Capítulo Veintitrés
El último adiós
AMELIA GRITABA POR LOS PASILLOS.
—¡Mila!
—¡Douglas!
Sabía que no iban a responder. Habían huido. Como ladrones. Como si la casa fuera un lugar del que escapar a toda prisa.
Las cartas temblaban en sus manos.
¿Cómo había sido tan ciega?
No desde el principio, no… pero sí desde la playa. Algo había sentido. Algo incómodo. Algo que prefirió ignorar.
Y otra vez lo mismo.
Otra vez Mila.
Otro hombre que desaparecía con ella.
Ricardo apareció en el pasillo al escuchar los gritos. No estaba sorprendido. Solo cansado.
Bajó las escaleras y entró en el salón. Paula intentaba calmar a Amelia. Carlos observaba en silencio desde el sofá.
—No me lo puedo creer… —repetía Amelia, apretando las cartas—. No me lo puedo creer.
Ricardo se acercó despacio.
—Amelia… relájate. No lo merece.
Ella levantó la cabeza.
—¿Quién no lo merece? ¿Mi bendición? ¿Un aplauso por lo bien que se lo han montado?
Ricardo guardó silencio.
—Le dije que eligiera —murmuró él.
Amelia se puso en pie de un salto.
—¿Tú le dijiste qué?
Se acercó a él, furiosa.
—¿Quién eres tú para dar consejos? ¿Para decidir sobre mi vida?
Ricardo sostuvo su mirada.
—Soy inocente de lo que estás insinuando.
—¡Déjalo ya! —espetó ella—. Eres igual que ellos. Siempre acabo con el mismo tipo de hombre.
Se mordió el labio antes de terminar la frase.
—No me hagas arrepentirme de haber…
—No lo digas —la interrumpió él—. No pienso renunciar a ti por culpa de tu hermana.
—Estáis locos los dos. Un divorcio absurdo… cuando estáis hechos el uno para el otro.
Amelia lo miró como si acabara de golpearla.
—Se acabó —dijo.
Ricardo la agarró por los hombros. No con violencia, pero con una urgencia que la hizo tensarse.
—Te quiero, Amelia. Siempre.
Y la besó.
No fue un beso dulce. Fue torpe, cargado de rabia, de miedo, de todo lo que no habían dicho en años.
Ella se quedó rígida.
Cuando él la soltó, sus ojos estaban húmedos.
Ricardo se alejó sin decir nada más.
AMELIA vio el taxi alejarse por el camino de tierra. Ricardo no había mirado atrás.
Entró en la casa como si caminara dentro de un sueño. No notó a Paula hasta que esta la llamó.
—Amelia.
Se giró lentamente.
—Se acabó. Hoy mismo me voy.
Su voz ya no sonaba furiosa. Solo cansada.
—Todo ha sido un desastre desde el primer día.
Paula no respondió.
—Haz lo que quieras con este lugar. Yo ya firmé mi parte. No quiero saber nada más.
Miró alrededor, como si viera la casa por última vez.
—Este sitio está maldito. Aquí nadie ha sido feliz. Ni siquiera ellos.
Se refería a sus padres. A las cartas. A los secretos. A todo lo que había salido a la luz.
—Llamaré a un taxi en una hora.
Empezó a subir las escaleras.
—Amelia…
Se detuvo a mitad del tramo.
—Tienes todo el derecho a estar enfadada conmigo.
Amelia negó suavemente.
—Solo intentabas protegerme.
Suspiró.
—Aunque eres muy insistente cuando algo se te mete en la cabeza.
Paula esbozó una media sonrisa.
—Quédate hasta mañana. Te llevamos al aeropuerto.
—No. No pienso pasar otra noche bajo este techo.
Subió los últimos escalones sin mirar atrás. Paula se quedó sola en el vestíbulo, no podva creer que todo se había salido de control.
Mila se había ido con Douglas.
Ricardo se marchaba herido.
Carlos seguía enfadado.
Y la casa… la casa parecía más grande y más vacía que nunca.
La Rinconada no las había reunido.
Las había roto.
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