A partir de ese día, Adrián comenzó a visitar el mercado todas las mañanas.
Siempre compraba una sola manzana.
Y siempre encontraba una excusa para quedarse unos minutos más.
—¿Cuál es tu color favorito?
—El verde.
—¿Por qué?
—Porque me recuerda que siempre se puede volver a empezar.
Otro día preguntó:
—¿Qué harías si tuvieras un millón de dólares?
Marla sonrió mientras acomodaba unas naranjas.
—Arreglaría la casa de mi mamá, ayudaría a mi familia, crearía una beca para jóvenes que quieran estudiar y abriría una pequeña biblioteca gratuita.
Adrián la miró sorprendido.
—¿No comprarías un automóvil de lujo?
Ella soltó una risa.
—Un carro bonito puede esperar. Los sueños de otras personas no.
Cada respuesta de Marla era distinta a la de cualquiera que él hubiera conocido.
No hablaba para impresionar.
Hablaba desde el corazón.
Una mañana llovía con fuerza.
El mercado estaba casi vacío.
Marla observó cómo Adrián llegaba completamente empapado.
—¡Pero mírese! Está empapado.
Sin pensarlo dos veces, tomó una toalla limpia que usaba para cubrir las cajas de fruta y se la ofreció.
—Séquela antes de resfriarse.
—No hacía falta.
—Claro que hacía falta.
Él aceptó la toalla con una sonrisa.
—Gracias.
—¿Café?
Adrián levantó una ceja.
—¿También vende café?
—No, pero el señor del puesto de al lado siempre me regala uno cuando llueve.
Minutos después, ambos estaban bajo el pequeño techo del puesto, compartiendo dos vasos de café mientras escuchaban la lluvia golpear el mercado.
Por primera vez en mucho tiempo, Adrián sintió paz.
No había fotógrafos.
No había entrevistas.
No había presión.
Solo una conversación sencilla.
—Puedo hacerle una pregunta —dijo Marla.
—Claro.
—¿A qué se dedica?
Por un instante, él dudó.
Si decía la verdad, todo cambiaría.
—Trabajo escribiendo.
No era exactamente una mentira.
—¿Es profesor?
—Algo parecido.
Ella sonrió.
—Entonces debe conocer muchas historias.
—Algunas.
—¿Y cuál ha sido su favorita?
Adrián la observó unos segundos antes de responder.
—Creo que todavía no la he escrito.
Marla no lo sabía.
Pero esa respuesta hablaba de ella.
Aquella tarde, al llegar a su apartamento, Adrián abrió el documento en blanco.
Por primera vez en más de un año, las palabras comenzaron a aparecer sin esfuerzo.
Una página.
Luego otra.
Y otra más.
El título provisional decía:
La chica de las manzanas.
Mientras escribía, no podía dejar de pensar en la joven del mercado.
En su risa.
En su forma de escuchar.
En cómo hacía sentir importante a cualquiera que se cruzara en su camino.
Sin darse cuenta, Adrián Ferrer ya no solo estaba recuperando su inspiración.
También estaba enamorándose de la mujer que la había devuelto.