba.
Se sentó en una silla, resignada.
—Perfecto, Amelia. Encerrada en la bodega el día de la romería.
Miró el reloj. Las once y media.
EN EL PUEBLO Ricardo maldijo al ver el aceite derramado en el maletero. El tapón había cedido y el líquido oscuro se extendía sobre la alfombrilla.
También sobre sus zapatos. Y su pantalón.
—Genial.
No podía ir así a la romería. Olía como un mecánico después de una jornada entera de trabajo.
Tendría que volver a la finca, ducharse y cambiarse.
EN LA BODEGA El calor se hacía más pesado. Amelia buscó agua, pero solo encontró vino, brandy y licores.
—Bueno… algo es algo.
Sacó una botella. Luego dudó. Beber en vaso de plástico le pareció un sacrilegio. Abrió la vitrina y eligió una copa de cristal.
Se sirvió vino y sonrió.
—Pues no está tan mal.
En la caja encontró aceitunas, paté y picatostes. Improvisó un pequeño picnic sobre la mesa.
Al menos no moriría de sed.
DE VUELTA A LA CASA, Ricardo dejó el coche abierto y entró. La casa estaba vacía. Subió directamente a su habitación, se duchó y se cambió de ropa.
Veinte minutos después, bajaba afeitado y con el pelo húmedo.
Al cruzar el vestíbulo, escuchó un móvil vibrar. Era el de Amelia, sobre la mesa. También estaban sus llaves.
La pantalla se iluminó:
¿Dónde estás?
—Paula.
Ricardo frunció el ceño.
—¿Amelia?
Subió las escaleras, llamó a su puerta. Nada. Revisó la piscina, la cocina, el salón.
El móvil volvió a vibrar. Esta vez, un mensaje de Douglas.
No te veo. ¿Dónde estás?
Ricardo empezó a inquietarse.
—¡Amelia!
En la bodega, ella se levantó de golpe.
—¡Estoy aquí! ¡En la bodega!
Ricardo se detuvo. Había oído algo.
—¿Amelia?
—¡Sí! ¡Aquí abajo!
Se acercó a la puerta de la bodega.
—¿Dónde estás?
—Aquí, encerrada. Abre, por favor.
—¿Dónde están las llaves?
—En la cocina. Segundo cajón a la derecha.
Ricardo fue a buscar. Volvió segundos después.
—No hay ninguna.
—Entonces… entonces tienes que subir a la habitación de Mila. Deben de estar sobre el tocador.
Ricardo dudó, pero subió. Las encontró enseguida.
Al bajar, Amelia oyó el giro de la llave. Retrocedió un par de pasos.
La puerta se abrió y el aire fresco entró en la bodega.
—Hola, extraña. ¿Estás bien?
Ella sonrió.
—Mucho mejor ahora.
Ricardo miró la botella a medio vaciar, las aceitunas y la copa.
—Veo que sabes sobrevivir.
—Creo que mi rescatador merece una recompensa.
Antes de que pudiera reaccionar, Amelia se colgó de su cuello y lo besó.
Ricardo respondió sin pensarlo. El beso fue directo, sin vacilaciones, como si el encierro hubiera derribado cualquier barrera.
Se separaron solo lo justo para mirarse.
No hacían falta palabras.
Ricardo cerró la puerta con llave desde dentro. El gesto fue casi instintivo. Un pequeño acto de complicidad.
El silencio de la bodega los envolvió. El olor a madera, vino y piedra fresca parecía aislarlos del resto del mundo.
El encuentro fue lento, íntimo, más cercano a una confesión que a una huida. Como si cada caricia fuera una pregunta sin formular.
Cuando todo terminó, Amelia se quedó tendida sobre la mesa, respirando despacio.
—Bendito cautiverio —murmuró.
Ricardo se apoyó a su lado, observándola.
—¿De verdad te quedaste encerrada?
—Sí. Y por una vez en la vida, no me quejo.
Él sonrió.
—¿Queda vino?
—Un poco.
Bebieron juntos, sentados a escasos centímetros.
—¿Y ahora? —preguntó él.