La chica de las Manzanas

Capítulo 2: Conversaciones entre manzanas

A la mañana siguiente, Adrián volvió al mercado.

Podía haberse quedado escribiendo aquella frase que había nacido la tarde anterior.

Podía haber llamado a su editor para decirle que, por fin, tenía una idea.

Pero, en lugar de eso, terminó caminando otra vez hacia el puesto de frutas.

Cuando llegó, Marla estaba ayudando a una anciana a guardar sus compras en una bolsa.

—No se preocupe, doña Carmen. Yo se las llevo hasta el taxi.

—Eres un ángel, hija.

—No, solo intento hacer el día un poquito más fácil.

Adrián observó la escena en silencio.

No era una sonrisa fingida para vender más.

Era auténtica.

Cuando Marla regresó al puesto, lo reconoció de inmediato.

—¡El cliente de la manzana perfecta!

Él sonrió.

—Veo que me recuerda.

—Recuerdo a las personas que sonríen cuando se van.

—¿Y si no sonríen?

—Entonces intento que la próxima vez lo hagan.

Él soltó una pequeña carcajada.

—Hoy quiero otra manzana.

—¿La misma o quiere probar una verde?

—Sorpréndame.

Mientras elegía la fruta, Adrián vio un libro asomarse entre unas cajas de madera.

—¿Le gusta leer?

Marla levantó la vista, un poco avergonzada.

—Muchísimo. Cuando no hay clientes, aprovecho unas cuantas páginas.

—¿Qué está leyendo?

Ella le mostró la portada.

—Una novela romántica. Me gustan las historias que hacen sentir que todavía existen las personas buenas.

—¿Y cuál sería la historia perfecta para usted?

Marla se quedó pensativa.

—No lo sé... Creo que no necesita grandes millonarios ni castillos. Solo dos personas que se elijan todos los días, incluso cuando las cosas se pongan difíciles.

Aquellas palabras quedaron grabadas en la mente de Adrián.

Era exactamente el tipo de romance que él había dejado de escribir.

—¿Y si usted escribiera esa historia?

Marla negó con la cabeza.

—No podría.

—¿Por qué?

—Porque soy buena imaginando... pero no creo ser lo suficientemente buena para escribir un libro.

Él sintió un nudo en el pecho.

¿Cuántas personas habrían dejado sus sueños por miedo?

—Yo creo que sí podría.

Ella lo miró sorprendida.

—¿Ni siquiera ha leído algo mío?

—No hace falta. Las mejores historias empiezan con alguien que cree en ellas.

Marla bajó la mirada para ocultar la sonrisa que se escapaba de sus labios.

Nadie le había dicho algo así antes.

En ese momento, una niña de unos siete años se acercó al puesto.

—Señorita Marla... Mamá dice que hoy no podemos comprar fruta.

Marla no respondió con tristeza ni lástima.

Tomó dos manzanas, una banana y una mandarina, las colocó en una pequeña bolsa y se la entregó.

—Dile a tu mamá que hoy son un regalo.

—¿De verdad?

—Pero con una condición.

—¿Cuál?

—Que compartan las manzanas mientras me cuentan después cuál estaba más dulce.

La niña salió corriendo, feliz.

Adrián observó la escena en silencio.

Aquella joven regalaba más que fruta.

Regalaba esperanza.

Mientras se alejaba con su manzana del día, una idea comenzó a tomar forma en su cabeza.

No quería escribir sobre reyes, empresarios o celebridades.

Quería escribir sobre una chica que vendía manzanas y hacía que cualquier persona se sintiera importante.

Y, sin darse cuenta, esa chica ya estaba empezando a ocupar un lugar especial en su corazón.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.