La chica de las Manzanas

Capítulo 4: La historia que nunca contó

Durante las semanas siguientes, Adrián y Marla comenzaron a verse todos los días.

Ya no hablaban solo de frutas.

Hablaban de libros, de música, de sueños y de los pequeños detalles que hacían feliz a una persona.

Una mañana, Adrián llegó más temprano de lo habitual.

Encontró a Marla sentada detrás del puesto, escribiendo en un cuaderno de tapas azules.

Al escucharlo acercarse, lo cerró de golpe.

—Perdón... ¿la interrumpí?

Ella sonrió con un poco de vergüenza.

—No, solo estaba escribiendo unas ideas.

—¿Puedo leerlas?

Marla abrazó el cuaderno contra su pecho.

—Todavía no.

—¿Por qué?

—Porque me da miedo que alguien piense que son tontas.

Adrián sintió un pinchazo en el corazón.

Él había conocido a escritores famosos que se creían genios.

Pero aquella joven, con una imaginación inmensa, dudaba de sí misma.

—Las mejores historias nacen cuando uno deja de escribir para impresionar y empieza a escribir con el corazón.

Marla lo miró en silencio.

—¿De verdad lo cree?

—Sí.

Ella sonrió con dulzura.

—Entonces algún día... quizá se lo deje leer.

El mercado comenzó a llenarse de clientes.

Mientras atendía, Marla saludaba a todos por su nombre.

Sabía quién prefería las manzanas verdes, quién necesitaba la fruta más madura y quién siempre olvidaba llevar cambio.

Adrián la observaba fascinado.

—¿Cómo puedes recordar a tantas personas?

Marla se encogió de hombros.

—Cuando alguien se siente visto, vuelve con una sonrisa. Me gusta que las personas sepan que son importantes.

Aquella frase quedó grabada en el corazón de Adrián.

No era solo amable.

Hacía sentir especiales a quienes la rodeaban.

Y, sin darse cuenta, ella también lo estaba haciendo con él.

Al terminar la jornada, comenzaron a caminar juntos hacia la parada del autobús.

El atardecer teñía el cielo de tonos anaranjados.

—¿Nunca has querido irte de esta ciudad? —preguntó Adrián.

—Sí, me gustaría viajar, conocer otros lugares y aprender de otras culturas. Pero siempre volvería.

—¿Por qué?

Marla sonrió mientras observaba el cielo.

—Porque aquí están las personas que amo. Viajar es maravilloso, pero tener un lugar al que regresar lo es todavía más.

Adrián bajó la mirada.

Él había recorrido medio mundo.

Había firmado libros en decenas de países.

Había llenado auditorios.

Y, aun así, nunca había sentido que pertenecía a algún lugar.

Hasta ahora.

Porque, por primera vez en mucho tiempo, empezaba a sentir que su lugar podía estar al lado de aquella chica que vendía manzanas.

Sin embargo, un pensamiento lo inquietaba.

Cada día que pasaba le resultaba más difícil ocultarle quién era realmente.

Y sabía que, cuando Marla descubriera la verdad, nada volvería a ser igual.




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