Marla permaneció inmóvil, con el libro entre las manos.
No podía apartar la vista de la firma.
La había imaginado miles de veces.
Había soñado con conocer al autor que tanto admiraba.
Pero nunca imaginó que el hombre que compraba una manzana cada mañana era él.
Levantó la mirada lentamente.
—¿Desde el primer día... sabías que yo no tenía idea de quién eras?
Adrián asintió.
—Sí.
—¿Y nunca pensaste en decírmelo?
—Muchas veces.
—¿Entonces por qué no lo hiciste?
Él guardó silencio unos segundos.
—Porque cuando estaba contigo nadie me veía como "el escritor famoso". Solo era Adrián. Y eso era lo que necesitaba.
Marla apretó los labios.
—Pero yo merecía saber la verdad.
—Lo sé.
—¿Todas esas preguntas sobre historias... eran para escribir otro libro?
La pregunta cayó como una piedra.
Adrián negó de inmediato.
—Al principio buscaba inspiración. No voy a mentirte.
Marla bajó la mirada.
Aquellas palabras le dolieron más de lo que esperaba.
—¿Y después?
Él dio un paso hacia ella.
—Después dejé de buscar inspiración y empecé a buscar cualquier excusa para verte.
Marla sintió que el corazón le latía con fuerza, pero aún estaba herida.
—No sé si puedo creerlo.
—No tienes que hacerlo ahora.
Los clientes seguían entrando al mercado, ajenos a lo que ocurría.
Marla respiró hondo y volvió a atenderlos con la misma amabilidad de siempre.
Sonreía.
Pesaba las frutas.
Entregaba el cambio.
Pero Adrián podía ver que aquella sonrisa ya no llegaba a sus ojos.
Antes de irse, dejó la manzana sobre el mostrador.
—Hoy no me la llevaré.
Marla levantó la vista.
—¿Por qué?
—Porque siento que hoy no la merezco.
Ella no respondió.
Él se marchó lentamente, con el corazón más pesado que nunca.
Aquella noche, Adrián abrió el manuscrito de La chica de las manzanas.
Leyó cada capítulo.
Cada conversación.
Cada recuerdo.
Entonces cerró el archivo.
No podía publicarlo.
No mientras Marla creyera que solo había sido una fuente de inspiración.
Tomó el teléfono y llamó a su editor.
—Necesito retrasar la entrega.
—¿Qué? ¡Después de un año por fin terminaste!
—Hay algo más importante que el libro.
—¿Qué puede ser más importante que el éxito?
Adrián miró por la ventana y sonrió con tristeza.
—La mujer que me devolvió las ganas de escribir.
Colgó antes de escuchar la respuesta.
Por primera vez en muchos años, estaba dispuesto a perder un éxito mundial... si eso significaba recuperar la confianza de Marla.
Y, mientras tanto, ella, sentada en su habitación con la novela favorita entre las manos, no podía dejar de hacerse una pregunta:
—¿Se enamoró de mí... o de la historia que podía escribir sobre mí?