La Casa Que Nos Rompio

Capítulo Veintidós: La visita de Benítez

Capítulo Veintidós

La visita de Benítez

—AMELIA. TENEMOS QUE HABLAR…Ahora.

—No es buen momento, Ricardo.

—Para mí tampoco lo es dejarlo pendiente.

Le tomó la mano y la condujo hasta su habitación antes de que pudiera protestar.

—¿Qué haces? Nos pueden ver.

—¿Quién? ¿Mila? ¿Douglas? Al cuerno con ellos.

Cerró la puerta.

—¿No me vas a dar un beso de buenos días?

Amelia ni siquiera lo miró. Los ojos se le llenaron de lágrimas y, sin poder evitarlo, rompió a llorar.

Ricardo se quedó inmóvil unos segundos antes de abrazarla.

—¿Qué ha pasado?

Ella no contestó. Solo lloraba, con la cara hundida en su pecho.

Había sido una ciega. Todo había ocurrido delante de sus narices. Otra vez su hermana. Otra vez un hombre. Y esta vez, el suyo.

Y lo peor: ella tampoco era inocente. Se había acostado con Ricardo. Dos veces. Tal vez más.

El karma, pensó. Siempre llega.

Cuando el llanto cedió, se apartó y fue al baño. Bebió un vaso de agua sin decir palabra.

—Siéntate —le dijo Ricardo, señalando el sillón—. Voy a por café.

Amelia asintió. Cuando él salió, se quedó mirando el suelo.

Lo tenía claro. Hablaría con Douglas ese mismo día. No podía seguir con aquello.

La puerta se abrió y Ricardo volvió con una bandeja.

—Ahora sí. Cuéntame qué pasa.

Amelia sostuvo la taza entre las manos.

—Creo que Douglas y Mila están liados.

Ricardo dejó la taza a medio camino de los labios.

—¿No lo ves?

Él dudó.

—Tengo mis sospechas.

Ella lo miró fijamente.

—Entonces no estoy loca.

Ricardo iba a decir algo cuando el móvil de Amelia vibró. Era Paula.

Hoy viene Benítez. A las doce. No te pierdas.

Amelia suspiró.

—Lo había olvidado.

Minutos después, Paula entró en la habitación.

—¿Qué pasa? ¿Has llorado?

—Creo que Douglas y Mila están juntos.

Paula miró a Ricardo. Él asintió.

El silencio se volvió pesado.

—Amelia… —dijo Paula—. Antes de decir nada, prométeme algo.

—¿El qué?

—Que delante de Benítez estarás tranquila. Hasta que se vaya.

—¿Eso es lo único que te importa? ¿El dinero?

—No. Pero no pienso montar un espectáculo delante de un extraño.

Amelia cerró los ojos.

—Está bien. Te lo prometo.

Paula respiró aliviada.

—Ahora sí. Te lo digo claro. No son solo sospechas.

Amelia los miró a los dos.

—¿Qué habéis visto?

Ricardo habló primero.

—En la playa. Se estaban besando. Y no parecía la primera vez.

Paula añadió:

—Yo también los vi juntos varias veces. Demasiado juntos.

Amelia no lloró. Esta vez no.

—Vale.

Solo eso.

—Vale.

Se levantó de golpe, pero Paula se lanzó sobre ella para detenerla. Las dos cayeron al suelo entre risas nerviosas y un pequeño grito de dolor.

—Tranquila. No ahora.

Amelia respiró hondo.

—No ahora —repitió.

LA VISITA DE Benítez llegó poco después del mediodía. Su coche gris cruzó el camino de tilos con la misma lentitud de siempre.

Felipe lo recibió en la puerta.

—Cuánto tiempo, don Benítez.

—Benítez, Felipe. Solo Benítez.

Dentro, las tres hermanas lo esperaban en el despacho.

El abogado ocupó el sillón de Álvaro con cierta solemnidad.

—Parece mentira que hayan pasado tres años.

Abrió el maletín y sacó los documentos.

La lectura del testamento fue breve:

La finca, a repartir entre las tres.

La bodega para Amelia.

Los caballos para Mila.

Dinero para los nietos.

Objetos religiosos para el convento de las Agustinas.

Firmaron en silencio.

—¿Y la finca? —preguntó Benítez.

—Se pondrá a la venta —dijo Paula.

El hombre asintió con cierta tristeza.

—Espero que caiga en buenas manos.

MIENTRAS TANTO en su habitación, Douglas cerraba la cremallera de la maleta.

Había hablado con Mila. No había vuelta atrás. Dejó una nota sobre la cama.

No pensaba enfrentarse a Amelia. No tenía valor. Salió de la casa sin hacer ruido. Un taxi lo esperaba en el cruce.

MILA cerró la maleta con un gesto brusco. El sonido de la cremallera le pareció más fuerte de lo normal. Se sentó en el borde de la cama.

La habitación estaba en silencio. Demasiado silencio. Como si la casa entera estuviera conteniendo la respiración.

Miró a su alrededor: el tocador, la silla, la ventana abierta al jardín. Aquel cuarto había sido suyo durante años. Allí había llorado, reído, planeado escapadas, soñado con vidas mejores.

Y ahora se marchaba otra vez.

Como siempre.

Tomó el móvil. Dudó unos segundos. Podía bajar. Podía hablar con Amelia. Decirle la verdad. Soportar el enfado, los gritos, las lágrimas.

Quizás incluso podrían arreglarlo.

Pero la imagen de su hermana mirándola con decepción le atravesó el pecho.

No.

No soportaría esa mirada.

—No esta vez —susurró.

Se levantó de un salto, como si quedarse un segundo más pudiera hacerla cambiar de idea.

Cogió la maleta.

Antes de salir, se miró al espejo.

—Es lo que quiero —dijo en voz alta, como si necesitara convencerse.

Pero sus ojos no parecían tan seguros.

Tras cerrar con cuidado la puerta de su habitación, caminó varios pasos convencida de que nadie la vería, cuando Ricardo apareció en el pasillo.

—¿Te vas así?

—Por favor, no me detengas.

—Siempre igual, Mila. Lo rompes todo y te marchas.

Ella lo miró.

—Creo que esta vez es distinto.

—Eso dices siempre.

—No. Esta vez… creo que me he enamorado.

Ricardo negó con la cabeza.

—¿Y Amelia?

—Necesita tiempo. Igual que yo.

—No te mereces ni su silencio.

Mila tragó saliva.

—Déjame ir.

Ricardo dudó. Finalmente se apartó.




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