Epílogo
Crucero por la costa francesa
El mar estaba en calma y el sol comenzaba a caer sobre la cubierta del crucero. Mila se apoyaba en la barandilla, mirando el horizonte mientras el viento le movía el pelo. Llevaba un vestido blanco ligero que contrastaba con su piel bronceada.
Douglas estaba sentado en una de las mesas del bar exterior, removiendo distraídamente el hielo de su copa. Observaba a la gente pasar con esa media sonrisa suya, sin prisa, sin preocupaciones. El viaje era agradable, el barco elegante, la comida excelente. Todo resultaba fácil.
Mila se acercó y dejó caer las gafas de sol sobre la mesa.
—¿En qué piensas? —preguntó.
—En nada importante —respondió él—. Eso es lo bueno de estos viajes.
Ella asintió. Tampoco quería pensar demasiado. El mar, el sol, los cócteles y las ciudades nuevas cada mañana eran suficientes. No había promesas ni reproches. Solo días que se sucedían unos a otros sin pedir explicaciones.
Douglas levantó su copa.
—Por las vacaciones interminables.
Mila chocó la suya con una sonrisa leve.
—Por no complicarse la vida.
Las copas tintinearon. Detrás de ellos, la música subía de volumen y la cubierta se llenaba de risas. Nadie parecía preocuparse por el mañana.
Y a ninguno de los dos le molestaba.
Sur de España
—Carlos, mira esto.
Paula sostenía el móvil con una sonrisa contenida. Eran las ocho de la mañana y los dos seguían en la cama. El sol se colaba por las rendijas de la persiana, dibujando líneas doradas en las sábanas.
Carlos se acomodó la almohada bajo el cuello y leyó el mensaje. Después de unos segundos, sonrió.
—Pues ya era hora.
—¿Ves? Yo sabía que acabarían así —respondió ella.
—¿Qué pone exactamente?
Paula volvió a leer el mensaje en voz baja:
—“El pequeño César ha dado hoy sus primeros pasos. Creo que ha salido a su padre, cabezota y valiente. Cuando queráis, venid a verlo. Os echamos de menos. Amelia.”
Carlos dejó escapar una risa suave.
—Eso suena a familia feliz.
—Lo son —dijo Paula—. Y después de todo lo que pasó… se lo merecen.
Se quedaron unos segundos en silencio, imaginando la escena: Amelia riendo, Ricardo detrás del niño para evitar que se cayera, la casa llena de juguetes y desorden.
Una vida nueva.
Una vida real.
Carlos dejó el móvil sobre la mesilla.
—A veces las cosas se rompen para volver a colocarse mejor.
Paula lo miró.
—¿Eso lo has leído en algún sitio o te has levantado filósofo?
—No. Lo he aprendido contigo.
Ella sonrió, acercándose para besarlo.
—No empieces… que los niños pueden despertarse.
Carlos miró hacia la puerta cerrada del dormitorio.
—Tenemos una hora.
Paula soltó una carcajada.
—Eres incorregible.
—Y tú lo sabías antes de casarte conmigo.
Ella se dejó caer sobre las almohadas, riendo. Carlos se inclinó sobre ella y la besó con calma, sin prisa, como quien no tiene nada que demostrar.
Fuera, la casa seguía en silencio.
Dentro, la vida continuaba.
Bath, Inglaterra
Amelia estaba sentada en el suelo del salón, con César entre sus brazos. El niño intentaba ponerse en pie una y otra vez, tambaleándose sobre sus piernas torpes.
Ricardo, apoyado en el marco de la puerta, los observaba en silencio.
—Lo va a conseguir —dijo.
—Es igual de terco que tú —respondió Amelia sin mirarlo.
El niño soltó una risa y dio dos pasos inseguros antes de caer sobre el cojín.
Amelia lo abrazó, besándole el pelo.
Ricardo se acercó y se sentó a su lado.
Por un momento, ninguno de los dos dijo nada. No hacía falta. El pasado había sido duro, confuso, lleno de errores y heridas. Pero ese instante… ese instante era limpio.
Real.
Suficiente.
Ricardo pasó un brazo por los hombros de Amelia y ella apoyó la cabeza en su pecho. El niño volvió a ponerse de pie entre ellos, decidido a intentarlo otra vez.
Y los dos sonrieron, sabiendo que, a veces, la vida no ofrece finales perfectos… pero sí segundas oportunidades.