La chica de las Manzanas

Capítulo 5: La firma en la primera página

Las visitas de Adrián al mercado ya eran parte de la rutina.

Si un día llegaba cinco minutos tarde, Marla levantaba la vista varias veces buscando entre la gente.

Y cuando por fin aparecía, fingía tranquilidad.

—Pensé que hoy me tocaría comerme la manzana perfecta yo sola.

—Lo siento, el tráfico me ganó.

—Le perdono... pero tendrá que llevar dos manzanas.

Él soltó una carcajada.

—¿Ese es el castigo?

—Es el más saludable que se me ocurrió.

Los dos rieron.

Los vendedores de los puestos cercanos empezaban a notar la complicidad entre ellos.

—Ese cliente viene por las manzanas... o por la vendedora —bromeó uno.

Marla sintió cómo sus mejillas se teñían de rojo.

Adrián solo sonrió, sin desmentirlo.

Esa tarde, mientras organizaba unas cajas, Marla encontró un libro olvidado sobre un banco del mercado.

Lo tomó para buscar el nombre del dueño.

Cuando miró la portada, abrió los ojos con sorpresa.

Era una novela del famoso escritor Adrián Ferrer.

—¡No puede ser! —susurró.

Pasó los dedos por la cubierta con cuidado.

Era una de sus novelas favoritas.

La había leído tres veces.

Le encantaba la forma en que el autor hacía que los personajes parecieran personas reales.

En ese momento, Adrián regresó apresuradamente.

—Creo que olvidé...

Se detuvo al verla sosteniendo el libro.

—¿Es suyo? —preguntó Marla.

Él asintió.

—Sí.

—¡Me encanta este autor! Es mi libro favorito.

Adrián sintió un vuelco en el corazón.

—¿De verdad?

—Sí. Siempre he querido conocerlo algún día. Dicen que casi nunca aparece en público.

Él sonrió con cierta melancolía.

—Tal vez sea una persona muy reservada.

—Seguro que sí. Pero me gustaría darle las gracias. Sus historias me acompañaron en momentos muy difíciles.

Aquellas palabras lo dejaron sin habla.

Marla abrió la primera página.

Allí había una firma escrita con tinta negra.

La reconoció enseguida.

Miró la dedicatoria.

"Para mí mismo. Que nunca deje de creer en las historias."

Su mirada pasó lentamente del libro al rostro de Adrián.

Luego volvió al libro.

Y otra vez a él.

—Esa firma...

Adrián guardó silencio.

—¿Cómo... cómo la tiene?

Él respiró hondo.

Sabía que ya no podía seguir escondiéndose.

—Porque yo la escribí.

El mundo de Marla pareció detenerse.

Las voces del mercado se hicieron lejanas.

—¿Qué... qué acaba de decir?

—Mi nombre completo es Adrián Ferrer.

—El escritor.

Él bajó la cabeza.

—Sí.

Marla retrocedió un paso, incapaz de procesarlo.

De repente entendió por qué siempre hacía tantas preguntas sobre historias, personajes y finales.

Entendió por qué sus consejos parecían tan profundos.

Pero también comprendió que, durante todo ese tiempo...

Él había ocultado quién era.

Y por primera vez desde que se conocieron, el silencio entre ambos pesó más que cualquier palabra.




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